Problemas políticos frenan la agenda de Lula para acelerar el crecimiento económico
Por Matt Moffett
The Wall Street Journal
Cuando asumió su segundo período en la presidencia de Brasil en enero, Luiz Inácio Lula da Silva prometió inyectar energía a la economía del país. Los economistas, sin embargo, son cada vez más escépticos de que vaya a atacar las raíces estructurales del mediocre crecimiento brasileño.
Hasta el momento, el segundo período de Lula en el poder ha estado marcado por los retrasos en la conformación de un equipo y una huelga de los controladores de tráfico aéreo. Esto le ha impedido que presente las amplias reformas laborales, tributarias y al sistema de pensiones que añoran los inversionistas.
En su lugar, ha propuesto una combinación de programas de inversión y medidas legislativas llamada Programa de Aceleración de Crecimiento. Su objetivo es estimular la economía, en parte canalizando las inversiones hacia sectores importantes como energía e infraestructura.
La economía de Brasil, que según las últimas cifras oficiales revisadas creció 3,7% en 2006, tiene hace tiempo un desempeño inferior al de otros países en América Latina, sin siquiera mencionar mercados como China e India. Muchos economistas dicen que para crecer más rápido, Brasil necesita bajar su tasa tributaria, reducir el tamaño del Estado y eliminar las trabas burocráticas que elevan el costo de hacer negocios.
Pero incluso las modestas propuestas de Lula para acelerar el crecimiento han chocado frente a desalentadores desafíos políticos.
En los últimos dos años, el gobernante Partido de los Trabajadores ha sido diezmado por una serie de escándalos que han hundido las carreras de varios líderes y le han costado al partido algunos escaños en el Congreso. Lula, en consecuencia, ha debido ampliar su coalición de gobierno e incorporar a 11 partidos políticos. Esto ha llevado a un constante tira y afloja para mantener a todos contentos.
Además, el mandatario está trabajando sin sus más cercanos operadores económicos y políticos, que lo acompañaron desde sus días como líder sindical en los años 70, pero que debieron partir luego de los escándalos de su primer período presidencial. “Tiene que tomar decisiones y manejar negociaciones por sí solo y eso lleva más tiempo”, dice Cristiano Noronha, analista político de la consultora Arko Advice en Brasilia.
Una señal de los problemas del gobierno ha sido su ineficaz respuesta a meses de intranquilidad entre los controladores de tráfico aéreo que culminaron con una huelga el 30 de marzo. El Congreso se ha enfrascado en debates sobre quién es responsable de los problemas de los vuelos brasileños, lo que ha frenado aún más el programa económico del gobierno.
Lula también esperó hasta fines de marzo para terminar de formar su gabinete de 35 miembros, una tarea que usualmente se concluye en las primeras semanas de un nuevo gobierno.
Los defensores del presidente aseguran que la cautela del nuevo gobierno podría ser positiva. En el primer período, señalan, el Partido de los Trabajadores intentó imponer varios proyectos de ley. Ahora, muchos de los antiguos líderes del partido enfrentan acusaciones federales sobre un supuesto esquema para comprar votos del Congreso.
Los seguidores de Da Silva dicen que ahora cualquier medida que el Congreso apruebe será el fruto de un consenso genuino.
El congresista José Múcio Monteiro, líder de la coalición gobernante, predice que el paquete legislativo será aprobado por la Cámara Baja a finales de mes, aunque muchas de sus propuestas también requieren del visto bueno del Senado.
No todos comparten su optimismo. “El equipo que el presidente conformó en su primer período era para competir en la primera división, a pesar de sus errores y deficiencias personales”, dice Onyx Lorenzoni, el jefe de la oposición en el Congreso. “El equipo actual es para la tercera división”.
A pesar de los problemas políticos, la economía brasileña puede sobrevivir con un modesto crecimiento porque las condiciones externas son muy favorables. Gracias a la sólida demanda china por los productos agrícolas y mineros brasileños, y a una amplia liquidez en los mercados globales de capital, las reservas de divisas de Brasil exceden los US$110.000 millones, una cifra récord.
El banco central está reduciendo las tasas de interés y los economistas proyectan un crecimiento de entre 4% y 4,5% para este año. Un crecimiento y una inflación moderados, mezclado con un elevado gasto social, están probando ser una combinación política ganadora para Da Silva, cuyo nivel de popularidad bordea el 60%.
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