Acumular poder o lograr el equilibrio, los dos caminos
Por Michael Shifter
The Miami Herald – La Nación
MIAMI.- Rafael Correa está de suerte. El presidente ecuatoriano goza de una aprobación récord del 70% y probablemente consiga hoy una victoria en el referéndum para reformar la Constitución y actualizar su sistema político.
Si gana, Correa tendrá que enfrentar una opción difícil: o bien tendrá que seguir aplastando a los actores políticos tradicionales de Ecuador, o usar su nueva posición de fuerza para construir consenso y gobernar un paisaje político inusualmente rebelde. Cualquiera que fuere el camino que tome, la experiencia reciente sugiere que su éxito está lejos de ser seguro.
Durante la década pasada, Ecuador ha tenido seis presidentes, y ninguno de ellos terminó su mandato, lo que convirtió al país en el más inestable de América latina. Para que Correa tenga mejor destino que sus predecesores, probablemente tenga que prescindir de un mayor poder inmediato y arriesgarse para lograr una estabilidad a más largo plazo.
Correa, que tiene un doctorado en Economía de la Universidad de Illinois; se ha visto beneficiado por su estatus de “ajeno” en un país cuya clase política está absolutamente desacreditada. La preocupación, sin embargo, es que se sienta gravemente tentado de seguir un camino de enfrentamiento político para no hacer peligrar su imagen antipolítica y el apoyo público.
Correa está inspirado en el ejemplo de su amigo y aliado, el presidente venezolano Hugo Chávez, cuyos abundantes petrodólares y retórica beligerante están alentando un esfuerzo político regional destinado a contrarrestar la influencia estadounidense.
Chávez accedió al poder en 1999 y reformó la constitución de su país apenas unos meses después. Al igual que Correa hoy, aprovechó la furia generalizada hacia una estructura política irresponsable para movilizar el apoyo popular. Por medio de astutas manipulaciones institucionales, de la ineptitud de sus opositores y de los precios récord del petróleo, Chávez logró concentrar virtualmente todo el poder político en sus manos. Hoy, su gobierno es inconfundiblemente autocrático. No obstante, Correa no es Chávez, Ecuador no es Venezuela, y el éxito -en cualquier medida- posiblemente le resulte menos alcanzable.
Aunque es productor de petróleo, Ecuador no puede compararse con los excepcionales recursos financieros de Venezuela, un elemento clave en cualquier proyecto político nacional.
Las profundas divisiones geográficas, étnicas y económicas de Ecuador crean un entorno político mucho más fragmentado que en Venezuela e impiden una concentración total del poder.
Chávez, que es militar, tuvo el apoyo de las fuerzas armadas, mientras que Correa se ha distanciado del ejército, un importante actor en el terreno político.
Así, aunque sea el objetivo de Correa, una repetición exitosa de la fórmula de Chávez resulta altamente improbable. Correa debería mirar hacia Bolivia para encontrar un precedente más adecuado… y un relato aleccionador.
Elegido en diciembre de 2005, Evo Morales trató de imitar las reglas del juego de Chávez, aparentemente seducido por el éxito del líder venezolano en la concentración de poder.
Pero Morales enfrenta enormes obstáculos. La oposición política ha interpuesto una feroz resistencia; el país está agudamente polarizado, y los poderes políticos y económicos tradicionales se han aferrado con vigor a sus prerrogativas. Correa podría enfrentarse a un escenario semejante.
Washington ha adoptado una actitud de “esperar y ver” respecto de Ecuador. Por cierto, la relación de Correa con Chávez (quien arregló que el presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, asistiera a la asunción de Correa en Quito tres meses atrás) es causa de preocupación. También lo son las declaraciones de Correa sobre la regulación de los medios, una disputa sobre política de drogas con Colombia, sólido aliado de Estados Unidos, y su promesa de no renovar el arriendo de una base estadounidense instalada en la ciudad costera de Manta, que expira en 2009.
No obstante, Correa todavía está encontrando su orientación. Por ejemplo, está presionando para lograr una ampliación de preferencias de intercambio comercial con Estados Unidos y recientemente se negó a hacer caer en default la deuda externa de Ecuador.
Hay razones para creer que Correa, al carecer de infraestructura partidaria y de una base sólida, atemperará sus posiciones más populistas una vez que se encuentre en posición más estable.
Guiado por el sentido común, Estados Unidos está aprovechando la oportunidad de entablar un diálogo con el flamante gobierno. Aunque es neófito en política, a Correa no le falta seguridad en sí mismo. La cuestión ahora es si usará su actual ventaja tan sólo para acumular poder o también para lograr equilibrio, con la idea de edificar un buen gobierno. Eso podría ser un movimiento riesgoso -poco popular entre sus partidarios más radicales-, pero también una prueba clave de su capacidad política y de su temperamento democrático. Tomando como guía la reciente historia andina, construir esa clase de consenso, por difícil que resulte, podría ser la única manera de sacar a Ecuador de su deplorable estado.
Traducción: Mirta Rosenberg
Sobre el padre
QUITO (EFE).- El presidente ecuatoriano, Rafael Correa, reconoció ayer que su padre estuvo preso durante tres años en Estados Unidos por tráfico de drogas. “No tengo nada que ocultar al pueblo ecuatoriano. Yo tuve una niñez muy dura y a los cinco años de edad, mi padre, un desempleado, llevó droga a Estados Unidos y cayó preso, y vivió tres años y medio en una prisión”, admitió el mandatario.
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