Las tres Américas
Por Danilo Arbilla
ABC Digital
La vieja división de las Américas en del Sur, del Norte y Central, ha perdido vigencia. Ahora habría que hablar de otras tres Américas: la del Atlántico, la del Pacífico y Norteamérica, que da a los dos oceános. Esta otra regionalización permite ver más claro las cosas, analizar mejor sus realidades y más o menos vislumbrar cuál va a ser el futuro de cada una.
La del Atlántico, a la que podría también llamársele del Mercosur, porque esta asociación ha sido elegida como una especie de sello distintivo, geográficamente es muy extendida y posee grandes riquezas. Es la América neoprogresista y populista y en esa línea y en ese empeño gasta o malgasta dinero a manos llenas, favorecida por el buen momento de la economía mundial y sus efectos en los precios de las materias primas. Es la América más antinorteamericana, la revolucionaria, la que no quiere ALCA ni TLC. La integran la Cuba del viejo Fidel, la Venezuela del comandante Chávez, el Brasil de Lula, el Uruguay de Tabaré, la Bolivia de Evo, la Argentina de Kirchner y Cristina, un Paraguay silencioso y medio resignado, más el reciente agregado del Ecuador de Correa y la Nicaragua del sandinista Ortega. Pese a su potencial y tamaño, más la buena época, esta América tiene comprometido su futuro. Si se da vuelta la tortilla, lo que, más tarde o mas temprano siempre ocurre, la mayoría de sus miembros entrarán en crisis. Chávez y Kirchner, por ejemplo, estarán en el poder mientras les dure el dinero. Sin ese viento a favor caerían de inmediato.
Además las rivalidades intrarregión son muy fuertes. Todos sus conductores son caciques, líderes que trascienden sus propias fronteras y estrellas con brillo propio, según cada uno de ellos lo piensa. El enfrentamiento entre Brasil y Venezuela, y quizás también con Argentina, aliada a Chávez, no se va a demorar mucho. Y ahí se verá cómo se alinea el resto. El etanol puede ser una de las chispas.
La del Pacífico, en cambio, no es bullanguera ni tiene conductores con “proyección universal”. Se oye poco de esta América. No es noticia lo que generalmente es buena noticia. La integran Chile, que no la lidera, pero está ahí como un ejemplo a seguir; Perú, Colombia y prácticamente todos los países de Centroamérica y México. Ecuador la integraba, pero por ahora, con Correa al frente y con Evo y Chávez como guías, se ha desviado. Tampoco lo de Nicaragua es muy definido, ni el mismo Ortega, con un discurso bastante ininteligible, va a jugársela demasiado.
Esta otra América es menos antinorteamericana. Aquí la justicia funciona y sin duda con una independencia muy superior a la de las del Atlántico. Hay seguridad jurídica y los contratos se respetan. Hay menos corrupción que en el otro lado en donde además hay muchos tarros por destapar. Funcionan las instituciones, no hay piqueteros ni círculos pagos y organizados para inventar movimientos populares con el propósito de destituir gobernantes electos o tirar instituciones legítimas que no le hacen la venia al financiador y mandamás de la hora. No se convocan constituyentes para hacer nuevas constituciones con nombre y apellido, ni a ninguno de sus mandatarios se le ocurre ser reelegido sin límites de períodos.
Es la América que tiene TLC aprobados o a aprobar con los EE. UU. La que hace bien los números y que también, sin tanto autobombo, es favorecida por el buen momento de la economía internacional, con la diferencia de que no derrocha, invierte con criterio y es previsora. Defiende efectivamente sus intereses y por ello no desdeñan con criterio maniqueísta la relación comercial con los EE. UU. y con Europa y mira hacia enfrente, que es desde donde soplan los buenos vientos, con la decisión firme e inteligente de transformar el Pacífico en una especie de “Mare Nostrum”.
Y por último está la tercera. La América más fuerte, la del Norte. También la más difícil de entender. La que embarga sin resultados, pero da justificación y argumentos a discursos que no tienen ningún otro fundamente atendible, la misma que compra en donde no debería comprar. La que no se sabe cómo elige sus aliados y amigos los que, en casos, después son sus mayores enemigos. La que impulsa tratados de libre comercio, pero que después los demora o no los aprueba. Esta tiene, empero, una buena ventaja: la Constitución reina, y un presidente, a lo sumo, dura ocho años, los que a veces, es cierto, no pasan tan rápido como sería de desear.
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