Una Nicaragua, dos Ortega
Por Eduardo Ulibarri
El Nuevo Herald
Con la llegada del ex comandante Daniel Ortega y su Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) al poder en Nicaragua, el país comenzó a ser gobernado por un presidente desdoblado en dos personalidades, orientaciones, aliados y retóricas políticas.
Por un lado está el Ortega que ha prometido respetar la institucionalidad democrática, buscar la unión de la ”familia nicaragüense”, tener buenas relaciones con sus vecinos, promover y respetar la inversión privada, asegurar la estabilidad macroeconómica, mantener vigente el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, asegurar flujos variados de ayuda externa y, con esos instrumentos, mejorar las condiciones del pueblo.
Se trata de un Ortega aparentemente apegado a lo que debería hacer un gobernante sensato y dispuesto a aplicar las estrategias probadas alrededor del mundo para promover el desarrollo. Este promisorio ”yo” presidencial se manifestó, sobre todo, entre su elección y toma de posesión, y produjo gran tranquilidad dentro y fuera de Nicaragua.
Por otro lado, sin embargo, habla y actúa otro Daniel Ortega. Es el que se acaba de abrazar en Managua con el presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad; el que hizo esperar hora y media a los invitados a su toma de posesión, por el retraso de Hugo Chávez, y el que sustituyó un discurso ante todos los dignatarios presentes en la ceremonia por una arenga populista en la ”Plaza de la Fe”, flanqueado por Chávez, Evo Morales y otros representantes de la peor izquierda latinoamericana.
Es el Ortega que la emprendió contra el ”neoliberalismo” sin definir qué es, el que adhirió intempestivamente Nicaragua a la delirante Alianza Bolivariana de las Américas (ALBA), dominada por Venezuela, el que se ha negado a democratizar el FSLN, y el que llenó puestos clave del gobierno con los más fieles de entre sus fieles.
Peor aún, es el dirigente partidista que no ha hecho un mea culpa de la corrupción con que cerró su anterior mandato, y quien, con apego a los peores métodos del pasado, mantiene una alianza de reparto de poder e influencias con el ex presidente y caudillo ”liberal” Arnoldo Alemán, condenado por corrupción.
Ante esta dualidad, la pregunta esencial para el futuro de Nicaragua es cuál de los dos Ortega será el que, en realidad, la gobierne, o cuál de sus tendencias contrapuestas prevalecerá durante el ejercicio de su mandato.
Todavía es prematuro aventurar conclusiones. El gobierno apenas comienza y, en la euforia del cambio, son posibles muchos excesos de poses y retórica, que luego pueden ser atemperados por las crudas realidades del ejercicio gubernamental.
Como abono a un posible buen rumbo están sus declaraciones y compromisos previos, la falta de mayoría sandinista en la Asamblea Nacional, la estrecha vinculación de Nicaragua al comercio con Estados Unidos, su dependencia de la ayuda externa (europea, norteamericana y multilateral), el profesionalismo que han desarrollado las fuerzas armadas, la emergencia de sectores políticos modernos e ilustrados, y el dinamismo y sentido crítico de múltiples grupos de la sociedad civil. A esto se añada la tradición independiente y combativa de varios medios de comunicación.
Pero en contra están sus instintos populistas, la historia y el presente de sus componendas con Alemán, la chequera fácil de Chávez, el radicalismo de varios sectores del FSLN y la tentación de enquistarse en una presidencia a la que sólo llegó después de tres fracasos.
La esperanza es que, por lógica, necesidad, buenas presiones internas y externas y elemental responsabilidad hacia su empobrecido país, sean el Ortega responsable y sus colaboradores del mismo signo los que terminen por prevalecer.
El Presidente no debe olvidar que casi dos tercios de los nicaragüenses votaron por otras opciones políticas, y que su responsabilidad es hacia todos, no hacia los más intransigentes dentro de su partido, ni hacia la izquierda populista y autoritaria del hemisferio.
Es hora de que Ortega cambie las arengas por la reflexión y la buena negociación, y se dedique a gobernar como el país lo necesita.
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