La guerra inacabable
Editorial – El País, Montevideo
Hoy se cumplen cuatro años de la invasión a Irak, decidida y comandada por Estados Unidos en alianza con algunas potencias europeas. El hecho mismo de invadir un país ateniéndose a informes secretos de servicios especializados, equivocados o falseados, ha soliviantado a la opinión pública mundial y acrecentado el sentimiento antinorteamericano que impera en vastos sectores sociales, políticos y culturales del planeta entero. Lo curioso del caso es que esta verdadera fobia se encuentra aún vigente en varios países occidentales, que recibieron de los EE.UU. una decisiva contribución militar y económica que determinó la derrota, en dos pavorosas guerras mundiales, de regímenes enemigos de la libertad y demás valores democráticos, bases reconocidas de la civilización que todos integramos.
Esa aversión también se encuentra vigente en la mayoría de los pueblos latinoamericanos, algunos de los cuales fueron víctimas de la expansión territorial norteamericana, en tanto, otros, le reprochan el apoyo que ha brindado a diversos dictadores del continente en tiempos en que la Guerra Fría obligaba a aceptar una estrategia que colidaba con los principios que se proclamaban habitualmente. Resulta paradojal que sean los latinoamericanos quienes arriesgan sus vidas para ingresar ilegalmente a territorio norteamericano y rehacer en él una existencia que en sus países de origen no satisface sus necesidades mínimas.
Pues bien, en medio de este negativo marco, Estados Unidos resuelve invadir Irak argumentando que este país -gobernado despóticamente por Saddam Hussein, que usó gases letales contra la minoría kurda- posee armas químicas y de destrucción masiva que podrían aumentar peligrosamente la inestabilidad predominante en el Medio Oriente. Tal pretexto, como ya se indicó, fue tajantemente desmentido por los hechos y, finalmente, también por las propias autoridades norteamericanas. Este trágico error -previamente había sido invadido Afganistán- condujo a la exacerbación del nacionalismo islámico -canalizado, ahora, contra el presidente Bush y su país-, pero además, hizo reverdecer el sectarismo de los fieles a Mahoma pues impulsó a chiítas y sunitas a cometer salvajes atentados entre sí, no respetando siquiera sus propios centros religiosos.
El saldo de esta locura colectiva es apocalíptico: ya llega a 650 mil el número de muertos y a 400 mil millones de dólares lo gastado por Washington para financiar una guerra inacabable. Incluso, la opinión pública norteamericana, en su gran mayoría, manifiesta su rechazo a esta aventura bélica y exige que se programe el retiro de sus fuerzas militares. La influencia mediática es muy importante en una nación que rinde culto a la prensa escrita y a la televisión que cubren con lujo de detalles todo lo relativo a la actuación de sus soldados en aquel a veces incomprensible país asiático. El público norteamericano se ha mostrado particularmente sensible -como ocurrió durante la guerra vietnamita- ante la llegada a su patria de los restos mortales de sus jóvenes soldados y se pregunta, lógicamente, el porqué. La respuesta popular se traduce en el creciente desprestigio del presidente Bush y la consiguiente pérdida de la mayoría parlamentaria por parte de los republicanos.
No faltan, empero, quienes relativizan las bajas norteamericanas en el escenario iraquí señalando que los muertos en combate, en emboscadas o por la acción de minas o de suicidas alcanzaron a tres mil y poco más en tres años de lucha mientras que EE.UU. sufrió una pérdida similar en los muy pocos minutos en que se produjeron los fatídicos atentados del 11-S, el peor golpe terrorista en toda la historia de la nación. Este acto demencial puso al descubierto la vulnerabilidad de la primera potencia mundial. Por cierto, ningún país está a salvo frente a la decisión de un fanático de inmolarse cargado de explosivos. Londres y Madrid -y antes Buenos Aires, aunque en este caso no hubo suicidas- sufrieron la misma experiencia. Entonces, la única defensa posible es adoptar medidas preventivas que, desgraciadamente, contribuyen a debilitar los derechos individuales cuyo goce enorgullece a cualquier democracia. Quizá sea éste el mayor coletazo del terrorismo, bastante alejado del supuesto “choque de civilizaciones” y más cercano al fundamentalismo religioso, potenciado éste, en el mundo árabe, por el recuerdo aciago de la dominación turca, primero, y británica, después.
- 23 de junio, 2013
- 1 de febrero, 2026
- 31 de enero, 2026
- 15 de agosto, 2022
Artículo de blog relacionados
Infobae Alfredo, soy yo, Andreina. Aquí nos agarraron con Jairo… Los amo, los...
29 de enero, 20186to Poder Venezuela ha otorgado a Bolivia 404 millones de dólares en donaciones,...
21 de junio, 2013Por Joanna Slater The Wall Street Journal Al igual que los viajeros que...
30 de julio, 2007- 14 de diciembre, 2017














