La condena de los horrores “progres”
Por Marcelo A. Moreno
Clarín
La noticia pasó casi desapercibida. Un historiador francés recreó, con testimonios y documentos, uno de los horrores tantos y variados que prodigó el llamado “padrecito” Stalin a sus súbditos (llamados eufemísticamente camaradas): unos 6.000 reprimidos del régimen fueron abandonados en Nazino, una isla desierta de un río situado a unos 2.400 kilómetros de Moscú.
La mayoría murió, de frío y extrema penuria, de hambre o tratando de escapar desesperadamente en balsas precarias. A otros los mataron los guardias. Algunos milagros produjeron sobrevivientes. El historiador tituló su investigación “Cannibal Island” porque, efectivamente, se registraron casos de esa práctica aberrante, en medio de la aberración en que convertía a la vida Genrickh Yagoda, el siniestro jefe de la policía secreta de Stalin.
En estos días la Unión Europea quiere aprobar una norma general que condene los crímenes espantosos del nazismo y cualquier forma de su defensa o exaltación. Algunos países bálticos se niegan a firmar el documento si no se incluye con el mismo énfasis la barbarie stalinista.
Y es curioso que en la memoria colectiva, el comunismo de la Unión Soviética —que fue uno de los mayores regímenes genocidas de la historia— haya quedado “disculpado” por su filiación de izquierda. Sin embargo, ya es aceptada, como cifra conservadora de las masacres perpetradas por Stalin, el número casi inconcebible de 20 millones de exterminados. Quizá la defensa a rajatabla de ese régimen de horror a cargo de numerosos intelectuales izquierdistas bienpensantes del siglo XX siga obrando. También es cierto que todavía hay gente que cree que los horrores progres hay que disimularlos o son justificables en nombre de la historia o hasta que son “mejores” que los reaccionarios, lo cual no es justo el colmo de la estupidez aunque se le acerca.
Una de las sobrevivientes, que entonces tenía trece años y ahora más de ochenta, cuenta que una de las prisioneras era una chica muy linda, a la que piropeaban los guardias. Quizá ella sonrió en medio de la pena o creyó que, con una sonrisa dedicada al salvaje, podía morigerar su calvario. Lo cierto —cuenta la octogenaria— es que cuando se fueron los custodios “la gente se abalanzó sobre la muchacha, la ató a un árbol y la despedazó. Después se repartieron sus restos para devorarlos. Tenían hambre; tenían que comer. Cuando una recorría la isla, veía carne humana envuelta en andrajos, colgada de los árboles. Y los campos estaban repletos de cadáveres”.
Se trata de una imagen muy distinta a la que pregonaba el gran poeta Pablo Neruda y el gran pensador Jean Paul Sartre. Y que entre nosotros defendieron con determinación los tan admirados Fidel Castro y el Che Guevara. Un “paraíso socialista” chamuscado de infierno.
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