Llamando para atrás
Por Pedro Garcia Albela
El Nuevo Herald
Aún recuerdo como si hubiera sido hoy mismo –a pesar de que ha pasado ya un largo año– el día en que ocurrió mi primer encuentro cara a cara con esa peculiar amalgama, ese concubinato entre los idiomas español e inglés cuya sola mención implica un desafío a la Real Academia de la lengua en que escribo, que todavía no registra en su diccionario oficial nombre alguno para la criatura.
No hay que ser adivino para saber que hablo del espanglish, apenas una de sus varias grafías posibles, puesto que también podría escribirse spanglish, un ”tin” más cerca de lo anglo; o spenglish, con mayor inclinación aún hacia ese lado y una ambigua y hasta incierta pronunciación. O, incluso, en esta versión extrahispánica que ahora propongo: españglish, aunque reconozco que sería un reto de lectura en alta voz para cualquier garganta humana.
Pero volviendo a aquella memorable vivencia, digo que tuvo lugar en un supermercado, a la hora de pagar la magra cesta de víveres que calculé costeable con mi primera tarjeta de débito. Al terminar la transacción, la sonriente cajera me preguntó: ”¿Quiere dinero para atrás?”. Aquello me mató, o me puso negro, para decirlo en el estilo del joven Holden Caulfield, protagonista de The Catcher in the Rye, la genial novela de J. D. Salinger.
No bien estaba ya recuperándome de este primer choque frontal contra el… eso mismo, cuando me vi obligado a aprender que mapear no es lo que dice el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), no, señor; es algo así como trapear pero no con un trapo, mucho menos con el estropajo añadido a éste por el mencionado lexicón, sino con un mapo, que en el habla puertorriqueña –influida por la pronunciación de la voz inglesa mop– se usa en lugar de la ”oficial” mopa, “un palo largo con hilos o tiras en uno de sus extremos para sacar brillo a los suelos”.
Más tarde, durante una solazada estadía de seis meses en un lujoso hotel de esta ciudad, mis oídos fueron repetida y dulcemente arrullados por el verbo serapear, sucedáneo de montar (set up) una mesa. Y yo me preguntaba: ¿será peor serapear que trapear o que mapear –o incluso rapear– aunque todos terminen en pear? ¿O será mejor que yo vaya acostumbrándome a todo este estropear?
Y así, mientras me acomodaba, iba llenando formas y aplicaciones que a veces me decían debía taipear –¡otro pear, madre mía!– o faxear, cuando no que las mandara por imeil. Son testigos de ello las numerosas –y costosas– gestiones para obtener mi residencia permanente, o sea, la grincar, que según la doctora N…, mi abogada tan amable que no me cobra nada, meibi me llegue antes de lo esperado… Uau!
Por último, he intentado en serio explicar a ciertos practicantes del espanglish lo absurdo de dejarse llevar por este hábito, sobre todo cuando estamos entre puros hispanohablantes; que decir, por ejemplo, que no pudimos ”atender” a tal evento o cita por equis o zeta razón, en lugar de no pudimos ”asistir”, es en esencia lo mismo que responder así a una pregunta sobre nuestra edad: “yo soy tantos años viejo… Con la diferencia, a favor de este último caso, de que cualquiera, aunque no sepa ni jota de la lengua de Shakespeare y Whitman, comprendería mejor el mensaje. Quedaría extrañado, pero no perplejo.
Fracasé, desde luego, en dichos empeños. Y decidí rectificar mi error. Y superarme en lo adelante.
En consecuencia, cuando hace poco fui a una tienda a comprar no recuerdo qué y al final, luego de haber pagado, me arrepentí, y la empleada quiso de todos modos venderme la mercancía en cuestión o alguna otra en su lugar, le dije redondamente que no, que no quería aquello ni lo otro ni uarever quisiera ofrecerme. Pero ella seguía dale que dale, sou me vi precisado a replicarle que nouei, de eso nada, monada.
Y le pedí mi dinero para atrás.
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