Las puertas de la libertad
Por Beatriz Pineda De Sansone
El Universal
La palabra Renacimiento nace del latín renasci que significa volver a nacer. Luego de siglos de servidumbre y superstición, el ideal de la capacidad del hombre y de su potencial volvió a nacer. Este ideal de renovación fue anunciado por Giotto, Brunelleschi, Alberti y Masaccio. Más tarde Leonardo, Miguel Angel y Rafael lo elevaron a su plena expresión.
El fresco de Masaccio que evoca la expulsión de Adán y Eva del paraíso, ubicado en la iglesia Santa María del Carmen de Florencia, marca el inicio del Renacimiento porque anuncia una nueva era de promesas y desarrollo humanos. La dramática transformación de la forma de ver el mundo en el medioevo surgió a partir de una serie de descubrimientos, innovaciones e invenciones como la prensa, el lápiz y el papel, el astrolabio, la brújula, el cañón de largo alcance, el reloj mecánico. Pero el acontecimiento de mayor relevancia que condujo al Renacimiento ocurrió en el siglo XIV cuando la peste negra azotó a Europa y los sacerdotes, obispos y caballeros, siervos, mujeres y comerciantes murieron en la misma medida, demostrando que la devoción y la fidelidad a la Iglesia no protegían a la gente. Este acontecimiento condujo a la inestabilidad de la fe y provocó, aunque de forma sutil, que el hombre buscara respuestas fuera del dogma y de la oración. La peste provocó que el vigor y el esfuerzo intelectual retenidos durante un milenio dentro de los muros de la Iglesia comenzaran a fluir.
En la Edad Media, una persona común no tenía acceso ni a la información ni al conocimiento, pues los libros se escribían en latín y sólo eran destinados a los sacerdotes y a un grupo pequeño de la élite. Hoy, por el contrario, estamos inmersos en una avalancha de datos sin precedentes. En quinientos años pasamos de un mundo estático donde no ocurrían cambios a un mundo donde nada parece estable ni seguro dada su vertiginosa transformación. En el contexto del Renacimiento aparece un hombre de paz que aborrecía la guerra y que intimidaba la sociedad medieval. Entre los grandes artistas del Renacimiento, Leonardo Da Vinci no contaba con la gracia del Papa, porque, así como Copérnico, amenazaba la certeza de que el conocimiento había sido eternamente fijado por Dios, rígida convicción que no daba lugar ni a la curiosidad ni a la innovación. William Manchester expresó que la cosmología de Da Vinci constituía un instrumento mortal contra la fatuidad, entre otras cosas, de una organización de papas profanos que deshonraba la cristiandad.
Al hombre más curioso que jamás haya existido no le servía una respuesta afirmativa. Su intenso deseo de entender la esencia de las cosas lo llevó a desarrollar un estilo de investigación, no sólo profundo, sino diverso en cuanto a su temática. Gracias a las perspectivas múltiples, desde, por lo menos, tres ángulos diferentes, estudió todo. Leonardo dedicaba su tiempo al estudio de la anatomía, de la astrología, de la botánica, de la geología, del vuelo y de la geografía. Bajo el patronato de Ludovico Sforza, El Moro, en 1482, creó su celebrada obra maestra La última cena. El Moro le encomendó construir un monumento ecuestre para honrar a su padre, Francesco Sforza, anterior gran duque de Milán. La obra lo llevó a realizar exhaustivas investigaciones sobre la anatomía de los caballos y su movimiento. Después de más de diez años de trabajo construyó un modelo de veinticuatro pies de altura que requería ochenta toneladas de bronce fundido. Pero Ludovico necesitaba el metal para construir cañones que lo ayudaran a mantener a los franceses en la raya. Finalmente, en 1499, Milán cayó desfallecida ante estos últimos y Sforza se vio obligado a exiliarse. Esta derrota dejó a Leonardo sin protector y sin hogar. Al salir de Roma en 1516 para dirigirse a Amboise, pocos años antes de su muerte, Francisco I, rey de Francia, reconoció y apreció su singular genialidad y le dio un título oficial: era pintor, ingeniero, y arquitecto del rey, su obligación principal era conversar, divagar y filosofar con su majestad. Benvenuto Cellini expresó que según Francisco I nunca había existido un hombre que supiera tanto como Leonardo, y no sólo de escultura, pintura y arquitectura, también era un gran filósofo.
La lealtad, la devoción y la pasión estaban encaminadas hacia la búsqueda de la belleza y de la verdad. Leonardo vagaba por el campo en busca de respuestas a las cosas, y pensaba que el gran amor nace de un gran conocimiento del objeto amado. Porque las grandes mentes se hacen grandes preguntas. Debemos considerar que las interrogantes que a diario acicatean nuestro pensamiento reflejan nuestras metas e influyen en la calidad de nuestra vida. La actitud davinciana era abierta e inquisitiva y debe servirnos de ejemplo para ampliar nuestro universo y viajar a través de él.
La libertad y la curiosidad abren sus puertas cuando nos interrogamos: ¿cuándo fue la última vez que investigué con el propósito de encontrar la verdad?, ¿obtuve algún resultado?, ¿me gusta aprender?, ¿cuando escucho o leo una palabra nueva, la busco en el diccionario y la anoto?, ¿soy un lector ávido?, ¿dedico tiempo a la contemplación y a la reflexión?, ¿estoy aprendiendo cosas nuevas?, ¿por qué es azul el cielo? Una cascada de preguntas formuladas desde distintos ángulos constituye un eficaz ejercicio para encontrar soluciones creativas a distintos problemas. En la medida en que estimulemos nuestra competencia para hacer preguntas ampliaremos nuestra capacidad para resolver problemas y nuestro intelecto será más brillante.
La reflexión no concluye. Continuaré divagando sobre la actitud davinciana en mi próximo artículo.
La autora es Licenciada en Letras
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