Argentina: Sobrevivir en Trucholandia
Por Chiche Gelblung
MinutoUno
Los argentinos en realidad no son argentinos sino residentes de “Trucholandia”.
En “Trucholandia” viven, según de qué lado se mire, habitantes o sobrevivientes, victimas y victimarios de un sistema donde lo trucho es lo más parecido a una forma de identidad nacional.
En “Trucholandia” da lo mismo que las cosas sean auténticas o simuladas, que funcionen mal o bien. De hecho, siempre hay alguien que se ocupa de que anden mal, un encargado de mantener el “trucho way of life”, ese particular estilo de vida que caracteriza a los argentinos.
Muchos se preguntarán cuál será la utilidad de que las cosas se rompan…La respuesta es obvia: sirve para que alguien cobre por repararlas (por lo general, de manera defectuosa o incompleta).
Las cosas que se rompen en Trucholandia –y se rompen muchas cosas- jamás se arreglan, aunque se arreglen.
Derivada de esta realidad se consolidó una colectividad de gran peso, que es la de los dos señores que, precisamente, se dedican a componer cosas, más conocidos como “services”. Dentro de este “grupete”, hay muchas subclases: están los que arreglan lavarropas, televisores, autos, puertas, audio, afeitadoras, teléfonos, filmadoras, etcétera.
Sobre la base de que TODO tiene arreglo, los “services” han consolidado una curiosa, pero no por ello menos lucrativa, forma de vida: cobran por presupuestar, cobran por reparar, cobran por mirar un aparato, y no hay más remedio que pagar y rezar…”En 24 horas le pasamos telefónicamente el presupuesto y si está de acuerdo en 48 horas se lo entregamos y le descontamos del precio final el valor de la visita que son 30 pesos”, es la típica frase que suele utilizar el “trucho” una vez que la víctima llama a su puerta (o a su celular, porque todos tienen uno, si es que no son dos o tres, que suelen ir variando para seguridad del reparador que a veces prefiere optar por no ser ubicado con facilidad).
Si el consumidor de Trucholandia acepta el presupuesto, convalida la estafa y si no lo acepta no tendrá más remedio que sufrir un atentado cuando le devuelvan su aparato sin las piezas vitales que lo constituyen.
De más está decir que un gran porcentaje de los locales están asociados con organizaciones delictivas que les proveen de repuestos y afines (y por qué no con la policía, que suele acompañar estos “emprendimientos” tan rentables).
Conclusión: por más que duela tomar la decisión, por más que haya que reventar la tarjeta de crédito, cuando un televisor se rompe hay que tirarlo y ¡comprar uno nuevo!.
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