Rove o la política como extorsión
Por Alejandro Armengol
El Nuevo Herald
Confieso que me gustaría ver salir de la Casa Blanca al asesor presidencial Karl Rove antes de que termine el gobierno de George W. Bush. El representa gran parte de lo que odiaba en Cuba y entre otras razones me llevó a abandonar la isla: la intervención de la política en todos los órdenes de la vida pública, el otorgamiento de cargos sobre la base de la lealtad y no de los méritos y experiencia, el encubrimiento de la corrupción y los privilegios en razón de los vínculos partidistas, la injusticia y la mentira convertidas en razones de Estado.
Personalmente, Rove no resulta una figura tan desagradable como Dick Cheney. Mi impresión es que no se diferencia mucho de otros políticos y funcionarios de Washington, pero su historial lo muestra como un manipulador y hábil estratega político.
Hay dos Karl Rove.
Uno es el arquitecto de los triunfos del presidente Bush. El organizador de una formidable maquinaria política que ha puesto en vigor la agenda neoconservadora. El estratega que llevó al predominio republicano en el Congreso, perdido tras las últimas elecciones de medio término, y el cerebro más astuto de Washington a la hora de elaborar los mensajes electorales más efectivos.
El otro Rove es un ser implacable, que ha perfeccionado el uso del rumor como arma política. El elaborador de las campañas más sucias de los últimos años y el funcionario que advierte y amenaza cuando se trata de imponer un plan y rechazar una opinión.
Rove no tiene dos caras. Es una figura que se admira o se odia. Alguien que no permite la indiferencia.
El ”efecto Rove” lo han conocido por igual demócratas y republicanos. En las elecciones de 1994 para la gobernación de Texas, hizo correr el rumor de que la contendiente del ahora presidente Bush, Ann Richards, era lesbiana. Durante la batalla por la nominación presidencial republicana del 2000, se divulgaron mensajes de que el principal oponente de Bush, el senador John McCain, había engendrado hijos ilegítimos.
No bastó con esa falsedad. McCain se perfilaba como el triunfador porque había vencido a Bush en las primarias de New Hampshire. Se acusó al senador –piloto de combate durante la Guerra de Vietnam y que había estado preso en Saigón– de comunista, cobarde y colaborador con el enemigo. Tampoco fue suficiente y se agregó que su esposa era adicta a las drogas.
En la pasada contienda presidencial, se acusó al senador John Kerry –quien también había participado en la Guerra de Vietnam– de ser un comandante indeciso durante la contienda y luego aliado del enemigo.
En los tres casos el triunfo fue para Bush. En gran parte, gracias a Rove.
A los ojos de los norteamericanos, las figuras de Rove y Bush están íntimamente asociadas. Por eso, cuando Rove tiene dificultades, Bush también está en problemas.
Los problemas de Rove no cesan. Se ha librado de muchos. Pero vuelven a surgir, uno detrás del otro.
Ahora aparece, una vez más, en otro escándalo.
Parece que su influencia ha resultado decisiva para la elección de jueces y fiscales federales. Rove se ha convertido en una pieza clave de la investigación sobre la destitución de ocho fiscales federales. Los legisladores demócratas y unos pocos republicanos se preguntan si las remociones obedecieron a intentos por impedir o lanzar investigaciones vinculadas a fines partidistas.
Estos legisladores quieren que Rove testifique públicamente y bajo declaración jurada. Sin embargo, la Casa Blanca sólo está de acuerdo en permitir una entrevista privada, sin que Rove tenga que declarar luego de prestar juramento.
”Siempre hay un componente de intriga, para bien y para mal, que rodea a Karl Rove”, afirmó Arlen Specter, republicano por Pennsylvania y la figura con mayor rango, dentro de su partido, en la comisión judicial del Senado, de acuerdo a una información de The New York Times.
Funcionarios de la Casa Blanca afirman que Rove fue sólo una voz más dentro del proceso de aprobación de fiscales federales, que tradicionalmente se guía por las recomendaciones de miembros importantes del partido del Presidente en los respectivos estados.
El problema con Rove es que ha llevado al extremo la influencia política. No quiere esto decir que antes de su llegada a la Casa Blanca, como compañero indispensable del presidente Bush, la política no influyera en la elección de cargos burocráticos, acciones y medidas que supuestamente debían estar libres de la influencia partidista. Es que nadie como él ha hecho tanto por minar las barreras y convertir la presidencia estadounidense en una corte de amigos, asociados e incondicionales, con independencia de la experiencia necesaria para desempeñar una tarea.
Para bienestar de esta nación, parece que ya quedaron atrás los años en que cualquier crítica a la Casa Blanca se considerara un acto de deslealtad hacia el país. El pretexto del patriotismo no puede ser utilizado –como tras los atentados del 11 de septiembre del 2001– para acallar las dudas y los comentarios contrarios a la actuación presidencial. En una democracia, la exclamación de ”estamos en guerra” no sirve por mucho tiempo para ocultar lo mal hecho. Tal recurso ”funciona” sólo en las tiranías, como la de Fidel Castro, o en las mentes totalitarias de algunos exiliados de ”línea dura” de Miami. Para el resto, es decir para el mundo, la verdad debe conocerse.
No encuentro diferencia alguna entre la actitud y conducta de Rove y el desempeño de los funcionarios políticos y de gobierno del régimen castrista. El asesor presidencial hubiera sido un buen comisario político. Para nuestra suerte, nació y vive en Estados Unidos.
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