Pobres los pobres
Por Danilo Arbilla
El Nuevo Herald
Nadie tiene dudas sobre que el combate contra la pobreza extrema en el mundo pasa, primero que nada, por la eliminación de los subsidios agrícolas en los países desarrollados. Es un paso ineludible si efectivamente se quiere acabar con el hambre, la inseguridad, la violencia, el terrorismo y promover el desarrollo de los países rezagados.
Sin embargo, el Papa Benedicto XVI, que en su mensaje pascual habló de todos esos problemas que van de la pobreza al terrorismo y de otras calamidades que afectan al mundo, obvió el tema del proteccionismo agrícola.
Se hubiera anotado un punto, porque cuando se habla de pobreza mundial lo primero que viene a la mente es que, de cada cuatro pobres, tres viven en la zona rural y que su problema, precisamente, es que se les hace difícil colocar el producto de su trabajo frente a la competencia de los campesinos del mundo desarrollado fuertemente subsidiados.
Entre Canadá, EEUU, la Unión Europea y Japón se destinan más de 350 mil millonesde dólares al año para subisidiar el sector agrícola. Algo así como mil millones de dólares por día. Se trata de una cifra que supera en unas siete veces la ayuda que los países desarrollados vuelcan a los países pobres y que está destinada a sostener un sector –la agricultura– que no ocupa más del 5 por ciento de la fuerza de trabajo y sólo importa aproximadamente el 2 por ciento del producto bruto interno (PBI). En los países pobres, en cambio, el sector agrícola llega a ocupar hasta un 70 por ciento de la fuerza de trabajo y su aporte al PBI oscila en el 35 por ciento.
Pero lo de Benedicto no es una novedad: también su antecesor, Juan Pablo II, esquivaba el tema de los subsidios agrícolas. Una vez que tuve acceso a un importante asesor del Vaticano le pregunte el porqué de ello. Su respuesta fue muy precisa.
–Por supuesto que el Santo Padre sabe del problema, pero tampoco puede ignorar que los campesinos, al que benefician esos subsidios, son la última reserva moral de Europa y de los países desarrollados.
¿Son los que todavía van a misa?, pensé preguntarle en un primer impulso, pero entendí que la respuesta iba más allá.
Otra vez en un seminario en un confortable castillo cerca de Munich, al que concurrí invitado por una de esas tantas fundaciones alemanas, obtuve una respuesta parecida. El tema era sobre las causas del retraso y la confictividad social en América Latina. Mi planteo fue que por qué gastar dinero en llevarnos a todos nosotros para que expusiéramos sobre lo que pasaba en nuestros países y no centrar los estudios sobre lo que pasa en Bruselas, y específicamente con la política agrícola de los europeos.
–Creo –dije– que es ahí donde se pueden ubicar las causas principales de los problemas que nos convocan.
No obtuve una respuesta general, pero durante el café uno de los organizadores se me acercó y me dijo:
–Estas actividades se financian con fondos públicos que, en definitiva, votan los políticos y el tema de los subsidios agrícolas son algo tabú. No olvide que, aunque no son tantos, los campesinos constituyen una fuerza política y electoral muy importante y que los políticos europeos son iguales o muy parecidos a los políticos latinoamericanos.
El resumen es simple. Con los subsidios se logra paz, no hay cortes de carreteras (que no es un invento latinoamericano) y por sobre todas las cosas se evita la emigración del campo a la ciudad y los consecuentes cinturones de pobreza que ciñen las grandes urbes.
La verdad es que, por un tiempo, con subsidios y aranceles lo han logrado. Pero ese momento ya pasó y los cinturones y la miseria al borde de las ciudades están allí. No son los campesinos propios, pero son los campesinos de los países pobres que no pueden competir con sus productos y entonces buscan trabajo en otros lados y emigran a otras ciudades de otros países.
La solución no pasa por muros, leyes migratorias, restricciones y represión. Los ”altos aranceles a la gente” pueden servir por un periodo, pero no a la larga. Eso lo deberían saber quienes tanto hablan de liberación y de abrir mercados. El voluntarismo no puede frenar la fuerzas de la economía y mucho menos el empuje que genera la desesperación de los que no tienen ni para comer.
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