Cuba desde el exilio
Por Simon Kuper
Enfoques – La Nación
Casi medio siglo después de la revolución cubana, sectores duros del exilio comienzan ahora a mostrarse a favor de un diálogo entre Washington y La Habana, un giro impensable algunos años atrás
Francisco "Pepe" Hernández, presidente de la Fundación Nacional Cubano-Americana, está sentado en su oficina en Miami bajo un mapa de Cuba. Pasó menos de un tercio de su vida en Cuba, de donde se fue tiempo después del derrocamiento del dictador Fulgencio Battista por Fidel Castro, en 1959. Hernández ha pasado su exilio a sólo 250 kilómetros de su tierra. No es mucho más joven que Castro, tiene el pelo gris, pero su rostro sigue siendo afilado. "La mayoría de nosotros tuvimos mejor vida aquí que la que podríamos haber esperado vivir en Cuba", dice Hernández. Pero la pérdida de Cuba aún duele. No se trata de la pérdida de la casa que la revolución le expropió a su familia, enfatiza. "En mi caso tenía que ver más con la muerte de mi padre, que fue muerto por Fidel Castro en los primeros dos años; o que yo haya sufrido la prisión en Cuba; o los miles que se vieron separados de sus familias por muchos años". María Brenteson, otra exiliada de Miami, recuerda que su padre llegó de Cuba en 1965 hecho un desastre, con sólo 50 kilos, y murió poco después. No podía vivir ya dentro ni fuera de Cuba.
Los exiliados han pasado 48 años esperando la muerte de Fidel. Cada tanto, a lo largo de las décadas, rumores de su fallecimiento recorrieron Miami. En el momento que finalmente se anuncie, cubano-estadounidenses irán de todos los rincones de la ciudad a la esquina de la calle sudeste 8 y el Boulevard de Homenaje a Cuba para celebrar. Es el corazón de "Little Havana", La Pequeña Habana, el barrio de Miami donde establecieron su hogar inicialmente los exiliados cubanos y donde tiene su sede la fundación de Hernández.
Fidel Castro y las cerca de 700.000 personas de la zona de Miami que se identifican como "cubanos" tienen una relación muy personal. Como dos hermanos que se odian mutuamente, siempre han estado el uno en el corazón del otro. Desde que Castro comenzó a morir, los exiliados han tenido que reformular su relación con la isla. Su sueño siempre fue volver. En los meses desde el 31 de julio, cuando se anunció la enfermedad de Castro, cambiaron todas las viejas certidumbres. En algunos sentidos una Cuba después de Castro les preocupa más que una Cuba con él. Muy rápidamente, líderes como Hernández han tenido que pensar una nueva estrategia para recuperar su isla antes de morir.
Los primeros alrededor de 200.000 cubanos que llegaron a Miami entre 1959 y 1962 era gente parecida a Fidel. Muchos, como él, eran hijos de españoles que emigraron a Cuba al comienzo del siglo XX y se habían hecho ricos allí. Muchos de sus padres, como el de Castro, eran empresarios del azúcar. Sus familias estaban interrelacionadas: la primera esposa de Castro fue la estudiante rica Mirta Díaz Balart, cuyo sobrino, Lincoln Díaz Balart, es ahora un miembro fanáticamente anticastrista del Congreso de Estados Unidos. Esta era la elite blanca de Cuba.
Al igual que Castro, muchos de los primeros exiliados se criaron en lo que era prácticamente un estado de EE.UU.. Jugaban béisbol y se iban de vacaciones a Miami. A los 12 años, Castro escribió al presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt en bastante buen inglés: "Si quiere, me da un billete verde de 10 dólares americanos, porque nunca he visto un billete de diez dólares". Firmó: "Adiós, su amigo, Fidel Castro".
Muchos de los primeros exiliados a Miami fueron a la Universidad de la Habana con Castro. Muchos, como él, eran nacionalistas cubanos que se complotaron contra Batista. Cuando Castro necesitó dinero para su revolución, naturalmente visitó Miami. Carlos Prío Socarras, el presidente cubano derrocado por Batista, le prestó dinero para comprar el Granma, un yate estadounidense bautizado, en honor a la "grandma", la "abuelita" del propietario. Castro, su hermano Raúl, el Che Guevara y unas pocas docenas más de personas viajaron en el Granma para desembarcar en la provincia de Oriente y desde allí comenzaron su revuelta.
Muchos de los primeros exiliados en Miami simpatizaron al principio con ellos. Andy Gómez, un experto en Cuba de la universidad de Miami, que dejó la isla a los cinco años, días antes de la fallida invasión de "Bahía de los Cochinos", en 1961, recuerda una reciente visita a la Universidad de la Habana. Los estudiantes le preguntaron a Gómez qué querría si volviera a vivir en Cuba. Gómez les dijo: "Quiero representar las intenciones originales de la revolución cubana. Se suponía que la revolución cubana debía voltear una dictadura y generar mejores condiciones sociales para todos en la isla. Por algún motivo giró a la izquierda".
Pero incluso después de volverse marxista, Castro retuvo algo en común con los exiliados de Miami. No todos eran de derecha. En la década de 1980 se encontró a varios miembros fundadores del Partido Comunista de Cuba, en un tiempo "hermanos en armas" de Fidel, viviendo en el suburbio de Hialeah de Miami.
En Miami, los primeros exiliados encontraron las mismas temperaturas y vientos marinos que en la Habana. Recrearon gran parte del país perdido: por todo Miami hay "ventanas" tradicionales cubanas donde se vende el igualmente tradicional café cubano que ahora es casi imposible de encontrar en Cuba. En Miami se encuentran tintorerías, funerarias y restaurantes que operan bajo los mismos nombres que en Cuba hace 50 años.
Los primeros exiliados en su mayoría aprendieron inglés, fundaron empresas y ganaron dinero. Al pasear por el suburbio Coral Gables de Miami, con sus joyerías y villas de estilo mediterráneo, uno comprueba lo que dice Hernández: que a muchos cubanos les fue mejor aquí de lo que les hubiera ido en Cuba. Pero nunca olvidaron a Fidel (una cosa curiosa en Miami es que gente que odia tanto a Fidel como su hermano se refiere a ellos por el nombre de pila del primero). David Rieff, autor del libro The exile: Cubans in the Heart of Miami ("El exilio: cubanos en el corazón de Miami"), explicó que para ellos es el demonio que los exilió del tranquilo paraíso que era la Habana de clase media de los años 50. En la memoria de muchos se ha convertido en una ciudad que parece salida de un aviso de Bacardi, con mujeres en vestidos largos y hombres en trajes blancos de algodón y sombreros de paja. Guillermina Hernández, una linda señora mayor con un delantal con propaganda de Coca-Cola, que exprime naranjas en el almacén de la calle 8, dice: "Nada era como Cuba en 1959, ni siquiera la Argentina. La Habana en 1959 era tres veces Miami". Lo dice en español, porque en los casi 50 años que lleva en Miami nunca se molestó en aprender inglés.
Jorge Más Canosa, el exiliado que creó la Fundación Nacional Cubano-Americana, gustaba decir que lo único que "separa a los cubanos de la isla de los cubanos en el exilio es un hombre, Fidel Castro". Rieff dijo que era como si Castro hubiese llegado de fuera de la historia, como si las injusticias de la Cuba precastrista no tuvieran nada que ver con la revolución. Pero ésa era la interpretación en la que insistía la mayoría de los líderes del exilio en Miami hasta hace pocos meses. Era la interpretación consagrada en la calcomanía que se ve en los autos en Miami, que dice: " No Castro, No Problem " ("Sin Castro no hay problema"). Tal vez por esa razón Castro fue el jefe de estado que sufrió más intentos de asesinato de la historia: 638 según estimaciones de Cuba. (En un intento la CIA dio a una ex amante de Castro unas píldoras de veneno para poner en su boca. Pero ella las guardó en su tarro de crema facial y se deshicieron. En todo caso, Castro ya había adivinado que ella quería matarlo y le ofreció su pistola.) Es como si Miami hubiese aceptado el culto a la personalidad que Castro impuso a los cubanos de la isla. Mientras tanto Castro se burlaba de los exiliados, llamándolos "gusanos".
Empobreció a Cuba, ejecutó a los opositores y encarceló a los homosexuales, pero ganó la batalla global de propaganda. Diego Maradona y Gabriel García Márquez son sus amigos; la fotografía de su viejo aliado Che Guevara está en todo el mundo; Castro mismo se convirtió en el rostro barbado de la oposición a Estados Unidos. Mientras que a los cubanos de Miami se los considera en general locos de línea dura, lo que el Cuba Study Group ("Grupo de Estudios Cubanos"), otro ente de los exiliados, llama "nuestra percepción e imagen internacional y local negativa".
A lo largo de los años los primeros exiliados -los históricos- se convirtieron en una minoría incluso en la Miami cubana. Nunca dejaron de llegar exiliados de la isla. El éxodo de los "marielitos" de 1980 trajo a 125.000 y muchos miles más llegan casi todos los años desde entonces, en muchos casos atravesando el estrecho de Florida en balsas y gomones. Los que llegaron después que los históricos tendían a ser de piel más morena que los históricos. Pero han venido todo tipo de personas que se ganan la vida calladamente en Miami: la hermana de Castro, Juanita, como farmacéutica, o su hija Francisca, que obtuvo una visa estadounidense en un sorteo y que trabaja en un centro asistencial. Otra de las hijas de Castro y dos nietas también viven en Miami. Muchos de los exiliados que llegaron después de los históricos (los Castro son un ejemplo de ello) aún tienen parientes en la isla y tienden a querer que les sea permitido visitar Cuba y enviar dinero. La mayoría son inmigrantes económicos, como los argentinos o venezolanos o nicaragüenses que vinieron a Miami, y no refugiados políticos como los históricos .
Los históricos siempre se reunieron en los alrededores del restaurante Versailles, de ventanas típicas de un café cubano, en La Pequeña Habana, para tomar café cubano, bien concentrado, comer pasteles con dulce de guayaba y crema de queso, y discutir sobre Fidel. La generación más joven y a menudo más oscura de cubanos de Miami no acuden allí. Versailles probablemente morirá junto con su clientela.
El voto crucial
Pero son los históricos los que siguen controlando las organizaciones de exiliados y tienen la mayor influencia en la política estadounidense, porque casi todos son ciudadanos, y el 90 por ciento de los que son ciudadanos votan. Así, su odio por Fidel siempre se mantuvo como la política nacional de EE.UU., corporizada en el embargo comercial. Los políticos estadounidenses saben lo importantes que son los cubanos de Miami para ganar el crucial estado de Florida: más que ningún otro grupo, los cubano-estadounidenses pusieron a George W. Bush en la Casa Blanca. En 2000 en Florida, el estado decisivo donde el margen de triunfo de Bush fue de tan solo 537 votos, le dieron 250.000 votos más que a Al Gore. Lo que es más, manifestantes cubano-estadounidenses intimidaron a los funcionarios electorales locales y los obligaron a abandonar el recuento.
Cuando se supo de la enfermedad de Castro, en julio pasado, un gentío se reunió en la calle 8 para gritar "¡Se acabó!" "Se está muriendo ahora y desearía que mi padre estuviera vivo", dijo el hijo del ex presidente Prío Socarras, que se suicidó en Miami Beach en 1977, por problemas financieros y por el remordimiento de haber ayudado a Castro. Castro traspasó el poder a su hermano Raúl. Y gradualmente se hizo claro que aquello de "Sin Fidel no hay problema" era equivocado. Resultó que el régimen cubano es más que Castro.
Andy Gómez está sentado en el edificio Bacardi de la Universidad de Miami, levantado por la familia dueña de la empresa cubana que produce ron, y se encoge de hombros: "Para mí Castro ya fue. Yo lo superé." Gómez dice que sus padres creen que el régimen caerá cuando Castro muera. Aún sueñan con volver a su vieja casa en la Habana, cuyo título de propiedad guardan en una caja fuerte en su dormitorio en Miami. Gómez piensa que no sucederá. "Papá cumple los 80", dice. "Es muy triste".
Mientras parecía que sólo Fidel se interponía entre el exilio y su regreso, podían visualizar el fin de su sufrimiento. ¿Pero ahora qué? Es improbable que Raúl suceda a su hermano como el presidente más duradero del mundo. Tiene 75 años y bebe. Un embajador europeo ante la Habana le dijo a Gómez que Raúl está "cansado" y no quiere gobernar por mucho tiempo. Pero si la salida de Fidel del gobierno no hundió al régimen, tampoco lo hará la de Raúl. Como sea, Raúl no parece aspirar a ser otro caudillo solitario. "El único sustituto para Fidel es el Partido Comunista de Cuba", dijo el mes pasado.
Y por tanto el exilio ha repensado su estrategia. Durante casi 50 años mantuvo una línea dura contra su enemigo personal: el embargo, Bahía de los Cochinos, los intentos de asesinato. Ahora está cambiando de idea. Carlos Saladrigas, que llegó a Miami de Cuba como parte de un grupo de niños enviados por sus padres, con unos pocos dólares en el bolsillo, está sentado en la oficina del banco que fundó y dice: "Si uno es realmente inteligente, después de 47 años de golpearse la cabeza contra la pared se da cuenta de que no es una buena idea".
El Grupo de Estudios Cubanos, fundado por Saladirgas y otros empresarios cubanos, argumenta a favor de un diálogo con Cuba. Decir eso en Miami en la década de 1970 podía llevar a que a uno le hagan un atentado con un coche-bomba. A los duros no les gustaban los dialoguistas. Pero ahora los líderes mayoritarios de Miami -incluida la fundación de Pepe Hernández- son dialoguistas. Cuando la mayor delegación de congresistas estadounidenses en visitar la Cuba comunista llegó a la Habana el mes pasado, la mayoría de las organizaciones cubano-estadounidenses lo aprobaron. Algo está cambiando. Hasta Raúl Castro ha propuesto un diálogo con EE.UU.
Robert Muse, un abogado de Washington especializado en asuntos políticos relacionados con Cuba, dice que, cuando Castro desaparezca, a Washington quizás le resulte más fácil hacer un acuerdo con Cuba. La muerte de Fidel "despersonalizaría las cosas", dice Muse. Cuando el abogado comenzó a ocuparse de cuestiones cubanas hace 20 años aún estaban en sus cargos algunos de los funcionarios estadounidenses que se enfrentaron con Castro por la crisis cubana de los misiles de 1962 y sentían un odio visceral hacia él. Más en general, dice Muse, "en la cultura obsesionada por las celebridades de EE.UU., parte del motivo por el que hay tanto interés en Cuba es atribuible a Fidel Castro". Después de Castro, Cuba sólo será una isla pobre de 11 millones de personas a la deriva frente a la costa de EE.UU..
Los cubanos de Miami pueden imaginarse los dos países negociando alguna forma de paz en esa situación. Los comunistas aceptarían llamar a elecciones en Cuba. Si mantienen el control de la mayor parte de los medios de difusión pueden ganar fácilmente, así como otros políticos de extrema izquierda han ganado en otros países centroamericanos. A cambio de las elecciones, EE.UU. podría suavizar el embargo. Y podría prometer que, si el régimen cubano cae, los líderes no serían castigados. Quizás pudieran exiliarse en la Venezuela de Hugo Chávez. Pepe Hernández lo aprueba: "Si llaman a elecciones y pierden, podemos negociar: pueden tomar sus familias e ir donde quieran".
Los históricos están viejos y golpeados. Harán casi cualquier cosa por ver su tierra antes de morir. Los últimos 48 años les han enseñado varias lecciones de historia. Primero, los regímenes comunistas siempre sobreviven a la muerte de un líder: basta pensar en Mao, Stalin y Kim Il Sung. Segundo, como señala Saladrigas, el aislamiento rara vez hace caer regímenes. Los más aislados -Corea del Norte y la Cuba que sufre el embargo- son los que mejor han sobrevivido. La tercera lección es una que Tolstoy ya sabía cuando preguntó en La Guerra y la Paz si un "Gran Hombre" como Napoleón era el cochero que conducía el carro de la historia o simplemente se aferraba a las riendas mientras éste corría fuera de control. Los exiliados y Castro se aferraron por igual a la teoría del "Gran Hombre" de la historia, y se equivocaron. La historia de Cuba desde 1959 es más que sólo un hombre barbado. Ahora los exiliados están decididos a no cometer nuevamente el mismo error. De lo contrario, como a Castro, también a ellos se les podría acabar el tiempo.
Traducción: Gabriel Zadunaisky
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