El síndrome de La Habana
Por Gina Montaner
El Nuevo Herald
Ricardo Alarcón lo había avisado con expresiones de chulo de barrio: al que no quiera caldo le vamos a dar tres tazas. Unos días después reapareció Castro con su formato habitual desde que se le explotaran el intestino y el ano: video clip muy editado y con planos cerrados. El anciano dictador, que ha sustituido la bata de hospital por un chándal de poliéster, aparece de pie o sentado. Y Chávez, que es su agente de relaciones públicas, suelta algunas de sus interjecciones ampulosas. Esta vez hay una variante de la pantomima. A Caperucita Roja la acompaña su hermano Adán, que pone cara de desconcierto. Ahora el lobo feroz es un cordero convaleciente.
Que la dictadura castrista se dedique a estas paparruchadas es de esperar. Se trata de un régimen que no tiene que rendir cuentas de su ineptitud a los ciudadanos que lo padecen desde hace casi medio siglo. Ahora bien, lo que me tiene sin vivir en mí es la mal disimulada alegría de quienes, en el exilio, cada vez que la momia resurge no pierden tiempo para restregarlo: ”Chincha rabiña, Fidel se recupera” y sueltan una risilla que no sé si es ominosa o simplemente repugnante.
Que quede claro que pertenezco al grupo de los que desea su desaparición cuanto antes. Para no pensar más en él. Por ejemplo. Para que de una vez concluya el funesto ciclo de su mandato de caudillo. Bueno, y por aquellas pequeñas cosas de los derechos humanos y la libertad. Detalles sin importancia que a los de las risotadillas se les escapan por las comisuras de los labios. Lo que no quiere decir que me interesen las celebraciones masivas. Las alegrías y tristezas las digiero a solas cuando llegue el momento íntimo tras el anuncio de su muerte.
Puedo comprender la inquina de los profesionales de la insidia que pululan en el corazón de la diáspora cubana. Porque son los compañeros de viaje de la dictadura. Los agazapados que escriben informes. Los que portan carnés de espías. Los que difaman desde alcantarillas mediáticas. Los doble agentes. Los que destilan veneno desde la narcisista bitácora. Los que fingen ser amigos pero no lo son. Los que abiertamente son tus enemigos y ambos lo sabemos. Los que no te pueden mirar a los ojos y mientras leen esto se preguntan ”¿Acaso se refiere a mí?” Esos no, porque el tiempo y los archivos desempolvados los pondrán en su sitio.
He de aclarar que los del comentario con la boca de lado y el chascarrillo en la punta de la lengua suele ser gente que supuestamente fueron víctimas del régimen cubano. Muchos de ellos escaparon como pudieron. O son quedaditos que se fueron quedando del todo. O creyeron en la revolución, pero luego no. O se debatieron entre la suavidad del exilio de terciopelo y la aspereza del asilo político. Sin embargo, cuando sale uno de estos video clips amañados y con música de culebrón se acercan socarrones: ”Oye, ya te dije que el Caballo llega a los cien años”. Y resuman una suerte de orgullo al ver que el jamelgo resiste los embates de un abdomen estrangulado y el saco de heces que le cuelga bajo el pantalón.
Yo sabía que el síndrome de Estocolmo hace referencia a los secuestrados que se identifican con sus secuestradores. Por aquellos cuatro individuos que en 1973 fueron tomados como rehenes en un banco de la capital sueca y cuando salieron de su cautiverio defendieron a los asaltantes. Pero las sintomatologías viajan y se adaptan a los paisajes. Cuando los de la sonrisa ladeada ejercen el sarcasmo a costa del dolor de otros, pienso que lo suyo se llama síndrome de La Habana. No pueden evitar la admiración por el tipo abusador que durante años les dio pau pau en el trasero. Mutilados de la sensación de libertad plena. Sus bocas son muñones zurcidos. ¿O será que estoy senil y ya no sé leer entre labios?
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