El borracho feliz
Por Jaime Bayly
El Nuevo Herald
Llegando a Lima al amanecer, manejo cien kilómetros por la autopista al sur. No he dormido nada en el avión. Enciendo la radio y bajo la ventana para mantenerme despierto.
No tengo dinero peruano al pasar el primer peaje de la autopista. Por suerte aceptan dólares. Tengo que dejar dos dólares, uno por el peaje y otro de regalo para el controlador.
Más allá me detiene la policía. El oficial me pide mi licencia de conducir. Le entrego la licencia de Miami. Me pide la licencia peruana. Le digo que no la tengo conmigo. Me pregunta por qué no la llevo conmigo. Le digo la verdad, que no tengo licencia peruana porque nunca la obtuve en primer lugar, nunca apliqué siquiera a ella. Me mira con extrañeza, pero también con picardía. Me pregunta mi edad. Le digo que pronto cumpliré 42 años. Me pregunta asombrado por qué nunca he sacado una licencia peruana en el casi cuarto de siglo que llevo manejando ilegalmente. Le digo la verdad: ”Debido a mi carácter pusilánime, oficial”. Lo bueno de usar palabras raras es que te dan un cierto prestigio. El policía me pide un autógrafo. Firmo: ”Para mi querido amigo Henry García, por estos 24 años manejando indocumentado”. El oficial sonríe y me corrige. Es Jenry, con jota.
Cuando llego a la casa, Sandra y las niñas están despiertas. Desayunamos juntos y me voy a dormir. Despierto bruscamente tres horas después. Alguien ha tirado un huevo a la ventana de mi cuarto. Salgo a la terraza, pero no hay nadie a la vista. Los chicos malos de la playa se divierten tirándome huevos.
Bajo a la playa. Las niñas me esperan en el mar. Es lunes. La playa está desierta. Me zambullo en el agua. Salgo con la cara llena de arena porque el mar es muy arenoso. Entonces veo que se acerca un hombre en pantalón y camisa, descalzo, a paso vacilante, zigzagueando casi, como si estuviera borracho o muy cansado. Mira el mar con una mezcla de júbilo y asombro. Al pasar a mi lado, me pregunta con la lengua pastosa y los ojos alunados si soy la persona a cargo de alquilar las sombrillas y las tumbonas. Le digo que no, pero que, como no hay nadie en la playa, puede buscar la sombra y la comodidad que mejor le convengan, sin pagar nada. Me reconoce enseguida. Me saluda con gran ceremonia. ”Mis repetos, don Jaimito”, me dice, y me da un abrazo despanzurrado que es casi una manera de echarse a dormir en mis brazos. Le siento el aliento áspero a alcohol. Es un hombre pobre, mal vestido, sin zapatos, y no se entiende de dónde ha venido ni cómo ha llegado a esa playa, pero parece extrañamente feliz de estar allí, un lunes a mediodía, hablando a solas con el mar, contemplándolo con reverencia y excitación, como si fuera el cuerpo de la mujer más bella que hayan visto nunca sus ojos fatigados que navegan en aguardiente.
El borracho feliz no tarda en meterse al mar sin sacarse la ropa, con el pantalón que se la cae y la camisa raída, y grita de frío o de felicidad o de ambas cosas, y luego ejecuta una danza alucinante, los brazos al cielo, lanzando gritos incomprensibles, mientras yo lo miro con envidia, porque nunca había visto a nadie más extrañamente feliz en esa playa ni en ninguna playa.
Sin entender por qué lo asalta tanta alegría, por qué da esos brincos y alaridos, quién es este extraño visitante alcoholizado que ahora se emborracha con cada pequeña ola que le baja los pantalones y le descubre el trasero, me acerco a él con cierta fascinación y le pregunto si se siente bien, si no necesita nada, si no querrá ponerse protector de sol o tomar un refresco. El tipo me dice: ”Mis respetos, don Jaimito”. Luego sigue chapoteando como un niño. No puedo más y le pregunto:
–¿Por qué está tan feliz, caballero?
El tipo se sube el pantalón que se le cae de todos modos y responde:
–Porque recién lo conozco al mar.
Luego salta y se echa más agua. Le pregunto de dónde viene. Me dice que de la sierra, de muy lejos, y que su sueño fue siempre conocer el mar.
–¿Y qué te parece el mar? –le pregunto.
Se queda pensativo un momento y responde:
–Es mejor que ir a una pollada, ingeniero.
Enseguida se baja el pantalón y comienza a orinar con toda naturalidad.
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