Los verdaderos patrones
Por Porfirio Cristaldo Ayala
ABC Digital
Los estatistas festejaron el Día del Consumidor haciendo apología a las leyes que “protegen” al indefenso consumidor frente a los patrones de la economía: los grandes empresarios, industriales, capitalistas y terratenientes. Estos patrones ejercen su voluntad sin restricción y no dependen de nadie, aseguran. Están equivocados. En el capitalismo, por su naturaleza, cada persona depende del resto. Los verdaderos amos de la economía no son los hombres de negocio, sino los consumidores que, con su decisión de comprar o no un producto o servicio, pueden crear o destruir fortunas.
Es fácil caer en este error de miopía, de “lo que se ve y lo que no se ve”, como explicaba el libertario francés Fréderic Bastiat. Lo que se ve es que el industrial contrata empleados, fija salarios y condiciones de trabajo, adquiere recursos y bienes de capital, compra insumos y dirige la producción. Las disposiciones del patrón todos cumplen; en cambio, el patrón no recibe órdenes de nadie, piensan. Lo que no se ve es que esos supuestos patrones no toman decisión alguna sin antes pensar en cómo pueden satisfacer mejor los deseos y caprichos de los consumidores.
Los verdaderos patrones del capitalismo son los consumidores que compran los bienes y servicios en el mercado. En las haciendas ganaderas se escuchan a menudo los gritos del patrón. Todos los peones, capataces, administradores cumplen sus órdenes sin vacilaciones. Su poder parece inmenso, pero no lo es. Hay un grito mucho más poderoso que el del patrón, aunque solo él lo oye: las órdenes de los consumidores que comprarán la carne en los supermercados. Si el patrón desatiende esas órdenes, si no adecua su producción a los deseos de los compradores, sufrirá pérdidas económicas y tendrá que dejar el negocio ganadero a otros empresarios más respetuosos de los caprichos del soberano: el consumidor.
Los empresarios no pueden fijar ni los salarios de sus empleados ni las condiciones de trabajo. Estos son fijados por los consumidores al demandar el producto en los mercados. Si los consumidores están dispuestos a pagar un precio más elevado por un determinado producto, los empresarios también fijarán salarios más elevados para esos trabajadores, como lo hacen comúnmente cuando aumenta la demanda. Pero los consumidores difícilmente acepten pagar más por un producto porque el mismo fue elaborado, por ejemplo, por trabajadores casados y con familias en lugar de trabajadores solteros. Todo lo que buscan en el mercado es un producto de la mejor calidad al menor precio.
No son los banqueros o financistas, sino los consumidores, los que con su demanda establecen la tasa de interés que los empresarios pagarán a los bancos por los préstamos que necesitan para la producción. Los precios que se pagan por los factores de producción, trabajo, capital y recursos, no son los que quisieran los dueños del capital, recursos y la tierra, sino lo que determinan los consumidores con su demanda de los bienes producidos por dichos factores. Si el empresario no supo predecir los deseos del consumidor, su producción puede resultar en pérdidas económicas y la quiebra. Pero si lo anticipó correctamente, entonces podrá obtener utilidades y crecer.
En el capitalismo, los empresarios y hombres de negocio pueden servirse a sí mismos, únicamente, sirviendo a la gente de la mejor manera posible. Sus éxitos y fracasos están íntimamente ligados al buen servicio que presten al consumidor. Un ejemplo es Bill Gates, quien logró amasar una inmensa fortuna ofreciendo a los consumidores en todo el mundo la maravilla de la computadora personal, PC, a precios cada vez más bajos. Esta poderosa herramienta elevó la productividad y creó una riqueza global millones de veces mayor que la fortuna del “rey de las computadoras”. Bill Gates se enriqueció enriqueciendo a todo el mundo.
A diferencia del socialismo, en el capitalismo no hay privilegiados y los consumidores no necesitan que se los defienda. En el mercado, la gente coopera pacíficamente eligiendo cada uno su propio modo de vida, respetando la propiedad y los derechos ajenos, bajo el dictum de la división del trabajo de “todos para uno y uno para todos”.
- 23 de junio, 2013
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