El ocaso de los “neocons” de Bush
Por Hugo Alconada Mon
La Nación
WASHINGTON.- Hubo un tiempo en que los neoconservadores pensaron que George W. Bush era el presidente con el que siempre habían soñado. Ocurrió poco después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, cuando el republicano venido de Texas anunció al mundo su doctrina de “la guerra preventiva”.
Pero el idilio se evaporó de a poco. Hoy, los halcones más duros e ideologizados de la política exterior norteamericana creen que Bush perdió su brújula. La debacle en Irak, la ausencia de avances con Irán y Corea del Norte y la continua amenaza de grupos terroristas como Al -Qaeda y Hezbollah empujaron a Bush a darle una oportunidad a la prédica más realista de su ahora secretaria de Estado, Condoleezza Rice.
Pero para los “neocons”, representa una retirada propia y de Estados Unidos. Y confirma la incompetencia que la administración Bush demostró en su proyecto más preciado: el derribo de Saddam Hussein y la instauración de una democracia occidental en el corazón de Medio Oriente.
Los “neocons” abandonaron ya sus cargos en el gobierno. O fueron empujados a hacerlo a partir del paulatino golpe de timón que Bush le permitió instrumentar a Rice, desde que su vicepresidente, Dick Cheney, quedó debilitado por la condena penal de su mano derecha, Lewis “Scooter” Libby, otro “neocon”, y por la caída de Donald Rumsfeld en el Pentágono.
El “Príncipe de la Oscuridad”, como se conoce a Richard Perle, fue de los primeros “neocons” en dar el portazo. Fue en 2004, cuando renunció al Directorio de Políticas de Defensa del Pentágono, el grupo de gurúes que asesoró a Rumsfeld. Luego lo siguieron otros, como los números 2 y 3 de la secretaría, Paul Wolfowitz y Douglas Feith, y también David Frum, autor del discurso en el que Bush denunció el “eje del mal”, con Irak, Irán y Corea del Norte.
El éxodo se aceleró. Se fue Kenneth Adelman, otro miembro de aquel grupo de gurúes del Pentágono. En 2002, predijo en The Washington Post que la guerra en Irak sería “un paseo”. Pero ahora le echa la culpa de la ciénaga al equipo de estrategos en política exterior de Bush, al que tilda de “disfuncional”.
La lista de “neocons” desencantados con Bush es más extensa. Va del académico Francis Fukuyama, al también ex Pentágono, Michael Rubin, y al ex embajador ante la ONU, John Bolton, que atacó el acuerdo de Rice con Pyongyang. Sólo Elliot Abrams, otro “neocon” notable, sigue firme en la administración Bush. Es el segundo del Consejo de Seguridad Nacional.
Pero, ¿qué ideario sienten que traicionó Bush? Primero, afirman que Estados Unidos debe aplicar su poder, por la fuerza si es necesario, para promover sus “valores” alrededor del mundo. Algunos hablan de cultivar un “Imperio”, y todos coinciden en que no alcanza con “contener” las amenazas que afronta la única superpotencia; ahora hay que remediarlas, con “ataques preventivos” si es necesario.
Irak encarnó esa amenaza mejor que cualquier otro país y los “neocons”, que iniciaron su peregrinación ideológica desde la izquierda demócrata, le apuntaron desde los tiempos de Bill Clinton en la Casa Blanca. En 1998, en una carta que firmaron Wolfowitz, Fukuyama, Bolton, Robert Kagan y William Kristoly Perle, entre otros, exigieron “remover a Saddam Hussein y su régimen del poder”.
Repudio, idilio y cuarteles
Entonces, como ahora, los “neocons” se atrincheraron en centros de estudios -el Instituto Empresario Estadounidense (AEI), el Proyecto para un Nuevo Siglo Norteamericano (PNAC) y el Centro para Políticas de Seguridad (CSP)-, universidades -como la sede en esta capital de la Universidad John Hopkins-, y revistas – Commentary, National Review, The Weekly Standard, The New Republic y The Nacional Interest , entre otras-.
Tampoco fue un amor a primera vista con Bush. En 2000 apoyaron a John McCain. Y, ya con el tejano en la Casa Blanca, denunciaron la “profunda humillación nacional” cuando un avión espía norteamericano aterrizó de emergencia en China en abril de 2001, y se negoció la liberación de sus 24 tripulantes a cambio de un pedido público de disculpas.
Pero llegó el 11 de Septiembre y, dicen ellos, el que cambió fue Bush. “La respuesta más realista al terrorismo para EE.UU. es abrazar su rol imperial”, propuso Max Boot, otro “neocon”. Bush atacó Afganistán y pronto apuntó sus cañones contra Irak. Y Perle, el “Príncipe de la Oscuridad”, lo bendijo.
Cinco años después y ante la debacle en Irak, Fukuyama, Perle, Adelman, Bolton y muchos más repudian el vuelco más realista, diplomático y negociador que Rice imprimió a la política exterior norteamericana. La repudian a ella, pero se ensañan con Bush con especial enjundia. Han vuelto a sus cuarteles de invierno a esperar otra oportunidad en el poder.
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