Rituales de izquierda
Por Vicente Echerri
El Nuevo Herald
Siempre he sentido un temor atávico, al tiempo que una viva repulsión, por las turbas: la manera más fácil y común que tiene el ser humano de abandonar la responsabilidad y la mesura individuales para dar rienda a la bestialidad colectiva, a una ferocidad que predata a nuestros hábitos civilizados de persona.
La izquierda suele desconfiar de las instituciones y cree en las acciones de la turba, acaso porque nació en su seno. El izquierdista genuino, aunque haya tenido un buen hogar, es espiritualmente un sans-coulote, un descamisado dispuesto de continuo a asaltar la Bastilla, cualquier lugar que represente el orden instituido, cualquier autoridad que lo reprima. (La sociedad organizada es siempre represora, aunque haya nacido de una subversión y haya consagrado la libertad; y el agitador, el militante, es su enemigo natural).
Con el paso del tiempo, las turbas políticas han adquirido cierta fisonomía e incorporado algunas tradiciones. En la Francia revolucionaria se aficionaron a las barricadas y al coreo de cantos y estribillos; en la Europa del siglo XX, al lanzamiento de cócteles Molotov; en Estados Unidos de las últimas décadas a la quema de banderas; en todas partes, hasta donde no viene al caso, llegan pancartas con la foto del Ché Guevara. Como la policía suele reprimirlos con gases lacrimógenos, ya hace unos cuantos años que se enmascaran con pañuelos húmedos para atenuar el efecto de estos gases y para evadir a los fotógrafos de los servicios de orden público. Así los vemos casi a diario en la televisión.
En la reciente gira del presidente George W. Bush por América Latina, han tenido ocasión de practicar sus ceremonias, como antes lo han hecho –con mayor estruendo– en las cumbres económicas y políticas. En Ciudad de México, este lunes fueron a protestar delante de la embajada de Estados Unidos por la visita de Bush, pese a que éste se encontraba con su homólogo mexicano en un rancho cerca de Mérida, a más de 900 kilómetros de distancia. De seguro tienen que ser los mismos que ocuparon el Zócalo e hicieron sus plantones a lo largo de la avenida Reforma; como son los mismos –aunque no sean, desde luego, los mismos individuos– que quemaron vehículos y levantaron los adoquines de las calles de Copenhague en días pasados para protestar de un desalojo de marginales en un barrio de la ciudad que era, desde hace tiempo, un enclave izquierdista.
Frente a esas manifestaciones, con que una minoría estruendosa parecería que intenta imponerle su voluntad a las instituciones democráticas, no deja de asombrarme la mesura de la policía, cuyos agentes no pocas veces reciben lesiones de consideración. Si disparan contra los enfurecidos vándalos que los agreden o que destruyen la propiedad, se escandalizan los órganos de opinión que defienden a los agresores, como si el hecho de que actúen en manadas les confiriera alguna impunidad (porque si un individuo solo y desamparado se atreviera a lanzarle una pedrada a un policía en Nueva York o en París, tendría grandes probabilidades de no salir con vida). La otra interrogante que siempre me suscita la visión de estas protestas callejeras es lo que esperan sus participantes obtener: ¿la toma del poder?, ¿prebendas económicas?, ¿notoriedad pública?
Creo que, más allá de las pancartas que se enarbolan y de las consignas que se vocean, estas manifestaciones de protesta, que tan bien suelen orquestar las izquierdas del mundo, constituyen ritos de iniciación en que la muchedumbre, poseída por una suerte de embriaguez colectiva, deja aflorar los manierismos de una barbarie antigua, al tiempo que sacude, como potro en la doma, las convenciones, órdenes y gobiernos que impone la civilización. El catalogarlas de este modo serviría no tanto para que fuesen más toleradas o menos reprimidas, cuanto para despojarlas de cualquier importancia real y confinarlas, en el espacio físico y en el de las noticias, al estricto ámbito de un ingenuo folclore.
©Echerri 2007
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