El chantaje de Sadr a los iraquíes
Editorial – ABC
El estrambótico dirigente chií Moqtada Sadr, que no ha sido visto en público desde el pasado mes de octubre, ha lanzado un desafío al Gobierno iraquí al retirar a los seis ministros de su partido que formaban parte del Ejecutivo de coalición. Tras exigir que el primer ministro Nuri Maliki acepte sus exigencias de fijar una fecha para la retirada militar norteamericana, Sadr ha plantado al Ejecutivo y, aunque no parezca estar intentando derribarlo, ya que sugiere que los cargos abandonados sean atribuidos a tecnócratas no partidistas, contribuye a generar una tensión innecesaria en momentos muy delicados.
En efecto, la nueva estrategia de seguridad ha sido contestada por un encarnizamiento de las ofensivas terroristas -hasta el punto de que en los últimos días los asesinos suicidas han llegado a introducirse en el interior de la archiprotegida “zona verde” de Bagdad- y, aunque la estadística revele que el número de muertos por atentados y asesinatos sectarios ha disminuido sensiblemente, las cifras siguen en niveles inaceptables para cualquier sensibilidad.
Sadr era parte del problema cuando en el mes de agosto de 2004 sus bandoleros armados, miembros del “Ejército del Mahdi”, se enfrentaron abiertamente a las tropas norteamericanas, e hizo pensar más delante que podía ser parte de la solución al aceptar formar parte del Gobierno de coalición, controlado por la mayoría chií. En estos momentos vuelve a ser parte del problema, buscando mejorar sus posiciones de cara a una futura retirada norteamericana y comportándose muy lejos de cualquier disposición patriótica o integradora. Ya se ha enfrentado con sus hombres a los militares iraquíes, sabe que no podría resistir otro embate contra los norteamericanos, y se supone que lo que pretende es reforzarse de cara al futuro, quién sabe si para imponerse por la fuerza. Lo que desde luego no hay detrás de este hosco gesto de abandonar el Gobierno son mensajes de aliento a las pocas fuerzas políticas que aún creen en que se puede mantener la unidad del país. Por desgracia, son aquéllos que apuestan por su destrucción, incluyendo los extremistas del régimen iraní que apoyan a Sadr, los que deben estar frotándose las manos, con el aliciente de que en la opinión pública mundial siempre se culpará de todo a Estados Unidos.
Sin embargo, de Sadr no se puede decir que lo hayan creado los norteamericanos -surgió a la sombra del extraordinario prestigio de su padre, asesinado por Sadam Husein- y en realidad para Washington lo más fácil sería hacerle caso y retirarse sin demora. Pero lo razonable sigue siendo apoyar al Gobierno de Maliki, a pesar de los costes políticos y humanos que ello conlleva, hasta que las Fuerzas de Seguridad iraquíes puedan hacerse cargo del país. Vista la situación en Irak, no sería el “Ejército del Mahdi” el que podría garantizar la seguridad, sino todo lo contrario.
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