La suerte del caminante
Por Jaime Bayly
El Nuevo Herald
Martín cumpliría pronto treinta años y quería un auto. No quería seguir subiéndose a colectivos hacinados de gente y a taxis cuyos conductores le hablaban cuando él quería estar callado (Martín era un argentino raro: le gustaba estar callado).
Hace años, Martín tuvo un auto, pero no era suyo del todo: sus padres compraron un Ford Ka y se lo regalaron a él y a sus dos hermanas. El día del estreno, su hermana quiso salir a pasear a Unicenter. Saliendo de la cochera del edificio, chocó con una columna de concreto y dejó la parte trasera del Ka abollada. Martín lloró de rabia. El auto había perdido su esplendor, que tan poco le duró.
Hace algunos meses, Martín bajó de un taxi, harto de que el conductor le hablase a gritos de fútbol y mujeres (dos temas que no le interesaban), llamó a Joaquín y le dijo: ”No aguanto más, voy a comprarme un auto”. Joaquín le dijo: “Yo te lo regalo. Espera a que llegue a Buenos Aires”.
Cuando llegó a Buenos Aires, encantado de volver a esa ciudad, le dijo a su amigo que estaba dispuesto a comprar el auto, pero con algunas condiciones: debía ser japonés, automático y de cuatro puertas. Martín aceptó, aunque dijo que hubiese preferido un Ford Ka (pero todos eran manuales y de dos puertas).
Luego vino la pesadilla previsible: negociar con los vendedores y descifrar el enrevesado sistema local. Fueron a varias casas de autos y les dijeron que tenían que pagar la totalidad del vehículo (haciendo un depósito bancario) y esperar como mínimo un mes, o más, a que el auto llegase al local.
Esa noche, exhausto, Martín maldijo su país y se echó a llorar, porque, a pesar de todo, él quería quedarse a vivir en Buenos Aires, cerca de su hermana enferma y de su madre, a las que tanto amaba y con las que todas la tardes cumplía la ceremonia del té en San Isidro.
En vísperas de su partida, Joaquín fue a la casa Honda más cercana (en taxi, lo que le encantaba, pues le permitía conversar con los conductores, tan pintorescos y enfáticos), negoció el precio con un vendedor amable, le entregó el dinero, firmó los papeles, contrató el seguro (no sin antes decirle al vendedor que las compañías de seguros eran un fraude organizado, la manera más segura y legal de robarle a la gente) y fue informado de que el Honda le sería entregado, con suerte (el vendedor puso énfasis en la palabra suerte), en dos semanas. Luego fue a una cochera cercana a su casa y contrató un espacio en el tercer piso (porque el edificio donde vivía eran tan viejo que no tenía cochera).
Un mes después (no hubo suerte), Martín salió manejando el Honda del concesionario. El auto estaba a su nombre y al de su amigo. Por fin podía darse el lujo de prescindir del transporte público. Era feliz (cosa rara en él, que con frecuencia decía que pensaba en matarse).
Esa noche, tras recorrer la ciudad, Martín dejó el auto en la cochera, que le pareció horrible y deprimente, como todas las cocheras públicas. A la mañana siguiente, perfumado y con ropa de verano, fue a sacar el auto para manejar hasta Highland, donde jugaría fútbol con sus amigos. Cuando vio el espacio vacío allí donde había dejado el Honda, pensó que se había equivocado de piso. Con el corazón que se le agolpaba en la garganta, corrió de un piso a otro, pero el auto no estaba. Habló con el vigilante, que estaba viendo Gran Hermano. El custodio le respondió que ellos no respondían por robos, que eso era responsabilidad del cliente.
Desesperado, llamó a Joaquín, le contó la desgracia y le preguntó si el seguro cubriría el robo. Joaquín le dijo que sí. Pero apenas llamaron a la compañía de seguros, les dijeron que habían contratado la póliza más económica, que no cubría casos de pérdida total.
Cuando Martín se enteró de que el seguro no pagaría nada, se metió a la cama, tomó diez Alplax y esperó el final. Luego se durmió. Era un sábado por la tarde. Despertó el lunes por la mañana. Se moría de hambre. Se dio una ducha y salió a caminar. El barrio le pareció más lindo. Un sol espléndido le daba brillo a las cosas. Martín sonrió, sorprendido de estar vivo, y pensó que, después de todo, no estaba tan mal volver a ser un caminante leve y distraído.
- 15 de agosto, 2022
- 29 de enero, 2019
- 31 de enero, 2026
- 23 de junio, 2013
Artículo de blog relacionados
- 22 de noviembre, 2020
Diario Las Americas Mientras más leo los análisis políticos internacionales, más me siento...
20 de agosto, 2016BBC Mundo Una nueva generación de grupos armados y narcotraficantes en Colombia ha...
12 de septiembre, 2010The Wall Street Journal Por primera vez en casi dos años, las familias...
18 de septiembre, 2009













