Bush, en un Uruguay ambivalente
Por Julio María Sanguinetti
La Nación
Para todos los Estados, la política internacional es asunto de trascendencia mayor. Unos, por simple tamaño o por vocación imperial, hacen de ella el gran instrumento para su desarrollo como potencias. Otros, por escasa fuerza, la necesitan como condición de su existencia.
Es el caso de Uruguay, república que nació de una ciudad portuaria del viejo virreinato del Río de la Plata, transformada luego en provincia de las “Unidas del Río de la Plata” cuando llegó la hora de la revolución emancipadora. Pensemos simplemente que en ese complejo proceso fundacional, el acto jurídico de consagración de su independencia definitiva es un acontecimiento internacional: el canje de ratificaciones de la Convención Preliminar de Paz, suscrita en 1828 entre el imperio de Brasil y las citadas provincias, en que reconocían la soberanía de lo que entonces se llamó Estado de Montevideo y adquirió su actual denominación después de un proceso de gobierno autonómico culminado en la Constitución del 18 de julio de 1830.
Si seguimos en su historia un poco más, el enfrentamiento del gobierno uruguayo a la dictadura de Rosas, con la participación de la oposición argentina, radicada en la sitiada ciudad de Montevideo, culminará victoriosamente cuando su Cancillería, a cargo de la brillante figura de Manuel Herrera y Obes, logre tejer la alianza entre el gobernador de Entre Ríos, Justo José de Urquiza, el imperio de Brasil y la República Oriental. O sea, que el Uruguay salvó entonces su independencia por la acción internacional. Y así siguió siendo en diversas instancias de su riquísima trayectoria democrática.
Ubicado entre las dos potencias sudamericanas, el Uruguay osciló en el apoyo de uno y otro de sus poderosos vecinos, alternativamente, cuando las circunstancias lo requirieron. Fue lo que se llamó “política pendular”, definitivamente enterrada cuando la restauración democrática de 1985 unió a los tres gobiernos de la región en un común propósito de integración, que culminaría años después en la constitución del Mercosur.
A partir de allí, si bien cada país desarrolló su propia política, con los acentos y matices resultantes de sus intereses particulares, una sintonía mayor les aproximó y, en el caso uruguayo, le impuso salir del “péndulo” para actuar como “bisagra”, necesaria articulación entre un Brasil y una Argentina que habían renunciado hasta a su recelo militar.
Ese Mercosur parecía transitar hacia una política exterior común, sobre la base de la Comunidad Europea que fuera su fuente de inspiración. Los hechos, sin embargo, contradijeron el propósito y hoy por hoy los tres países, más Paraguay, viven envueltos y revueltos en una sociedad de accionistas mal avenidos que deja constantemente al desnudo sus diferencias.
Es en ese contexto que el presidente uruguayo visita al presidente Bush, el 4 de mayo de 2006, en el salón oval de la Casa Blanca, donde conversan por espacio de una hora, con la presencia de los ministros de ambos países. Allí recibe nada menos que la oferta de un Tratado de Libre Comercio. El doctor Vázquez, poco después, brinda una conferencia, en el marco de una reunión bilateral con una delegación norteamericana de alto nivel, en la que afirma que “el tren pasa una sola vez” y anuncia, ante una entusiasmada platea empresarial, que marcha hacia ese derrotero. La oposición le brinda su apoyo personal en resonantes reuniones, pero cuando todo anunciaba el inicio de las negociaciones, una resistencia obstinada del ministro de Relaciones Exteriores y de los partidos Socialista y Comunista, relegan el proyecto. El TLC se reduce a un TIFA, que es un pequeño acuerdo, casi intrascendente, que sólo aporta un mecanismo de negociación bilateral que ya existía por actos anteriores.
Desde entonces, se ha navegado en esa dualidad no resuelta. El canciller habla con frenético entusiasmo del Mercosur y los compromisos que supone, especialmente a partir de su nuevo socio, la República Bolivariana de Venezuela, mientras el ministro de Economía entona el himno de la apertura hacia el mundo, señalando como un hito fundamental aquella reunión entre el presidente norteamericano y el uruguayo. Este, a su vez, envía mensajes en ambas direcciones, nunca comprometiéndose demasiado, en su habilidoso estilo habitual.
El hecho es que ahora se anuncia la visita de Bush, y ello de inmediato agita las aguas. ¿Estamos ante una retomada de la iniciativa del presidente uruguayo para buscar entendimientos más allá del marco geográfico del Mercosur? ¿Cómo se conciliaría, entonces, esa aproximación con los arrebatos de volcánico amor adolescente que se exhiben cada vez que pasa por aquí el presidente venezolano, ahora socio regional y financista permanente de necesidades locales? ¿O es que estamos simplemente ante una iniciativa norteamericana que trata de apuntalar a quienes, desde ese difuso campo autodenominado “progresista”, pueden moderar los excesos del mandatario caribeño?
En cualquier caso, ser actor en ese ajedrez es importante para un país que ha vivido del equilibrio desde su primer día de vida. Lamentablemente, sin embargo, la situación nos encuentra en la peor de las indefiniciones. Bien podría el gobierno uruguayo retomar el tema del Tratado de Libre Comercio y dar un paso fuerte en esa dirección, iniciando de inmediato una negociación paralela con sus socios del Mercosur.
Pero es difícil que así sea cuando se tolera que un ministro –en este caso la de Bienestar Social– se permita decir del mandatario invitado por su propio gobierno que es “una representación de lo más execrable, asesino y belicista que hay en el mundo”. Lo que debería ser un motivo de satisfacción se transforma así en un dolor de cabeza.
El tema merece en Uruguay el comentario permanente y el canciller Gargano se agravia de que la prensa lo maltrata porque luce desairado por el propio presidente cuando no aparece en las negociaciones sobre el diferendo con la Argentina, ni siquiera asiste a la firma del citado TIFA y al anunciarse la visita del presidente norteamericano manifiesta no tener ni idea.
El tema no es personal sin embargo. La cuestión no está en si un viejo parlamentario socialista, muy adherido a sus viejas concepciones ideológicas, debería ser o no el canciller; radica en si nos alineamos con Venezuela o no, si profundizamos la apertura comercial o no, si concebimos al Mercosur como un regionalismo abierto o nos dejamos encerrar en un proceso inoperante.
Todo a la vez no es posible, porque la ambivalencia es una política de corto plazo. Puede permitir la zafada de una circunstancia embarazosa, pero nunca será capaz de sustentar una orientación seria. Es lo que el Uruguay históricamente ha tenido, a lo largo de los años, con el respeto y reconocimiento de sus vecinos en primer lugar y de la comunidad internacional en un plano más amplio.
En esto es un país que se ha hecho sentir más de lo que su propio peso específico haría presumir. Hoy, desgraciadamente, zigzaguea en un mar de sargazos sin definir claramente quiénes son sus amigos, quiénes sus socios y cuál es su verdadero rumbo.
El autor fue presidente del Uruguay.
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