Sacar tajada del capitalismo
Por Porfirio Cristaldo Ayala
ABC Digital
El secretario general del Partido Socialista de Chile, Marcelo Schilling, explica que plantear el fin del capitalismo “es una locura”. En lugar de ello, dijo, hay que “montarse” sobre el desarrollo capitalista y aprovechar sus ventajas. Es lo que vienen haciendo en todas partes los socialistas moderados desde hace años, incluyendo a China e India. Schilling tiene razón, pero se equivoca cuando dice que el rol actual del socialismo es “tratar de humanizar al capitalismo que hace tiempo ha deshumanizado a los seres humanos”.
Los socialistas chilenos saben mejor que nadie las ventajas de “montarse” sobre el desarrollo capitalista, que en Chile se inició con las reformas liberales y privatizaciones impulsadas por los “Chicago boys”. Hasta hoy Chile es el país más próspero y de mayor libertad económica de América Latina. Preservar esas libertades ha permitido a los socialistas alcanzar un envidiable crecimiento económico sostenido durante los últimos 20 años, con el resultado de mejorar el nivel de vida de la gente y reducir la pobreza a menos de la mitad. Pero el socialismo rara vez fue moderado. Inspiró revoluciones delirantes, persiguió y torturó a sus adversarios, acometió la muerte masiva de las “clases burguesas”, arrasó las libertades, creó campos de trabajo forzado, estimuló y organizó el terrorismo e impuso la dictadura en todas partes donde llegó al poder. El “Libro Negro del Comunismo” estima que el socialismo, desde Lenin, hasta Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot, causó la muerte de más de 120 millones de hombres, mujeres y niños inocentes.
Es ridículo que el socialismo pueda “humanizar” al capitalismo, sistema que surge de la propia naturaleza humana ya en la edad de piedra. Desde hace 500 años, el liberalismo defiende la libertad y dignidad del individuo, lucha por la abolición de la esclavitud, la limitación del poder de los reyes, la separación de poderes, la constitución y las elecciones, el estado de derecho, la anulación de los privilegios de la aristocracia, proteccionismo y monopolios estatales, e impulsa la igualdad ante la ley, la libertad de trabajo y el libre comercio.
En las épocas que precedieron al capitalismo moderno, la miseria, las plagas y el hambre subyugaban el mundo. La “producción en masa para las masas” que trajo la Revolución Industrial elevó el nivel de vida de la gente, multiplicó la productividad, empleo y salarios, creó una clase media educada y permitió el rápido aumento de la población de los países. Los niños y las mujeres pudieron dejar las fábricas, la educación y salud mejoraron, se extendió la caridad y desaparecieron las hambrunas. El capitalismo liberó al hombre de la opresión y pobreza.
La implacable crítica socialista está plagada de falsedades históricas. El capitalismo trajo al mundo libertad y abundancia, puso al individuo por encima del grupo, la tribu, sociedad, nación o clase social, y estableció que todos los hombres fueron creados con iguales derechos a la vida, la libertad y la propiedad, y que los gobiernos fueron instaurados solo para garantizar estos derechos. El hombre libre es dueño de su persona y del fruto de su trabajo. El liberalismo, al decir de Ortega y Gasset, ha sido “el grito más noble que escuchó el planeta”.
El capitalismo es un sistema muy benigno; promueve la paz porque condena el uso de la fuerza física, defiende el estado de dere- cho e incentiva la cooperación pací- fica y la división del trabajo entre las personas; asegura la más eficiente asignación de los recursos, multi- plica el conocimiento social y la innovación e incrementa continuamente la acumulación de capital, la creación de empleos y la suba de los salarios; asegura que el benefi- cio de una persona o grupo se ex- tienda a todos los hombres y permi- te a cada uno realizar su propio pro- yecto de vida. Para bien de sus pueblos los socialistas sensatos se han “montado” en el capitalismo aprovechando sus ventajas. Y para no reconocer su vacío ideológico pretenden “humanizar” el capitalismo, un sistema infinitamente más libre y generoso. Pero lo que importa son los resultados, y como decía Deng Xiao Ping, “no importa si el gato es blanco o negro”, lo que importa es que cace el ratón.
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