Estadísticas: ¿Cuán confiables son?
Por Juan Eduardo Azzini
El País, Montevideo
Germán de Arciniegas decía que, con las estadísticas, sólo se podrá demostrar que se sabe trabajar con los números. Pero los números son dóciles y obedecen a la posibilidad, capacidad y mentalidad de quienes los manejan. Esta disciplina tan útil, evoca para muchos, cuadros y series numéricas y gráficas, donde se inscriben hechos y movimientos desprovistos de substancia viva. Los que no se apoyan -no es posible- en situaciones totales, sino en saber expresar el significado de una pequeña cantidad de datos seleccionados. Además, en las observaciones económicas, hay un conjunto de elementos que no son numéricos, sino históricos descriptivos u observaciones empíricas cualitativas. Las complicaciones son inevitables y los errores también.
En las ciencias sociales se pretende una exactitud que no es real. El proceso económico no es lineal, sino cambiante y difícil de precisar y, peor aún, de extrapolar. Las estadísticas hacen su trabajo; son los hombres los que se empeñan en exigirle. El “GIGO” (“Garbage in Garbage out”) de EE.UU. implica errores lógicos de masa; y provienen de la época, criterio, cálculos, cuestionarios, preguntas, análisis, informalismo y casos paraeconómicos. Y además, están los errores deliberados. Al decir de Mark Twain, hay mentiras pecaminosas, mentiras piadosas y mentiras estadísticas. En estadísticas de precios, además de problemas de calidad, arreglos entre contratantes, ocultaciones, etc., es difícil la exactitud, en un tema donde millones de decisiones individuales, variaciones en la moda, formas de venta, tecnologías, costos, impiden la representatividad. Pero además, existen los “errores” deliberados por razones políticas.
El reciente caso de Argentina, donde el Presidente relevó a la Directora de Estadísticas para bajar el índice (además de otras medidas como contener exportaciones de carne para evitar la suba al consumo, congelar ciertos precios de empresas públicas, etc.), es un ejemplo. Mao sostenía que en la China comunista no existía la inflación y manejaba los precios a su antojo. Stalin sostenía que, en un régimen comunista, no existía la inflación. Pero los precios se mantuvieron fijados por el Plan Central, a veces, por 30 y 40 años congelados; los artículos de lujo” (nafta, café, pieles, vodka, trajes y los importados) admitían aumentos especiales, había aumentos llamados temporarios, sin afectar al precio de lista. También existían los “precios sombra” (o ficticios) que figuraban en los índices del Gobierno. Todo esto lo siguen negando los comunistas de esta latitudes.
El profesor alemán Oscar Morgenstern escribió un documentado libro, “Sobre la exactitud de las observaciones económicas” que debieran leer muchos economistas que manejan números y creen con ellos se pueden representar con exactitud valores económicos. Además, es fácil confundir al profano en las serie gráficas; con sólo variar los espacios en la columna de las abscisas o de las ordenadas, una curva puede alterar su apreciación según convenga al Gobierno. Y a tal punto hemos llegado en la confiabilidad de las estadísticas de precios que en EE.UU. ya se elaboran índices sobre la base de cotización del big Mac. Es que, por el camino de lograr una exactitud matemática en una ciencia social, se podrá llegar a una pureza de claustro, evadiendo las conclusiones económicas, con conclusiones técnicas pero irrelevantes y no representativas. Y la gente comienza a dudar de esos índices porque capta la “sensación térmica” y no sólo los grados del termómetro.
Mao decía que en China no existía inflación y manejaba los precios a su antojo. Stalin sostenía que en el comunismo no existía la inflación
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