Después del referendo en Ecuador
Por Eduardo Ulibarri
El Nuevo Herald
Para Rafael Correa, presidente de Ecuador, fue una victoria memorable. El 81% de respaldo que los votantes dieron en el referendo del domingo 15 de abril a su propuesta para convocar una Asamblea Nacional Constituyente tiene muy pocos precedentes en la historia latinoamericana. Por esto, su gobierno se ha fortalecido, su figura se ha elevado, su proyecto de ”refundación” nacional ha tomado nuevo vigor, la oposición ha quedado reducida a su mínima expresión y se ha allanado la vía para el replanteamiento total del panorama político del país.
La gran pregunta es si estas condiciones darán paso a un período realmente democrático, o si serán un trampolín para someter el país y sus instituciones a modalidades de poder alejadas de la libertad y el estado de derecho.
El sólido resultado fue producto de factores diversos. En el origen, como sucedió hace nueve años en Venezuela, estuvo una enorme pérdida de confianza en las instituciones y los actores políticos establecidos, que ya había conducido, en noviembre pasado, al triunfo presidencial de Correa. A esto se sumó su posterior danza de promesas y reparto de prebendas, lo cual, junto a su energía y demagógico discurso, ha elevado su popularidad a niveles del 70%, desconocidos en la historia ecuatoriana.
También influyó en el resultado el descontento acumulado de amplios sectores de la población y el pobre manejo de los otros partidos en sus recientes enfrentamientos con Correa por el dominio del Congreso.
Sobre esta ola de frustración generalizada, desprestigio de sus opositores, creación de expectativas y ”ángel” propio, el Presidente vendió la idea de la Constituyente. A ella añadió una implacable embestida contra la ”partidocracia” y una oferta de ”socialismo del siglo XXI” moldeada con la retórica de su colega venezolano, Hugo Chávez.
A partir de ahora, la clave del futuro ecuatoriano depende de dos variables esenciales: cómo conducirá Correa el proceso que sigue, y cuál será la capacidad de los demás sectores políticos para impedir un dominio oficialista absoluto en la Asamblea que será elegida tras el referendo.
Es posible que los partidos derrotados en el referendo puedan reagruparse y lograr un mejor desempeño a la hora de elegir representantes a diputados constituyentes. Mientras más sólidos sean sus candidatos, más inteligente su campaña y mayor su capacidad de movilización, mejor será su resultado. Sin embargo, difícilmente podrán constituir una fuerza significativa, lo cual augura tiempos difíciles para el equilibrio y la negociación en la futura Asamblea.
Después del referendo, Correa, sus funcionarios y aliados, han lanzado mensajes con cierto margen de ambigüedad, pero esencialmente inquietantes.
En la parte positiva está el anuncio de mantener la seguridad jurídica y no estatizar los medios de producción. Sin embargo, el rechazo a concertar con los partidos, la retórica de una ”batalla final” en los próximos comicios y la tendencia a desconocer las instituciones actuales son suficientes para abonar las inquietudes.
Es muy posible que estemos frente al designio de avanzar hacia el control del poder desde un origen electoralmente sustentado, pero con métodos alejados de la democracia y un horizonte autoritario; otra similitud con Chávez.
La verdadera legitimidad democrática de un gobierno no se puede basar ni legitimar, únicamente, sobre los procesos de votación iniciales.
Votar es esencial, porque la democracia no existe sin elecciones libres. Pero tampoco puede mantenerse sin un esquema institucional balanceado que respete a todos los sectores políticos y sociales, y establezca canales para los comicios periódicos, para la alternabilidad gubernamental, el rendimiento de cuentas, la independencia de los poderes (Legislativo, Ejecutivo y Judicial), y la libertad de expresión y de organización.
Hasta ahora, nada de lo anterior ha aparecido en el horizonte retórico de Correa. Al contrario, su verbo ha sido confrontativo, determinista y autocrático. Por esto, la preocupación por el curso que pueda imprimirle al país. Y por esto la necesidad de que la oposición haga lo posible por mejorar su desempeño de cara a la elección de la Constituyente.
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