El silencioso regreso de Henry Kissinger
Por Mario Diament
La Nación
MIAMI.- Su cuello parece haber desaparecido en la conjunción entre la cabeza y los hombros y la espalda se le ha arqueado dibujando una joroba. Las arrugas le dan a su rostro un aspecto artificial, como si llevase una careta de sí mismo.
A los 83 años, Henry Alfred Kissinger, unánimemente considerado el secretario de Estado más poderoso de la historia norteamericana; arquitecto de la entente con China; arquitecto del derrocamiento de Salvador Allende; Premio Nobel de la Paz de 1973, y varias veces candidato al banquillo de los acusados por crímenes de guerra, ha vuelto a reaparecer en la escena política. Aún retiene el semblante grave y la voz de barítono que le confieren ese asombroso parecido con el cómico Alberto Sordi. Pero no hay nada de gracioso en sus presentaciones.
Cada vez más, su nombre aparece asociado a las decisiones políticas más controvertidas del presidente George W. Bush respecto de la guerra en Irak; y cada vez más, la estrategia de Bush se parece a la de Kissinger en la guerra de Vietnam.
La primera indicación de la influencia que Kissinger tiene en la presente administración apareció en el libro Estado de negación , del periodista Bob Woodward, donde se revela que Kissinger es un asiduo visitante de los despachos de Bush y del vicepresidente Dick Cheney.
En el discurso del miércoles último, cuando Bush anunció que añadiría 20.000 soldados a los 132.000 que se encuentran en la zona, muchos analistas advirtieron, si no la mano, la sombra de Kissinger.
¿Por qué después del generalizado rechazo a la guerra en Irak que se tradujo en el resultado electoral de noviembre y cuando el porcentaje de apoyo a su gestión araña el 30%, Bush se obstina en incrementar el número de tropas?
El demócrata Joseph Biden, titular de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, lo atribuye a un acto de cinismo. Según le explico al Washington Post , el gobierno hace todo lo posible para que “el tipo al que le toque aterrizar los helicópteros dentro de la Zona Verde para evacuar a la gente de los techos” sea el próximo presidente.
Kissinger pensó lo mismo a comienzos de 1971, cuando tanto él como el presidente Richard Nixon concluyeron en que una victoria en Vietnam era imposible. La cuestión entonces no era si salir o no de Vietnam, sino cómo mantenerse allí hasta después de las elecciones presidenciales de 1972.
Vietnam e Irak
Como lo documentó el historiador Jeffrey Kimball, Kissinger se comprometió entonces con el presidente chino Chou En-lai a que Estados Unidos retiraría sus tropas y dejaría “que la evolución política de Vietnam la decidiesen los vietnamitas”, a cambio de “un decente intervalo”, que se prolongó hasta 1974. Como entonces, Kissinger considera hoy que “la victoria sobre la insurgencia es la única estrategia coherente de salida”, como lo afirmó en 2005.
No es difícil encontrar las mismas resonancias en el discurso que Bush pronunció el miércoles. Cuando declaró: “Las consecuencias del fracaso son claras: los extremistas radicales islámicos se fortalecerán y ganarán nuevos reclutas”, sugería que existe, en verdad, una solución militar a la guerra civil, que consiste en incrementar el número de tropas.
Kissinger y Nixon pensaron lo mismo cuando extendieron la guerra a Camboya y a Laos, tratando de forzar, lo que llamaban “una paz honorable”. Cuando, finalmente, la ilusión de la “paz honorable” se desvaneció, no fue Nixon sino Gerald Ford quien debió hacerse cargo de la derrota.
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