¿Son posibles los antiliderazgos? (I)
Por Ana de Molina
Siglo XXI
La sociedad en general reclama afanosamente un liderazgo fuerte y determinante que le conduzca a un puerto seguro. Busca una “luz al final de túnel”, ese alguien en quien confiar para guiar la nave en medio de la tormenta. Álvarez de Mon realiza una reflexión que interpela sobre lo que en realidad se puede considerar líderes políticos. Trae a la mente a personajes como Lenin, Stalin, Moussolini, Hitler, Castro, Jomeini, Ceacescu, Mao Zedong, Milosevic…y ante la pregunta si a ellos se les considera líderes, la respuesta generalizada que se sugiere es que todos responderían que sí; todos ellos son líderes.
Y son considerados así porque modificaron sustancialmente las sociedades donde les tocó vivir. Con un olfato poco común para rastrear y descubrir por donde discurren los anhelos y ansiedades del pueblo, una habilidad excepcional para comunicar, captar y retener la atención, para provocar y mantener altos los ánimos; una fuerza descomunal, una osadía sin par para movilizar a las masas que les siguieron, entregados y comprometidos. Desde la perspectiva de la ciencia política, del análisis sociológico, estas figuras públicas tienen la categoría de líder político.
De igual forma puede surgir otra lista alternativa con Lincoln, Jefferson, Tomás Moro, Teresa de Calcuta, Ghandi, Juan Pablo II; ellos, igualmente, son líderes y estar investidos de cualidades vinculadas al liderazgo. También es cierto que no es lo mismo hablar de Juan Pablo II y de Hitler; surge en su comparación la duda en la ambigüedad del término y la inquietud de si la palabra líder puede ser moldeable y condescendiente.
Desde la aparición de El Príncipe, de Maquiavelo, la palabra líder arrastra una fuerte connotación oportunista que aconseja modificar opiniones y criterios según el interlocutor que se tenga que afrontar. Helen Deutsch llama camaleones sociales a las “personalidades que manifiestan una extraordinaria plasticidad para adaptarse a las señales que reciben de quienes los rodean”. La regla de oro de esta escuela es la adaptabilidad a un entorno que dirige y ordena sus palabras y actos, lo que puede ser una fuerte tentación en el ambiente político.
Quizá por ello la afirmación, muy generalizada, de “la política es el arte de lo posible”. Ella esconde una dimensión corta de vista y conformismo, que impide asumir el compromiso con causas nobles que merecen ser luchadas. Vaclav Havel, presidente checo, en Politics, the art of the imposible, muestra en su historia, repleta de sacrificios y su altura intelectual, un compromiso que le brinda autoridad moral para trasladar estas palabras: “La política debe ser la expresión del deseo de contribuir a la felicidad de la comunidad más que una necesidad de estafar o destruir a la comunidad”.
Para un líder político las ideas, la lucha por una causa noble, las convicciones más profundas no son negociables, independientemente de las circunstancias y diferencias culturales.
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