Bitácora para un recien nacido
Por Víctor Maldonado C.
Correo del Caroní
Querido Miguel José. Llegas al mundo y a nosotros como un maravilloso regalo de navidad. En estos últimos nueve meses de espera, constituido de por sí en nuestro propio adviento hemos intentado prepararte buenas alforjas para el largo viaje que significa la propia vida.
Comenzamos por lo que es efectivamente el acto supremo de creación, mandato directo de Dios en nuestros propios orígenes, al aludirte con la fuerza del Arcángel Guerrero e invicto en su lucha eterna contra las fuerzas del mal. Pero también con la mansedumbre y el coraje demostrado en la cotidianidad del trabajo, como se le reconoce al que fue esposo de María. Ojalá te reconozcas tanto en el coraje como en la confianza absoluta en la providencia.
Hubiese querido legarte un mundo tan apacible y esperanzador como el que me donó mi padre a mí en iguales circunstancias. Pero no quiero comenzar nuestra larga relación con engaños. No es así. Te toca arribar a una época convulsa y ambigua en la que nada ni nadie puede sentirse seguro. Nuestro país está azotado por nuevas plagas y viejos problemas. La intolerancia y el ventajismo de los que se creen mayoría ahora son el caldo de cultivo de la inseguridad, el desempleo, la pérdida de oportunidades y la mutilación de los derechos humanos. Yo nací siendo hijo y responsabilidad de mis padres, tus abuelos.
Tú naces siendo mi hijo y la presa ambicionada de un Estado que quiere arrebatarnos el derecho de intentar hacer realidad el proyecto de vida que soñamos para ti. A diferencia de lo que ocurrió con mi padre, yo tengo temores con los que me duermo y con los que me despierto. Temo que en algún momento tenga que batirme para preservar tu libertad, tus derechos y tu futuro. A diferencia de lo que ocurrió cuando mi padre estaba en la misma circunstancia, yo tengo miedo a que algún día pierdas las ganas de soñar y caigas en el infierno de la resignación. Y no somos de esos, Miguel, yo no aguantaría tu conformismo, ni tú me perdonarías el no haber luchado lo suficiente. No somos de esos, Miguel, que transitamos imperturbables por nuestra historia, sabiendo que podemos empinarnos para ver más allá del dictado unánime del tirano que piensa y decide por todos nosotros. No somos buenos como carroña de dictadores. Nacimos y vivimos para devenir libres, como lo planteaba Hegel. Es cierto, no nacemos libres, pero nos soñamos así, para terminar algún día liberados de nuestra propia ignorancia; de nuestros determinismos, que muchas veces nos hacen ansiar lo que no debemos y odiar lo que no vale la pena; de nuestros propios apetitos que finalmente controlados operan como la forja de los sentimientos más sublimes, cuando aprendas que amar no es lo mismo que desear, y que el egoísmo es baladí frente a las sensaciones que produce la solidaridad.
Pero no nacemos libres. Tenemos que aprender a serlo, y eso es precisamente lo que ahora está en peligro, cuando siento sobre mis hombros el inmenso peso de la amenaza autoritaria que quiere competir conmigo en hacer de ti un hombre libre, un ser humano. El único hombre que manda en este gobierno no entiende que son las familias las que enseñan a los niños a ser humanos. Las que le van inculcando los atributos más valiosos de la vida: la compasión, la solidaridad, la benevolencia, la ternura, el amor, la responsabilidad y el emprendimiento. Y que por lo tanto, hay que promover más y mejores familias, hay que reconocerlas en todas sus formas, nuevas y viejas. Y no hacerlas claudicar ante el nuevo Dios todopoderoso y dueño del Estado, que cree que todo lo puede, que todo lo siente y que todo lo sabe.
Cuenta querido hijo que en todo caso daré la batalla. También de eso se trata la libertad; de intentarlo más allá de cualquier recomendación, más allá de cualquier cálculo, por el simple hecho de saber que vale la pena, porque de eso se trata el intento de entregarte al menos el mismo legado que me dio mi padre, las ganas infinitas de soñar que nunca me han abandonado, y que hasta ahora, nunca sentí amenazada. Mientras tanto, no tengas miedo, sonríe y trata de abrazar desde el mismo momento en que nazcas, el cielo azul y soleado con el que la providencia ha engalanado a Caracas, la ciudad de una verde y hermosa montaña llamada Ávila.
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