Los Angeles: Negocio más allá del barrio (Parte I)
Por Róger Lindo
La Opinión
Si los negocios del bulevar Pico no tuvieran más clientela que la local, al rato no les iría tan bien, pero la verdad, al menos en lo que a los bien establecidos concierne, la clientela llega de todas partes, incluso desde muy lejos.
“Vienen de Riverside, de Fresno, de San José… hasta de San Francisco”, asegura de sus comensales Lidia Young, propietaria de Las 7 Regiones de Oaxaca, un restaurante que se especializa en los platillos de ese estado del sur de México.
El plato fuerte del restaurante son los tacos de barbacoa, preparados con tortillas hechas a mano.
Y eso “que no se anuncia mucho”. Lo que pasa es que después de estar criando fama por 10 años en el bulevar Pico, la sazón de Las 7 Regiones se ha vuelto legendaria. Quienes han probado sus tacos los recomiendan a sus familiares y amigos, y así, su fama anda de boca en boca.
La Casa de Don Carlos, un restaurante y pupusería en Alvarado y Pico, también se precia de su capacidad de atraer fuereños.
“Hemos tenido gente de Sacramento, de San Diego, de Massachusetts… en Las Vegas tenemos clientes que reservan mesas como dos veces al año”, explica Carlos Lozano, el propietario.
Hay otros dos locales de La Casa de Don Carlos, uno en la avenida Sexta, por el parque McArthur, la segunda en El Monte. La especialidad del negocio: la sopa de gallina. Los domingos al mediodía, dice un empleado, “se forman largas colas afuera del restaurante” que llegan buscando el “especial”.
Tanto Young como Lozano son excepciones a la regla que dice que para meterse a un negocio de cualquier tipo hay que tener experiencia previa en la materia.
Ninguno de ellos sabía mucho de preparar comida y servir mesas antes de montar sus respectivos merenderos. La primera, aunque ha prosperado con la comida oaxaqueña, es oriunda de Chihuahua (su segundo esposo era de Oaxaca), y nunca antes trabajó en un restaurante.
Lozano se recibió en Administración de Empresas en la Universidad Centroamericana (UCA), en su natal El Salvador, y tiene una maestría en Finanzas, aunque ya lleva 14 años vendiendo comida.
Nada de esto sugiere que sea fácil salir adelante en Pico. La competencia en todos los renglones es fiera. Lozano compite con otras tres pupuserías de los alrededores. La dueña de Las 7 Regiones de Oaxaca explica que en la franja de Pico donde atiende su negocio, hay muchos restaurantes, uno tras otro. “Tan sólo de la iglesia (Saint Thomas the Apostle) para acá son siete”.
César Maldonado se las ve con tres tiendas de artículos deportivos.
Maldonado Sports tiene apenas un año y medio operando en Pico Union, pero en tan corto tiempo ha hallado, o más bien labrado, su propio nicho: las ligas de futbol.
Hace 11 años creó la suya propia, Unión 95, cuyos integrantes —hondureños, salvadoreños, guatemaltecos, argentinos, mexicanos y panameños— acuden a su negocio para aprovisionarse de calzado, uniformes, medias, tobilleras y pelotas.
La competencia no es todo lo que un comerciante puede temer. Tania Guardián, propietaria de Tape Insurance, una agencia de viajes y oficina de preparación de impuestos en Pico, cuenta que después del 11 de septiembre las aerolíneas eliminaron las comisiones para los agentes.
“Tenemos que cobrar por servicio al cliente (customer service), tenemos que poner una cuota” para poder sobrevivir, dice.
Sin embargo, lleva plantada en el lugar 21 años y ha hecho clientela que viene desde lejos a tramitar sus boletos o a buscar ayuda profesional para su declaración de impuestos, aunque ya no viva en el vecindario.
En Pico Union, donde se han establecido estos comerciantes, parece haberse encarnado el ideal que persiguen muchos urbanistas modernos: un complejo mixto —residencial y comercial— que permite a los habitantes del área efectuar sus compras a pie, algo esencial en un vecindario como éste, donde no todo el mundo posee un vehículo.
Aunque existen allí dos supermercados grandes —Liborio Markets y Número Uno— sintonizados con los gustos y paladares hispanos predominantes en la zona, no faltan las abarroterías a la vuelta de la esquina, que pueden ahorrar un viaje al súper.
Lo más fascinante es que el negocio grande y el chico pueden coexistir en esta parte de la ciudad, aparentemente sin merma para el segundo. Prueba de ello es El Valle Oaxaqueño, un mercadito y carnicería donde la campanita de la caja registradora suena una y otra vez a lo largo del día. Tortillas, arroz, fideos, carne, pollo, tarjetas telefónicas, artículos de primera necesidad, surten al barrio de lo esencial.
Estos comerciantes han sobrevivido, y en muchos casos prosperado, prácticamente sin ayuda de fuera.
“Muchos comerciantes tienen problemas de crédito, no hay líneas de financiamiento en la ciudad para los pequeños”, comentó Carlos Lozano.
Por otro lado, hay desunión. No existe una asociación que defienda los intereses de los tenderos entre Vermont y la autopista 101. Casi ninguna de las personas entrevistadas para este reportaje sabía quién es su concejal en el Ayuntamiento.
La mayoría, dice una comerciante, “están demasiado ocupados para participar en juntas”.
El único germen de unidad es el que existe entre los oaxaqueños.
Arturo Aguilar, el propietario de El Valle Oaxaqueño, dijo al ser entrevistado que ese día lo habían invitado a una reunión con otros paisanos para discutir los problemas del área.
“Los oaxaqueños son los más unidos, hasta tienen su propia revista”, expresa Tania Guardián.
Si alguna vez se estructura una asociación de comerciantes de Pico en el sector al oeste del centro de Los Ángeles, el contingente de Oaxaca podría hasta jugar el papel de nucleo unificador.
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