El rescate de la década
Por Eduardo Ulibarri
El Nuevo Herald
Los años 80 fueron conocidos en Latinoamérica como la ”década perdida”. Una mezcla de altos precios del petróleo, desbocado endeudamiento externo, desacertadas estrategias productivas e intensas confrontaciones paralizaron o hicieron retroceder a países controlados o rodeados por dictaduras.
Lo bueno fue que la crisis engendró procesos democráticos. En los 90 el continente entró en una década de ajustes económicos e institucionales. Regresaron los gobiernos civiles, y vinieron momentos de apertura, privatizaciones e integración al mundo. Pero también hubo corrupción, mala administración, rezagos y muy pocas mejoras sociales.
La frustración se apoderó de grandes sectores, con inevitables consecuencias electorales; entre ellas algunos giros hacia diversas modalidades de izquierda o populismo.
¿Estamos entrando ahora en un nuevo período, de reconciliación con la democracia, el buen manejo de la economía, la seriedad y la estabilidad? Los resultados arrojados por un estudio de opinión realizado en octubre por el Consorcio Latinobarómetro, en 18 países del hemisferio, dan indicios para responder positivamente.
Cierto que aún el totalitarismo senil impera en Cuba; una izquierda pendenciera gobierna en Venezuela y trata de imponerse en Bolivia; México acaba pasar por un traumático cambio presidencial; la inestabilidad no ha abandonado Ecuador, las narcoguerrillas aún afectan a Colombia y la inseguridad es una enorme plaga en El Salvador y Guatemala.
Sin embargo, entre diciembre de 2005 y de 2006 se han producido, con aceptable normalidad, 10 elecciones presidenciales en América Latina (cuatro de ellas con segunda vuelta), cuatro legislativas y municipales y dos referéndum.
El promedio del crecimiento económico latinoamericano y caribeño, de 2004 a 2006, supera el 5%, y los cálculos preliminares más fundamentados lo sitúan en 4.7% para el 2007. El desempleo ha bajado, el consumo ha subido, las finanzas públicas han mejorado y la pobreza ha comenzado a descender lentamente.
Esos factores han dado mayor solidez a las convicciones democráticas de los latinoamericanos. También han mejorado de forma apreciable su percepción sobre el entorno, como revelan algunas de las muchas cifras del Latinobarómetro:
• Un 74% de los consultados cree que la democracia puede tener problemas, pero es el mejor sistema de gobierno (cuatro puntos más que en 2005), y un 66% dijo que crea condiciones para prosperar.
• Para 58 de cada 100 latinoamericanos, ella es imposible sin partidos, y para 55 no existe tampoco sin congresos.
• Un 32% (igual cifra que el pasado año) no es capaz de decir cuál es el significado de la democracia, pero para el 42% implica libertades civiles e individuales (seis puntos más que en 2005), seguidos por igualdad y justicia (13%).
• Aunque una enorme mayoría (69%) cree que los gobiernos son dominados por grupos poderosos, el 58% también dijo que buscan el bienestar general.
• Y la creencia en las posibilidades de movilidad social es apreciablemente alta: 58 de cada 100 se identificó con la frase “una persona que nace pobre puede llegar a ser rica”.
En todos estos datos existen amplias diferencias entre países. Sin embargo, las tendencias hemisféricas han mejorado.
La gran pregunta es qué pasará en adelante. Habrá que ver qué ocurre con las tendencias populistas autoritarias de Hugo Chávez y Evo Morales. Pero, sobre todo, la clave será la capacidad de los gobiernos democráticos para rendir buenos resultados.
Durante los últimos tres años, el aumento en los precios y demanda mundial de los productos básicos, ha permitido a muchos países mejorar sus ingresos sin grandes esfuerzos. Pero esto no puede ser una solución a largo plazo.
Los que hayan utilizado esas ventajas para mejorar su capacidad productiva, probablemente seguirán avanzando, lo mismo que países sin grandes recursos naturales, pero con inteligentes estrategias de reforma económica, inversión, diversificación y vinculación a la economía internacional.
En los dirigentes que sean capaces de conducir esos buenos procesos, descansa la real posibilidad de que la modernidad, la estabilidad económica y la extensión de sus beneficios, junto a la democracia, al fin terminen de arraigarse en el continente.
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