El ideal de la justicia… ¿inalcanzable?
Por Armando de la Torre
Siglo XXI
El hambre y la sed de justicia son universales. Por eso Cristo nos declaró “bienaventurados”.
Es la prioridad explícita número uno para todos los pueblos. También, la abrumadora mayoría de las veces, sin embargo, insatisfecha.
Se han dado, claro está, y se dan sociedades que por momentos se han acercado más al ideal, nunca, empero, hasta su logro pleno.
Pero, ¿qué es “justicia”?
Desde los tiempos más remotos de las civilizaciones, tanto al Este como al Oeste de su principal línea divisoria (Persia, hoy Irán), ha sido definida, en la ecuación más sucinta, dar “a cada uno lo suyo”.
El problema ha sido determinar según cuál criterio habría de reconocerse “lo suyo”.
Aristóteles, por ejemplo, hizo de ella una disección tripartita, según se tratara de lo consensuado con toda libertad entre dos personas (la llamada justicia contractual o “conmutativa”), o de acuerdo con lo que la costumbre estipula como sanción justa para quien, sin provocación alguna, se hubiere apropiado de lo ajeno, o mutilado, o sacrificado el cuerpo y vida de otro (la llamada justicia “punitiva” o “vindicativa”), o, asimismo, a la hora de reconocer honores y privilegios por parte del Estado a sus ciudadanos más ejemplares (justicia “distributiva”).
Antes que él, Platón ya la había enfocado desde una perspectiva más bien colectivista: la sociedad justa es aquella que mejor fije obligaciones y derechos a las respectivas “clases” sociales básicas, a saber, la de los productores, la de los encargados de mantener el orden y la de los “legisladores” (su prototipo: el “filósofo rey”). El supuesto radical en su concepción de lo justo era que la felicidad de cada individuo es siempre porción subsumida bajo la felicidad del todo.
Otros usos, como las de los pueblos organizados jerárquicamente en castas sociales inamovibles —digamos los de la India o la Europa Medieval—, siguieron por mera inercia, y sin tanta elaboración filosófica, modelos de “justicia” afines -que no idénticos-, al platónico. La casta respectiva hacía la diferencia. Decisivo entre Platón y esos otros relativismos de casta se interponía el papel de filtro que el griego asignaba a la educación igual (de hombres y mujeres), cosa inaudita en los pétreos sistemas históricos de las castas.
El movimiento judeo-cristiano añadió un novedoso ángulo de lo justo (o de lo injusto) ante Dios. Esta perspectiva, de veras revolucionaria, privilegió la dimensión de lo interior (las intenciones) al calificar los actos voluntarios de más o menos justos o injustos. El problema, empero, surge de que las intenciones de cada cual permanecen ocultas para los demás, a menos que decida hacerlas públicas mediante el recurso a cualquier lenguaje. Y aún en este caso, sabemos de la inagotable capacidad humana para abusar repetidamente del perjurio. Por eso, no queda otro que remitir el fallo definitivo a más allá de la muerte, al Dios, es decir, que lo juzga todo.
Por ello, a partir del siglo XVII, a la luz de la razón “ilustrada”, Dios en cuanto rasero último empezó a ser desplazado por “la Razón” humana “en abstracto”. Kant y Hegel, muy en particular, la habrían de elevar a la cima absoluta de “árbitro final”.
De ahí al positivismo jurídico —y a su pedante formalismo— sólo hubo un pequeño paso avante que dar, que lo inició a mediados del siglo XIX August Comte.
Sobre todo en materia procesal, ese positivismo ha puesto de cabeza la adjudicación de la justicia.
Hoy hemos regresado al absurdo aquel del que por milenios creímos haber escapado: las arbitrariedades de los poderosos (los legisladores) de nuevo se constituyen en “ley”, y no hay otra.
Trasímaco, el sofista, quién lo hubiera dicho, después de todo ha triunfado: el poder es ley (might makes right), en nuestra Iberoamérica y para mucho del resto del planeta.
(Continuará)
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