Elija destino: Bangalore o Silicon Valley
Por José María García-Hoz
ABC
A fuerza de imágenes tomadas desde el satélite que muestran el impresionante y creciente volumen de edificación en la Piel de Toro, a fuerza de titulares de gran formato en los que se denuncian escandalosas corrupciones urbanísticas, a fuerza de fotos que mezclan el interés informativo con el morbo de presentar la cara del corrupto, parece que, por lo menos vagamente, una cosa está quedando clara: el modelo de crecimiento de la economía española no puede continuar sustentándose, como en los últimos doce años, en la construcción y el inmobiliario.
¿Razones?, muchas: en primer lugar la imposibilidad física, pues cada vez está más próximo el
momento en el que no quedará suelo sobre el que edificar, y, en segundo lugar, por la necesidad de mejora económica, pues si bien es verdad que la construcción crea puestos de trabajo, no menos cierto resulta que son empleos de poca valoración. Si alguien quiere alcanzar un alto nivel de vida ya sabe que trabajando de peón, colocando ladrillos, no lo conseguirá.
Seguramente la sociedad española ya sabe que, en el futuro económico, debe circular por caminos distintos que los hasta ahora transitados, pero tal conocimiento no significa que se disponga del mapa de carreteras adecuado. Como país intermedio en todos los órdenes, da la impresión de que España se encuentra atrapada entre los más adelantados, cuyo núcleo económico fundamental consiste en la innovación continua, y los más atrasados, que se especializan en prestar los servicios o fabricar masivamente los productos de menos valor.
La economía mundial se mueve entre los dos extremos que representan el Silicon Valley californiano, paradigmática cuna de investigadores y emprendedores, y las ciudades de Bangalore o de Dalian, iconos, indio y chino, respectivamente, de cómo prestar los servicios administrativos y comerciales que resultan prohibitivos en los países más avanzados. Aunque de tejas abajo nada es perfecto, parece que hay países que económicamente lo tienen claro y saben cuál es su nicho en un mundo que, efectivamente, es cada vez más un pañuelo.
¿Silicon Valley o Bangalore? Sin duda es mejor la primera opción, pero para que España optara a ella sólo cumple un requisito, y quizás no el más importante: buen clima y una forma de vida relajada. Del resto, poca cosa: universidades que no alcanzan a situarse entre las cien primeras del mundo, cultura social que siempre mira con recelo al emprendedor, sistema de administración de justicia demasiado lento para resolver los inevitables conflictos empresariales, y un sector público, antes estatal ahora autonómico, que siempre está dispuesto a intervenir para hacer la competencia (o la puñeta) al triunfador.
La segunda opción, definir una especialidad competidora o paralela a las de determinadas zonas de Asia, parece más teórica que real, pues el español medio perdió hace tiempo, si es que alguna vez lo tuvo, esa filosofía de trabajo de origen estajanovista que admite cobrar de acuerdo con su rendimiento, ni tampoco comparte el perfeccionismo alemán del trabajo bien hecho. En definitiva, parece que la sociedad española no quiere el riesgo de Silicon Valley, pero tampoco parece dispuesta al esfuerzo que requiere el empleo de baja cualificación.
Y mientras decide si prefiere los galgos o los podencos, va vendiendo el territorio nacional por parcelas, a los extranjeros y a los locales. El foráneo suele pagar a tocateja, mientras que el nacional se endeuda hasta las cejas. Como la hipoteca es a largo plazo, cada vez más largo, no sólo no se preocupa demasiado, sino que contrae nuevas deudas y ya no para invertir, sino para fundirse el crédito instantáneo en un viaje de vacaciones o en un coche nuevo. Silicon Valley o Bangalore sólo le resultan vagamente familiares como destino turístico, y de la China sólo conoce los guerreros de Xiam. Todos los economistas pronostican que el modelo aguantará por lo menos uno o dos años más; puede que así sea, pero cuando la bicicleta se pare el golpe será de órdago.
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