Cuba: 48 Años… Salta a la vista
Por Armando Pérez Roura
Diario Las Americas
Son tantas las arbitrariedades, las monstruosidades, los horrores y las vilezas, cometidas por la tiranía castrista en Cuba, que motiva a la reflexión detallada de los analistas en el recuento final de nuestra triste historia.
Salta a la realidad que para lograr establecer un control férreo de todo nuestro país, hay que tomar en cuenta lo que hicieron a todos los niveles de la vida de aquella Cuba que tanto añoramos.
No fue al azar, fueron previamente concebidos y diseñados, los planes que sólo podían ponerlo en práctica, bajo el cañón del fusil. Pero, como las armas no se disparan solas, había que nuclearlas con los aprendices de asesinos, dispuestos a halar el gatillo a la menor señal.
Ese fue el nacimiento de una nueva clase, que no estaba integrada, por los jerarcas del alto mando, estos son otros elementos de menor cuantía en la estructura del poder, pero en suma son los que lo mantienen. Son los que se mueven en las calles los que llevan a los ciudadanos a horribles interrogatorios. Son los que en la media noche hacen los registros en las casas, son los que tiran el auto a un infeliz que camina por la acera o cruza una calle. Los arrollan o los llevan a un hospital, para hacerles daño físico o mental. Para entrar en sus casas, teniéndolos seguros en un hospital, ponerle un micrófono o dejarles algún artículo que los pueda comprometer para después arrestarlos.
Pueden disfrazarse de médicos, llegar en una ambulancia a una casa y sacar a una víctima; la inyectan, la ponen inconsciente, o simplemente usan una camisa de fuerza, y a la vista de todos, se la llevan, diciendo que se enfermó repentinamente y que la familia pidió ayuda, la conducen a un hospital siquiátrica y le ponen en la cama de al lado a otro esbirro que vigila 24 horas, para saber qué y con quiénes habla.
Si deciden un tratamiento como desajustado mental, le dan varios electroshocks y la devuelven como un vegetal; en tanto familiares quedan presos del pánico. No pueden hablar, ni decir media palabra, pues saben que lo tienen todo en riesgo, hasta la vida, porque esos abyectos, son los que matan sin piedad. No crea que esto es producto de un cuento de ficción. Es la realidad de un régimen diabólico.
Con el cambio que hizo el sistema, que todavía padecemos en Cuba, terminó lo que era nuestra patria. Se destruyó el orden establecido. Cambió hasta el valor de la moneda, y exterminó una nación, se apoderaron de todo, como si se hubiesen fragmentado todos los códigos, permaneciendo en el control absoluto, la camarilla y sus secuaces. Ellos actúan sin escrúpulos. Robotizan sus funciones por migajas que fueron creciendo, inflándose con el decursar del tiempo. Se han apoderado de todo lo que no le interesaba al tirano.
Esa es la nueva clase que se pronuncia como enemiga del capitalismo, de la burguesía. Lo que ha hecho es tratar de imitarla, de usar sus autos, sus muebles, su ropa, aunque le faltaba dignidad, honestidad, decoro y clase, pero de alguna manera el andamiaje de austeridad socialista, se convirtió en grosera caricatura que los ha ido llevando al aislamiento para que el pueblo no tenga conocimiento, a esa forma de vivir disipada, corrupta, y sin los problemas que atormentan y sojuzguan a la población.
Tanto es así, que de alguna manera le transmitieron a sus descendientes ese gusto por el confort y la buena vida, porque salvo contadas excepciones, los hijos de los mayimbes repudian la mentira en que viven los padres, al punto que muchos de ellos han abandonado el país y otros no lo han hecho porque no se lo permiten. La gran mayoría se ha involucrado en negocios de tráfico de personas, venta y traslado de obras de arte, con el fin de salir de la opresión que ellos no padecieron, que ellos no conocieron, pues ni siquiera podían asistir a las escuelas al campo, pero que de alguna manera la conocieron. Si algún sentimiento tiene esa carroña, ese es su mayor castigo: en la mente de esas jóvenes generaciones, está apareciendo el arma más poderosa, la verdad. Que como sentenció José Martí, desde el fondo de una cueva tiene más fuerza que cualquier cañón.
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