Argentina: ¿Qué tiene de bueno este superavit fiscal?
Por Juan Carlos de Pablo
Revista Fortuna
El Gobierno acaba de anunciar que en 2006 el superávit fiscal equivalió a 3,5% del PBI. Increíble cantidad de colegas aplauden sin cuestionar la cifra, sin aclarar que se trata del superávit de caja, sin enfatizar que se logró a pesar de un aumento del gasto público que superó largamente la inflación y el PBI real combinados, ni tampoco destacar que se basó en cobrarle impuestos, debidos e indebidos, exclusivamente a quienes ya estamos metidos en la computadora de la AFIP. Perdonen, pero no me puedo sumar a ningún festejo.
Vamos por partes. Que el superávit fiscal es de caja quiere decir que no se computan los gastos devengados que no fueron abonados. Desde el punto de vista cuantitativo, la omisión más importante es la “bomba de tiempo” que se está generando con los jubilados que ganan más que la jubilación mínima. Según los cálculos de Osvaldo Giordano, si el Gobierno hubiera ajustado todas las jubilaciones en función de la inflación, el tan publicitado superávit fiscal hubiera desaparecido.
En algún momento de 2006, la Corte Suprema de Justicia le indicó a los poderes Ejecutivo y Legislativo que “algo” tenían que hacer con dichas jubilaciones. Por toda respuesta, el Ejecutivo incluyó en el presupuesto 2007 un aumento de 13% a todas las jubilaciones. La bomba de tiempo sigue juntando presión.
Segundo, cuando hay superávit fiscal a pesar de que el aumento del gasto público subió mucho más que la tasa de inflación más el crecimiento del PBI real (37%, comparando noviembre de 2006 contra igual mes de 2005), significa que el esfuerzo fiscal que se le obliga a hacer al sector privado es intensísimo. ¿Qué hay para festejar en esto; desde cuándo mejora la asignación de recursos cuando se produce una transferencia tan descomunal del sector privado al sector público? Funcionarios les dicen a empresarios que el PBI crece a través de estas redistribuciones porque si el ingreso quedara en sus manos no lo gastarían todo o lo enviarían al extranjero. Tienen razón, pero al argumento le falta la explicación causal. Lo cual me hace acordar de aquel que mató a sus padres, lo metieron preso, lo condenaron y cuando el juez fue a dictar sentencia pidió clemencia dado su carácter de… huérfano. Lo que los funcionarios deberían preguntarse es por qué los empresarios quieren enviar dinero afuera en vez de reinvertirlo aquí, y encontrarían que esto se debe a las “señales” que emanan del propio Gobierno.
Tercero, el referido esfuerzo fiscal al sector privado está localizado en la porción formal de la economía, cada vez descansa más en los denominados impuestos distorsivos y en el caso del Impuesto a las Ganancias se basa, en parte, en que las autoridades no han actualizado como corresponde las deducciones en el caso del impuesto personal, y las amortizaciones en el caso del impuesto de las sociedades.
En noviembre pasado, la suma de la recaudación de derechos de exportación e impuesto a los débitos y créditos bancarios llegó casi a 20% de la recaudación total. Dejó de ser una curiosidad. En el caso del impuesto personal a las ganancias es notable cómo el dirigente sindical Hugo Moyano parece ser el único representante de los contribuyentes impositivos con más fuerza que el Gobierno, pues logra que “a sus muchachos” no les cobren Impuesto a las Ganancias, cuando consiguen mejoras salariales pero no se adecuan las deducciones.
Me vuelvo loco cada vez que algún colega mío, muy suelto de cuerpo, afirma que la “presión tributaria” en la Argentina es mucho menor que en Francia y Suecia. Llegó a esa conclusión dividiendo la recaudación impositiva, aduanera y provisional por el PBI. Razonar en base a este promedio ignora un hecho elemental: que en Francia o en Suecia, al lado de uno que paga sus impuestos, hay otro que también los paga; mientras que en Argentina, al lado de uno que paga sus impuestos, hay otro que los evade. La comparación de las alícuotas impositivas hace evidente esto que estoy diciendo.
A lo cual habría que agregar que seguramente un francés, o un sueco, recibe de su gobierno servicios públicos (seguridad, defensa, salud, etc.) mejores que nosotros.
De manera entonces que, como dije en el título, este superávit fiscal no tiene nada de bueno. Es más, la permanencia de superávit fiscal hace que el Gobierno no tenga ningún apuro en efectuar correcciones. Cuando un gobierno tiene déficit fiscal, no tiene más remedio que hacer algo. El sector privado, que lo sabe, lo espera… lo cual agiganta la necesidad de tomar decisiones.
Se puede ir un paso más adelante, y “deplorar” la existencia del superávit fiscal, “ansiando” la llegada del déficit fiscal. Es lo que hizo Milton Friedman, cuando en 1988 en el Wall Street Journal publicó un artículo titulado “Por qué los déficit gemelos (fiscal y comercial) son una bendición”. ¿Había bebido don Milton antes de escribir?; ¿se había vuelto burdamente keynesiano de la noche a la mañana? De ninguna manera.
“El aumento de los impuestos no eliminará el déficit fiscal, sino que después de un corto tiempo aumentará el gasto público. La experiencia indica que el gobierno gasta todo lo que recauda, más el mayor déficit fiscal que el público está dispuesto a bancar. El déficit es la única restricción efectiva al aumento del gasto público”. Correctamente Friedman sacó la cuestión fiscal de un plano angelical para ubicarlo en el de los procesos decisorios terrenales. Déficit y superávit son signos de desequilibrio. Superávit es mejor que déficit, pero no cualquier superávit es mejor que cualquier déficit. En el caso del actual, superávit fiscal, de caja, montado en extraordinario aumento del gasto público, financiado con impuestos distorsivos, no hay mucho para festejar.
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