Francia, inmigración y energía
Por Darío Valcárcel
ABC
Declararse antieuropeo en el caso de Le Pen es declararse enemigo del oxígeno, lo respira usted dieciséis veces por minuto, so idiota: esta puede ser una observación al margen. Segundo, Europa no admite la inmigración salvaje: pero los europeos deben acordar bases legales, reales, rápidas, comunes, para una inmigración regulada. La riqueza de Europa, material e intelectual (paz, libertad, solidaridad global, dignidad, rule of law, prosperidad) también es obra de los inmigrados. Tercer punto: sin una política energética, a los europeos les pueden ir dando, dicho en matritense vulgar. Para esto, Francia es inesquivable, aunque su presencia atormente a gentes poco documentadas. A estos problemas no se aludía en nuestro artículo de anteayer, una página no da para más.
Todo está conectado: PIB, renta per capita, deuda, investigación, enseñanza… Un catedrático español, exiliado en Portugal, consejero de Don Juan de Borbón, sabio, mordaz, se burlaba amablemente del millonario: “Renta per capita, renta per capita… O sea, amigo Fierro, usted y yo estamos aquí, en el Ritz de Lisboa. Los ingresos de mis libros apenas llegan a cien, los suyos son de cien mil. Tenemos los dos 50.050 escudos de renta per capita. ¿No es así?”.
La broma, sin embargo, es incompleta. Contra esta burla estadística se ha alzado medio país. No sólo la Francia pobre, sino la clase media-media, injustamente tratada, maestros, investigadores, cuadros informáticos… Y Francia, país pequeño y rico para China, ha decidido defenderse a través de la única forma posible, la Unión Europea. El país crece demográficamente gracias a los inmigrados. También, económicamente, en parte gracias a ellos.
Inmigración conecta con Economía y Europa. Todo depende de esa cosa extraña llamada la vida. No hay descaro ni simplificación al sostenerlo: Francia necesita a los dos, Sarko y Ségo. Necesita la retribución al mérito y la mano férrea del primero. Pero también busca el equilibrio y la autoridad de Royal. Aunque Sarkozy haya obtenido 1,9 millones de votos más, la segunda vuelta podrá deparar sorpresas. Royal puede atraer más y sobre todo provocar menos rechazo. Hay gestos de Sarkozy que han provocado miedo. Miedo a las sorpresas.
Algunos cálculos -¿fiables?- pretenden que la derecha no sumará más de cuatro millones de votos, mientras la izquierda puede incorporar seis. De ahí la campaña, durísima, de los próximos nueve días y el combate dialéctico, a degüello, del próximo día 2 en televisión. Una y otra victoria son posibles. La ventaja del sarkozismo está ahí: pero no subestimemos a su adversaria. Nada que ver con las preferencias de cada cual: los instintos no se confiesan. Hablamos de los 44.474.519 votantes. Sarkozy premiará, dice, el mérito de los esforzados (hay muchos en Francia). Royal los premiará también: pero no se debe ofrecer un salario mínimo de 1.445 euros (después hubo de rectificar).
No es imposible que, sopesados uno y otro, el centrista francés, votante de Bayrou, inclinado hacia los valores del conservatismo, tema al fogoso parisino, hijo de húngaro, quizá con demasiada sangre. Royal viene del centro de Francia: lleva a Descartes, Boileau, Rabelais, Montaigne en las venas. También a Beyle y a Voltaire, al doctor Pasteur y al microbiólogo Schwartzenberg, vencedores de la rabia y de 36 modalidades de cáncer. Por encima de derecha-izquierda, otros factores profundos pesan en el voto del 6 de mayo. El epíteto Sarko-Facho es una necia e interesada caricatura. El francés medio tiene sobrada inteligencia para desecharla. Desechará también el machismo anti-Royal.
Más que la igualdad, Francia ha buscado en los últimos doscientos años el equilibrio. Necesita encontrar dentro de sus fronteras una estabilidad flexible, versátil, mejor apoyada en principios inamovibles: adivinadora de los siglos que vienen, no atada a los años pasados. Francia sigue decidida a contribuir al equilibrio exterior. Lo hizo unida a Alemania, última vez por ahora, en el Consejo de Seguridad, febrero-marzo de 2003. Gane Ségol_ne Royal o Nicolas Sarkozy, el acuerdo franco-alemán tenderá a reforzarse por la naturaleza de las cosas. No al revés.
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