La elegancia del diario
Por Garrison Keillor
La Nación
SAINT PAUL, Minnesota – Al ver a los jóvenes en los cafés, tengo la impresión de que algo falta en su vida: el arte refinado de llevar en la mano un diario. Sentados con la vista clavada en los monitores, a veces con cables saliéndoles de las orejas, navegan a la deriva. Nadie les ha enseñado que abrir un diario es la clave para mostrar distinción e inteligencia. Y no por aquel solemne palabrerío sobre el papel de la prensa en una democracia: esto tiene que ver con la distinción.
Sentado o de pie, en casa o en la calle, reclinado contra un poste o apoyados los pies sobre el escritorio, el diario proporciona un rico lenguaje gestual. El lector lo abre con ondulante floreo de papel impreso. La pujante confianza en sí mismo se manifiesta en el modo en que da vuelta las páginas. Sus ojos bailan sobre las aflicciones del mundo. Avanza haciéndo chasquear la hoja, arrollándola, doblándola una y otra vez, metiéndola bajo el brazo o golpeándola contra la palma de la mano. Cary Grant, Spencer Tracy, todos los grandes, usaron el diario para demostrar refinamiento.
Un hombre frente a una notebook es un hombre sentado ante un escritorio, un zángano. ¿Dónde está la nobleza? Encorvado, con los ojos vidriosos, se enfrasca en la contemplación de la pantalla. Gotas de saliva brillan en las comisuras de sus labios. Comparado con él, un lector de diarios es un espadachín, un polemista, un detective. Créame, tener un diario en las manos le permitirá expresarse, con sólo aplicar algunas reglas sencillas.
1. Si quiere impresionar a los demás, no compre un diario, compre tres. Si alguien entra en un bar con tres diarios plegados bajo el brazo, lo tomarán por un magnate. Si es joven, por uno del software . Si no se afeitó y bajo su impermeable asoma un pijama, será un magnate excéntrico.
2. Tómese su tiempo para abrir el diario. ¿Qué apuro tiene? Ya conoce su contenido. Lo lee tan sólo para saber cuánto saben los otros.
3. Una vez abierto, no levante la vista de él, salvo que alguien pronuncie su nombre. No se distraiga si una rubia de largas piernas cruza el salón dejando una estela de Chanel Nº 5. Usted es la escena; deje que los demás sean el público.
4. Recorra la primera plana fijándose en los titulares, pero sin escudriñarla afanosamente. Sea fino. Salte a la página deportiva, las historietas, los chismes de sociedad y, luego, los editoriales. Esa es la belleza de la pirámide invertida periodística. Un vistazo basta.
5. Arranque uno o dos artículos y guárdelos en el bolsillo. No como si fueran recetas culinarias; con decisión. Eso da un aura de misterio.
6. Cuando termine de leer un diario, ciérrelo bruscamente y tírelo a un lado. (No puede hacerlo con una notebook .) Es como si dijera: “¡Bah! Basta de estas trivialidades. ¡Adelante, a las barricadas!”
7. Todo esto no debe llevarle más de veinte minutos.
Internet lo devorará vivo. En cambio, puede entrar en un diario y salir de él en veinte minutos. Usted elige; es dueño de su vida.
© Tribune Media Services y LA NACION (Traducción Zoraida J. Valcárcel)
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