A Chávez no le gustan las ideas de Adam Smith
Por Paul Kennedy
Clarín
Los contrastes entre Hugo Chávez y Adam Smith no podrían ser más obvios. Uno es el carismático, agresivo y radical presidente de Venezuela, proclive a pronunciar discursos frente a sus fervorosos partidarios o ante una Asamblea de las Naciones Unidas sobre los males del imperialismo estadounidense.
El otro fue un reflexivo y prudente economista político escocés quien, hace 230 años, escribió la que habría de ser la obra más influyente de todos los tiempos para entender las cuestiones económicas: La riqueza de las naciones.
Tal vez lo único que puede vincular a estos dos hombres, a través de los siglos y a través del océano, es que los venezolanos son los más entusiastas consumidores de whisky escocés de todos los países que he visitado.
Pero no son las costumbres ni los estilos de vida diferentes de Chávez y Smith lo que quiero analizar aquí. Me parece mucho más significativo mencionar que Chávez, a juzgar por las políticas que ha adoptado recientemente (y por sus divulgadas intenciones futuras), parece estar decidido a burlarse de todas aquellas sensatas medidas que, según afirmara el escocés, contribuirían a hacer que una nación sea próspera, estable y fuerte.
Ahora bien, no estoy sugiriendo que el presidente venezolano haya leído la obra de Adam Smith. Me parece improbable que así sea. Pero lo cierto es que las actuales políticas de Venezuela arremeten de frente contra las ideas del gran economista. Porque ¿qué fue lo que Smith? Este autor escribió en una época de grandes turbulencias en Estados Unidos y en muchos países más. Escribió en una época en la que el imperio español se tambaleaba y el imperio británico estaba en ascenso. Escribió en una época en que los intelectuales de París, Londres, Edimburgo y Filadelfia discutían cuál era la relación adecuada entre beneficio económico y poder, y qué era lo que engrandecía a una nación.
Para Smith, la respuesta era muy fácil. Siempre que el sistema de gobierno de un país pudiera evitar dañar la economía, todo andaría bien. Los seres humanos son naturalmente imaginativos y productivos y siempre están empeñados en incrementar sus beneficios; si se les permite hacerlo, la nación en su conjunto prosperará.
Por el contrario, si los que gobiernan actúan de manera insensata —coartando la iniciativa, no tolerando el disenso, imponiendo impuestos arbitrarios, confiscando bienes privados, perjudicando a la empresa y permitiéndose participar en problemas foráneos— el país en cuestión podría caer rápidamente en un estado de desventura, perturbación y gran descrédito. Al parecer, lo que más le desagradaba a Smith era la impredecibilidad; los mercados libres necesitan contar con la certeza de que lo que se invierte hoy no se interrumpirá mañana.
Los lectores empezarán ahora a comprender cómo se relacionan estas palabras con las recientes políticas de Chávez. El discurso agresivo y sensacionalista que pronunció en septiembre último en la Asamblea General de las Naciones Unidas fue sólo un gesto simbólico, a pesar de que avergonzó a muchos diplomáticos y políticos latinoamericanos. Pero el mundo de los negocios —el mundo para que el que Smith escribió— se interesa menos por la retórica demagógica que por las medidas políticas concretas, especialmente las que incrementan la incerteza. Y es en ese punto donde Chávez se está enterrando —y enterrando a Venezuela como nación— en un agujero cada vez más profundo.
Para empezar, el mandatario venezolano parece estar resuelto a despilfarrar la inesperada buena racha que, como caída del cielo, le ha tocado en suerte a Venezuela debido al reciente elevado costo del petróleo y el gas natural. Hay una interesante hipótesis económica según la cual los países carentes de recursos nacionales (pensemos en Suiza y Singapur) suelen estar entre los más prósperos porque se han visto obligados a apoyarse en el más importante factor generador de riqueza que haya existido nunca: el capital humano.
Sin embargo ciertas naciones, como por ejemplo Noruega y Dubai, han usado inteligentemente sus ganancias con el petróleo, invirtiendo en el futuro de sus respectivos pueblos. Chávez, por el contrario, está malgastando el capital de Venezuela: comprándoles a los rusos aviones de combate MIG, ayudando a regímenes antinorteamericanos de Africa y de América latina, y recompensando a sus partidarios políticos en su propio país. Por supuesto, todo eso depende de que los precios del petróleo se mantengan muy altos.
Por último, están sus arbitrarias interferencias en los campos de los negocios, los impuestos y la propiedad privada. Aunque Venezuela tiene una brecha entre ricos y pobres que es típicamente sudamericana, es probable que no sea una buena idea confiscar tierras y empresas privadas para poner en ejecución sus programas populistas y socialistas. Casi todas las semanas leemos que Chávez pidió más atribuciones, o que algún destacado partidario suyo recomienda que se le dé más autoridad al Presidente.
Exigir que las multinacionales extranjeras paguen regalías por sus ganancias provenientes del petróleo y el gas es perfectamente comprensible; pero con frecuencia lo hace incrementando el porcentaje del “recorte” del Estado y transmitiéndoles a las compañías globales la impresión de que Venezuela no es un buen lugar para hacer negocios.
No es sorprendente entonces que todo ello haya llevado a que los mercados extranjeros hagan grandes ventas de bonos venezolanos. En la economía de todos los países siempre hay lugar para el debate respecto del alcance de lo público versus lo privado. Pero no hay duda alguna de que las medidas arbitrarias y confiscatorias de los gobiernos tienen consecuencias negativas.
Seguramente Chávez desecharía las obras de Adam Smith, si las conociera.
Traducción de Ofelia Castillo.
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