El difícil equilibrio
Por Claudio Fantini
Revista Noticias
El integrismo inició el año 2007 sufriendo una derrota en Africa. Justo cuando Somalia, estratégica puerta al continente negro del petróleo que cruza el Mar Rojo, quedaba al alcance de la mano de Osama Bin Laden y Aymán al Zawahiri, la invasión etíope aplastó al ejército fundamentalista que se estaba adueñando del país del “cuerno africano”.
Apoyadas por Al Qaeda e integradas por legionarios árabes, sudaneses, afganos y paquistaníes, además de los eritreos que se sumaron para combatir a sus eternos archienemigos etíopes, las fuerzas de la denominada Unión de Tribunales Islámicos, que comparten con Bin Laden la inflexible doctrina wahabita, estaban derrotando al débil ejército somalí. Ya habían echado de Mogadiscio al escuálido gobierno, arrinconándolo en Baidoa, último bastión oficialista que parecía a punto de caer cuando el régimen etíope liderado por el presidente Girma Wolde Giorgis y el primer ministro Meles Zenawi, tras garantizarse el apoyo norteamericano y europeo, lanzó la invasión que finalmente frustró la victoria fundamentalista.
En su casi medio siglo de existencia, iniciada en 1960, Somalia ha vivido entre tiranías y sanguinarios conflictos civiles de facciones lideradas por los llamados “señores de la guerra”. Uno de esos amos feudales de la anarquía somalí, el implacable Fhara Aidid, puso en retirada a las fuerzas norteamericanas de interposición, luego del duro golpe que les propinó en aquella batalla de Mogadiscio que Ridley Scott retrató en “La caída del halcón negro”. Desde entonces, la anarquía ha seguido desangrado a los somalíes, agravando el hambre y las demás consecuencias que en el Cuerno de Africa provocan sus bíblicas sequías.
En medio de ese vacío de autoridad se abrió paso la milicia multinacional de la Unión de los Tribunales Islámicos, orientada ideológicamente por Al Qaeda y asistida militarmente por el jeque Omar Bashir, líder fundamentalista de Sudán, y por los ultrafanáticos Grupos Salafistas de Combate y Predicamento, fuertes y activos en países magrebíes como Argelia, Túnez, Mali y Marruecos.
Ya habían conquistado Mogadiscio y, cuando se aprestaban a dar el golpe de de gracia al gobierno arrinconado en la ciudad septentrional de Baidoa, el ejército y la Fuerza Aérea de Etiopía intervinieron con el fulminante despliegue que, en sólo un mes, puso a los fundamentalistas en retirada, acorralándolos contra la frontera sur, que separa a Somalia de Kenya.
Así como muchos somalíes se sumaron a las fuerzas gubernamentales para luchar contra las milicias islamistas por estar éstas integradas, en gran medida, por combatientes y jefes extranjeros, la invasión etíope podría también generar reacciones adversas.
Etíopes y somalíes mantienen desde hace décadas diferendos territoriales, por los que ya han tenido dos guerras. Para los somalíes, su país no tendría forma de boomerang si Etiopía le devolviera los territorios que le usurpó en la región occidental de Ogadén.
El último conflicto armado entre ambos países fue en 1977 y dejó mucha pobreza y devastación en Somalía.
El gobierno de Adis Abeba deberá tener en cuenta, además, el factor cultural y religioso. Los somalíes son mayoritariamente musulmanes sunitas, mientras que los etíopes son cristianos. Y este es, precisamente, el aspecto que agiganta la derrota de Al Qaeda.
Así como alientan el genocidio y las limpiezas étnicas contra las tribus cristianas y animistas del Darfur, en el sur sudanés, Osama Ben Laden y Aymán al-Zawahiri han exhortado siempre a los extremistas musulmanes a apoyar a Eritrea en su eterna guerra contra los etíopes, precisamente porque Etiopía es uno de los principales bastiones cristianos de Africa, continente al que los fundamentalistas pretenden islamizar por completo.
Etiopía, que desde 1987 tiene una constitución democrática, ha dado un duro golpe al expansionismo ultraislamista. Pero su victoria en Somalia se reduce a una batalla, en el marco de una interminable guerra.
Si las fuerzas etíopes no se repliegan rápidamente a su propio territorio y si no se establece en Mogadiscio un gobierno fuerte con un ejército poderoso, Al Qaeda y los salafistas tendrán en Somalía el escenario más adecuado para su jihad: un país musulmán ocupado por “cruzados” cristianos. Y a renglón seguido, el Cuerno de Africa se convertirá en una nueva Afganistán.
Ahora bien, pensar que la derrota de los fundamentalistas mejora en algo la vida de los somalíes y les abre las puertas a la modernidad y la racionalidad es poco menos que absurdo. Por ejemplo, las mujeres de ese “no-Estado” africano tienen dos características visibles: son tan bellas como brutalmente sometidas.
A los ocho años, los padres llevan sus hijas a la “gudniin” (curandera) quien les practica ablación e infibulación, o sea que les extirpa el clítoris y les cose los labios de la vagina para que no gocen ni tengan relaciones sexuales. Y esta realidad bestialmente opresiva ha regido siempre, incluso durante el gobierno prosoviético de Siad Barre y el del pronorteamericano Alí Mahdi Mohamed.
La diferencia está en que la denuncia de Occidente es más categórica y firme cuando la brutalidad es cometida por los ultraislamistas, y casi imperceptible cuando la cometen sus aliados de posiciones seculares.
Posiblemente, la objetividad para denunciar al mismo tiempo la criminalidad lunática de los integristas y la ferocidad represiva del Estado secular y occidentalizante de Turquía, hayan pesado entre las razones del Comité Nóbel para premiar a Orhan Pamuk, el escritor turco que casi fue a la cárcel por la misma razón que fue asesinado el intelectual y periodista Hrant Dink: denunciar el genocidio armenio.
El brillante autor de “Me llamo Rojo” (su obra más premiada) y “El astrólogo y el sultán” (el libro que le dio fama mundial), se occidentalizó culturalmente al estudiar en las universidades norteamericanas de Iowa y Columbia, y desde siempre prefirió la política en el escenario del laicismo y no en el de la religión. Por eso, muchas de las novelas que escribió muestran un amor por Estambul, que no sólo tiene que ver con su propia vida en la ciudad del Bósforo, sino con el cosmopolitismo y la apertura que la distinguen del cerrado y oscurantista interior turco.
Sin embargo, a pesar de ser él mismo parte de la cultura laicista, modernista y pro-europea que oficialmente se proclama en su país, Pamuk ha tenido la honestidad intelectual para describir la arbitrariedad y la violencia del Estado laico, así como también la estupidez y la hipocresía de los turcos pro-europeos.
La novela “Nieve” es un claro ejemplo de esa mirada serena y objetiva. El personaje es un escritor occidentalizado que llega a una ciudad gris y remota donde se vive la tensión entre el oscurantismo integrista y la represión modernista. A los activistas del fundamentalismo extremo los describe violentos en su accionar, lunáticos en su pensamiento y totalitarios en sus fines, sin embargo, también los reconoce como resistencia honesta y heroica a un proceso que fracasó en la meta de llevar la sociedad al desarrollo y el bienestar que promete la modernidad, y en la medida en que fracasaba se volvía cruel y opresor.
En las páginas de esta novela hay crudas y efectivas descripciones de la vida de mediocridad y la paralizante depresión que lleva a los hombres de Turquía a zambullirse en los abismos más oscuros de la religión. Uno de los personajes, Sunay, dramaturgo, actor y dirigente ataturkista, describe con descarnada certeza a esos seres grises que “se pasan días enteros sentados sin hacer nada en las casas de té. Cientos de hombres en cada ciudad, cientos de miles, millones en toda Turquía, desempleados, fracasados, desesperados, paralizados, miserables. Estos hermanos nuestros no tienen fuerza para sentarse ni voluntad para abotonarse las grasientas y manchadas chaquetas, ni energías para mover brazos y piernas, ni capacidad para prestar atención hasta el final de una historia…La mayoría no puede dormir de pura desesperación, disfrutan fumando porque el tabaco les mata, dejan a la mitad las frases que comienzan dándose cuenta que no tienen sentido y ven programas de televisión todo el tiempo, no porque les guste, sino porque no soportan a los demás amargados que los rodean”.
El mismo personaje, increpando a un intelectual laico pero crítico de los crímenes del Estado secular, dice: “¿te da miedo la vergüenza que pasarías si los europeos vieran lo que estamos haciendo aquí? ¿Sabes cuanta gente han ahorcado ellos para poder levantar ese mundo moderno que tanto admiras? Atatürk habría colgado el primer día a un soñador liberal de sesos de mosquito como tú…Hace falta un ejército laico para que todos los que están un poco occidentalizados, en especial esos intelectuales con la nariz alta que desprecian al pueblo, puedan respirar con tranquilidad. En caso contrario, los islamistas los harán pedazos con sus cuchillos mellados a ellos y a sus maquilladas mujeres”.
En otro tramo de “Nieve”, un dirigente integrista capturado durante una asonada militar para evitar un triunfo fundamentalista en las urnas, se formula las siguientes preguntas: “Occidente, que al parecer cree más en la democracia, su gran descubrimiento, que en la palabra de Dios, ¿se opondrá a este golpe antidemocrático? ¿O lo importante no son la democracia, la libertad y los derechos humanos sino que el resto del mundo imite a Occidente como monos? ¿Puede soportar Occidente que unos enemigos suyos que no se les parecen en nada alcancen la democracia?”.
Muchos ejemplos señalan la validez de estas preguntas. Por caso Argelia, donde el régimen laico-izquierdista que fundaron Ben Bela y Budiaf obtuvo el silencio complaciente de la URSS frente a sus crímenes de Estado y persecuciones políticas; mientras que la apertura democrática a la que llevó el fracaso del FLN en el poder puso de manifiesto la gran contradicción. Como en una elección legislativa triunfó abrumadoramente el Frente Islámico de Salvación (FIS), con el consentimiento de Europa, Estados Unidos y los gobiernos laicistas árabes se decidió, liza y llanamente, la anulación de los comicios y la proscripción de los grupos fundamentalistas, luego devenidos en organizaciones terroristas que cometieron aberrantes crímenes y atroces masacres.
El poder laico, secular y prooccidental que encarna Hosni Mubarak en Egipto es corrupto y represor, realidad que resalta ante el pueblo a los dirigentes y militantes fundamentalistas de la llamada Hermandad de los Musulmanes. El mismo contraste se percibe entre la dirigencia del Fatah, corrompida e inepta desde los tiempos de Arafat, y los austeros y abnegados miembros de Hamas.
Desde el modernismo laico y occidentalizante que la “revolución blanca” del sha Reza Pahlevy quiso imponer por la fuerza al pueblo persa, el despotismo cruel y deshonesto de los gobiernos laicos ha sido uno de las principales causas del auge integrista.
También derivaron en tiranías represoras los nacionalismos seculares, como el baasismo, que con Saddam Hussein construyó un régimen cleptómano y criminal en Irak, lo mismo que con Hafez el Assad en Siria, donde basta como ejemplo el bombardeo que dejó veinte mil muertos en la ciudad de Hamma para sofocar una rebelión integrista.
Esta es la realidad que ocultan intelectuales y dirigentes de Occidente que respaldan a los regímenes musulmanes enemigos del fundamentalismo. En Francia, filósofos como Bernard Henry Levy y André Gluksman, intelectuales como Carolina Fouret y publicaciones como “Le meilleur des mondes”, al igual que los intelectuales daneses que publican manifiestos en el “Jyllands Poste” de Copenhague y neoconservadores norteamericanos como William Kristol, caen en la lógica que impuso Jane Kirkpatrick en la guerra fría, al defender la colaboración norteamericana con las dictaduras militares, en tanto y en cuanto estas fueran anticomunistas, porque la dictadura es un mal menor al totalitarismo.
Esa lógica, rebatida por Zbigniew Brzezinski y Raimond Aaron, hoy es denunciada por la intelectualidad que rechaza el carácter totalitario del fundametalismo islámico. Sin embargo, como lo admite Cedric Housez, un sistema basado en la aplicación estricta de los dogmas religiosos busca, de manera inexorable, regir integralmente la vida de las personas, y la presencia del Estado en todos los aspectos de la vida de la persona constituye la esencia de un sistema totalitario, al menos del totalitarismo que describe Gentile en su libro “La doctrina fascista”, y no precisamente en forma crítica.
Además, la evidente existencia de un supremacismo occidentalista no justifica el también evidente supremacismo religioso y cultural con que el ultraislamismo aborrece a las demás culturas y religiones.
No sólo los neoconservadores ven totalitarismo en el fundamentalismo islamista. También dirigentes socialdemócratas como el laborista inglés Jack Straw y el verde-izquerdista alemán Joschka Fischer, igual que otros intelectuales progresistas con el coraje necesario para denunciar la hipocresía que encubre genocidios como el de Darfur y terrorismos sicópatas como el de Jadafy Janjalani y el Abú Sayyef en el sur de Filipinas, así como monstruosos totalitarismos que reducen la mujer a máquina de procrear y criminalizan la libertad de expresión en nombre de Dios. La misma hipocresía que guarda silencio cuando Mahmud Ahmadinejad exhorta a los jóvenes iraníes a delatar a los profesores de ideas laicas, y cuando aplasta con fuerzas de choque a los estudiantes universitarios que reclaman más ciencia y menos religión en los claustros.
Hay un fundamentalismo profundo y respetable que se profesa en la intimidad del individuo; ese que lleva a una persona a regir su vida desde estrictos fundamentos religiosos y en riguroso cumplimiento de liturgias y rituales. Pero está el integrismo de Estado, ese que propuso Ruholla Jomeini al escribir: “hoy es más importante defender el Islam que rezar y ayunar”; lo que en realidad significa atacar y justificar la violencia en nombre del Islam.
Los caminos que llevan a los puntos de equilibrio entre culturas y también entre el Islam abierto y el Islam fundamentalista, pasan por el país de Orhan Pamuk. Tal vez por eso, el Papa realizó su visita a Turquía a pesar de ser un viaje tan plagado de riesgos.
En los sectores ultraislámicos todavía vibraba la furia histérica que desató el discurso de Ratisbona. A la protesta de los religiosos que acusaban a Benedicto XVI de aborrecer el Islam y de ser un nuevo cruzado, se sumaba la de la izquierda turca, que lo consideró un emblema del “capitalismo imperialista occidental”.
En el medio, el presidente Racep Tayyip Erdogán actuando con fría y distante indeferencia hacia el visitante, mientras que la dirigencia de la minúscula comunidad cristiana no daba signos de entusiasmo.
Sólo riesgos presagiaba el viaje, incluida la posibilidad de un atentado o de manifestaciones violentas. Sin embargo, el jefe de la iglesia católica mantuvo su decisión, desoyendo los preocupados consejos de sus cardenales. ¿Por qué? Aparentemente, para restablecer la relación dañada mediante una estrategia típicamente suya: hacer concesiones pero consolidando avances. Y hacerlo en un país con su historia marcada por choques entre Islam y cristianismo. El país más apto para oficiar de puente entre Occidente y el Oriente musulmán.
En las tierras que hoy pertenecen a Turquía están algunos de los cimientos imprescindibles de la cultura Occidental. Hasta allí llegó la Magna Grecia, con colonias como Mileto, donde se sentaron los cimientos de la física y de la filosofía. De allí eran los filósofos jónicos, y también primeros físicos, como Tales, Anaxímenes y Anaximandro, quienes dieron los primeros pasos en el terreno de la ciencia y quienes impulsaron el pensamiento filosófico que marcaría el rasgo esencial de la antigua Grecia, uno de los más firmes pilares de la cultura occidental.
También en su etapa griega, esa tierra albergó a los cristianos expulsados de Judea tras la crucifixión, entre ellos María, quien vivió sus últimos años en Efeso, y allí se refugió una parte de los judíos condenados a la diáspora por el emperador Tito en el año 70 DC.
Además, en el estrecho del Bósforo fundó Constantino la “nueva Roma” en el siglo cuarto, capital imperial que entre los siglos once y quince fue la incubadora y el bastión del cristianismo ortodoxo. Pero en ese puñado de centurias, la porción de Asia Menor donde Andrés, el hermano de Pedro, predicó los evangelios y nombró al primer obispo, sería también el escenario donde ocurrieron las más largas y sangrientas guerras entre cristianos y musulmanes.
Los poderosos ejércitos del sultán Murat combatieron al imperio bizantino hasta hacer caer Constantinopla y al último emperador, Constantino XI, que murió combatiendo en las murallas de la ciudad.
Al emperador Manuel II, citado por el Papa en el discurso que derivó en violenta crisis, le tocó la parte más duras de aquellos tiempos de guerras. Se enfrentó con los ejércitos musulmanes desde que, a los 21 años, se convirtió en gobernador de Tesalónica. La lucha continuó cuando heredó el cargo de emperador de su padre, Juan Paleólogo, tras una larga pulseada con su intrigante hermano, Andrónico.
Si la caída de Constantinopla se demoró hasta el año 1453, fue porque en 1402 los mongoles diezmaron a los ejércitos musulmanes. El hecho es que entre el siglo trece y el quince, los turcos islamizaron el Bósforo y el resto de los Balcanes.
Los enfrentamientos continuaron a lo largo de la historia, con sangrientos capítulos como el asedio a Viena y la batalla de Lepanto, hasta que en el siglo 19, el imperio otomano perpetró exterminios y limpiezas étnicas contra los griegos en varias islas del Egeo, incluida Creta, y contra cristianos árabes como los maronitas en la región del Levante. Pero todavía faltaba una de las páginas más negras: el genocidio de los armenios (pueblo cristiano) en Anatolia Oriental en el marco de las políticas “panturánicas”; un millón y medio de personas fusiladas, echadas al Mar Muerto o atacadas por hordas kurdas en el desierto de Alepo.
Paralelamente los cristianos desataban sus barbaries con los ejércitos cruzados buscando el Santo Grial y la conquista de Jerusalén. La cuestión es que en Turquía está el nudo gordiano de una vieja y complicada relación. Y son los turcos el mejor puente no sólo por la geografía, sino también por la política: tras la derrota otomana en la Primera Guerra Mundial, estalló la revolución de los “jóvenes turcos” y apareció Mustafá Kemal, llamado Atatürk (padre de los turcos) para separar la religión de la política y crear la “Turquía moderna” y republicana.
El nuevo Estado secular mantuvo rasgos autoritarios y brutales, pero incorporó elementos de la democracia occidental y, muy lentamente, los fue desarrollando con el objetivo de alcanzar el Estado de derecho. Esa república es la que lleva años golpeando las puertas de Europa, sin que nadie se decida a abrírsela. Los europeos miran, de la república turca, la parte vacía del vaso medio lleno. Le critican, entre otras muchas cosas, el sistema carcelario, tristemente célebre en Occidente a partir de la película “Expreso de Medianoche”. Y es verdad que los turcos tienen mucho que corregir para poder ingresar a la Unión Europea, pero es un gran gesto de amplitud y de acercamiento intercultural el hecho de que insista tanto en integrarse a este centro neurálgico de Occidente. Al significado importante que tiene dicha intención, lo refuerza el hecho de que, por primera vez en la historia de la Turquía moderna, un partido fundamentalista llegó al gobierno pero, en lugar de intentar el reemplazo de los códigos Civil y Penal por la Sharía (ley coránica) y de enterrar el Estado secular para construir una teocracia, aceptó el laicismo, las reglas del sistema fundado por Atatürk, y también las políticas de Estado establecidas en las últimas décadas, entre ellas la pertenencia de Turquía a la OTAN y la voluntad de acercamiento a los países desarrollados de Occidente. El hecho de que el islamista Partido Justicia y Desarrollo, del primer ministro Erdogán, haya respetado estas reglas de juego, refuerza la confiabilidad de debe tener Turquía para alcanzar su meta europea.
Uno de los gestos más significativos de Benedicto XVI en su viaje a Turquía fue haber cambiado su antigua posición al respecto. El cardenal que presidía la Congregación para la Doctrina de la Fe rechazaba públicamente el ingreso turco a la Unión Europea, sosteniendo la necesidad de mantener pura la identidad cristiana de Europa. Por eso, el gran anuncio que tenía para ganar el afecto de los turcos es que ahora apoya la integración de ese país musulmán a la UE. Joseph Ratzinger anunció en Estambul este positivo cambio en sus posiciones, al tiempo que reafirmó al cristianismo como rasgo esencial de Europa.
El Papa aprobó una Turquía europea, al tiempo que reclamó profundizar la libertad religiosa en un país donde las moleculares comunidades judía y cristianas (de las ortodoxias armenia y griega) tienen muchos límites y restricciones, entre ellas la de no poder acceder a la personería jurídica.
Respecto al discurso teológico en la universidad bávara de Ratisbona, Benedicto XVI ensayó una disculpa sin pedir perdón. Lo hizo elogiando el Islam, sin referirse al conflicto que desató su discurso teológico. En rigor, no tenía que disculparse él, sino los dirigentes intolerantes del ultraislamismo, y los moderados que actúan con miedo a los fundamentalistas. O sea todos los que reaccionaron exigiendo perdones y retractaciones, o profiriendo amenazas.
Las posiciones teológicas y filosóficas no se responden de ese modo, sino con debates y refutaciones. Y ninguno de los dirigentes exaltados que exigieron perdones y retractaciones esbozó una refutación. Por lo tanto, en este punto, el gesto de acercamiento del Papa, a quien hasta su propia iglesia dejó solo durante esa crisis, equivalió a la capitulante aceptación de un poder censurador de escala universal.
Aceptar ese poder, como lo hacen con genuflexión muchos dirigentes e intelectuales de Occidente, no es respetar el Islam sino, por el contrario, considerarlo una violenta subcultura indefectiblemente condenada al salvajismo y la intolerancia.
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