Shakespeare y el papel higiénico
Por Gina Montaner
El Nuevo Herald
Cuando me lo dijeron pensé que era una broma. En la Cámara de Representantes del Estado de la Florida se iba a discutir un proyecto de ley para vigilar el suministro de papel higiénico en los restaurantes. Es decir, los políticos, cuyos sueldos salen de los bolsillos de los contribuyentes, dedicarían parte de sus sesiones al dilema shakesperiano de “Papel higiénico o no. Esa es la cuestión”.
Resulta irónico que a la misma vez que en el Capitolio de Tallahassee se gastaban el per diem con temas de chirigota, The New York Times publicaba un reportaje sobre una pareja de neoyorquinos que se ha embarcado en la aventura de vivir durante un año alejada del progreso y sus numerosos cachivaches. El experimento quedará plasmado en un libro que se titulará No Impact, en el que Colin Beavan relata su nueva forma de vida: una en la que no hay ningún tipo de vehículos que funcionen con carbón. Ni televisores, neveras o el uso de ascensores. Beavan y su esposa, Michelle Conlin, han renunciado a comprar mercancías, excepto los alimentos naturales que cada día compran en un mercado orgánico de su barrio.
Bien, ¿pero qué tienen que ver los señores de Tallahassee con esta pareja de ”verdes”? La respuesta es sencilla. El artículo en cuestión se titula El año sin papel higiénico porque el matrimonio Conlin-Beavan y su hija de dos años se limpian el trasero a la antigua usanza: con una palangana y mucha agua. Por aquello de no llenar el planeta de más desperdicios que no sean, como la caca, orgánicos. En los últimos cuatro meses el portero del edificio no ha recogido una sola bolsa de basura en el rellano de su apartamento. Lo que no impide que se cruce en las escaleras frecuentemente con el señor Beavan, quien ya ha perdido 20 libras desde que sólo emplea las piernas como medio de locomoción en la Gran Manzana.
Qué formas más dispares de ver el mundo. Los políticos floridanos andan muy preocupados por la limpieza de los comensales y están dispuestos a crear un ejército de inspectores que tomen por asalto los baños de los establecimientos y hagan redadas allá donde no tengan un constante avituallamiento de rollos de papel. Aunque sea a costa de los árboles talados, el medio ambiente y el balance del ecosistema. En la otra esquina, la familia Conlin-Beavan juega a un más que improbable experimento social y cruza los dedos para que de éste salga un bestseller millonario cuyas ganancias les garantizarían una provisión considerable del mejor papel higiénico. O sea, el acolchado, perfumado y con dibujitos en relieve. Todo un lujo para una retaguardia castigada durante un año.
Confieso que estoy a medio camino entre la manía policiaco-sanitaria de nuestros políticos y la militancia del matrimonio alternativo. Lo cierto es que, a lo sumo, la ausencia de papel higiénico en los restaurantes me produce una suerte de melancolía y nunca indignación ciudadana. Y por mucho que ame este planeta –cosa que tampoco tengo claro– no estoy dispuesta a renunciar a las comodidades que conlleva el avance tecnológico para congraciarme con Al Gore y sus amigos de Hollywood. Cuyas vidas disipadas y opulentas, por cierto, he subvencionado durante años en las taquillas de los cines. Además, ¿quién desea vivir sin celuloide? Esas quimeras de la imaginación hechas con retazos de progreso que ninguna palangana con agua puede erradicar de la sociedad de consumo. Construida, también, con lienzos, libros, películas, CD’s. Objetos bellos. Hijos de la modernidad. No todos biodegradables. Ni animales ni vegetales. Pero vivos a su manera y necesarios.
Crecí en Europa, donde todavía no impera la obsesión por el aseo que tienen los norteamericanos. Inventores de los desinfectantes para las manos, los insólitos desodorantes íntimos con olor a frutas del bosque y todo género de toallitas sanitarias. Allí aprendí a convivir con el estupor que ocasiona un lavabo público sin papel higiénico. Sentimiento que desarrollé aún más en Marruecos, Turquía o la India. Países con gastronomías que harían las delicias de los impolutos señores de Tallahassee y el matrimonio condenado a comer hierbajos durante un año. Ojalá todos los dilemas fueran en torno al papel higiénico. Shakespeare se quedaría de una pieza.
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