La Bolsa se despide del 11 de septiembre
Por José María García-Hoz
ABC
En el mundo económico la pregunta es unánime: ¿hasta cuándo durará el presente subidón? Muy pocos, si es que hay alguno, se atreven a hacer pronósticos más concretos que el genérico de que es imprescindible estar alerta para ver cuándo cambia el barómetro. Es verdad que la bonanza económica se mueve en un camino lleno de obstáculos: el petróleo y otras materias primas persistentemente altos y con posibilidad de subir aún más; el gigantesco déficit comercial norteamericano, que en algún momento puede provocar una caída brusca del dólar, y, tercero, pero no menos importante, la evolución de la entera economía norteamericana, pues si Estados Unidos dejara de crecer, la economía de todo el mundo acusaría el golpe.
Tres amenazas concretas y reales, pero como las tres llevan tanto tiempo en presencia y no han provocado ninguna catástrofe, parece como si el personal se hubiera acostumbrado, y, dado que renuncia a resolverlas, convive con las tres amenazas como si éstas no existieran. Pendientes, es verdad, de los indicadores económicos norteamericanos, pero poco más.
Si las cosas continúan como están, lo más probable es que 2007 presente unos resultados globales muy positivos, por lo menos a nivel bursátil, y los mercados de todo el mundo continuarán con los crecimientos de dos cifras que al final del ejercicio registrarán todas las Bolsas mundiales, excepto la de Japón. En España, como bien se sabe, constructoras e inmobiliarias nacionales han invertido las fabulosas ganancias acumuladas en otras empresas cotizadas, sobre todo eléctricas y energéticas. Esas compras han provocado la subida -económicamente artificial, pero financieramente muy real-de empresas cuyas perspectivas de aumentar y mejorar el negocio no son grandes. En otras palabras: la Bolsa española está a punto de cerrar el mejor ejercicio de su historia, no porque las empresas fueran extraordinariamente bien, sino porque han habido inversores con el bolsillo repleto dispuestos a pagar muchísimo.
En el escenario mundial la exuberancia puede repetirse, y el papel que en España han jugado constructoras e inmobiliarias corresponderá a los fondos genéricamente conocidos como “private equity”, cuya formulación jurídica más habitual es la de fondos de capital riesgo. A lo largo y ancho del mundo, esos fondos, necesitados de invertir miles de millones de dólares, volverán su vista a la Bolsa como nunca antes lo habían hecho, por la sencilla razón de que fuera de ese mercado no hay proyectos suficientes.
Como en el caso español, el factor decisivo que empujará hacia arriba el mercado no será tanto la evolución positiva de los resultados empresariales como el hecho de que existe mucho dinero con necesidad de realizar inversiones.
En el caso de que el petróleo, el dólar y el crecimiento de Estados Unidos continuaran más o menos como hasta ahora, y este pronóstico se confirmara, las empresas volverían a cotizarse en niveles anteriores a septiembre de 2001, cuando el ataque terrorista a Nueva York forzó un nuevo escenario financiero. Desde el ataque a las Torres Gemelas, los inversores habían puesto una “prima de riesgo” a cualquier inversión bursátil, de forma que las empresas que con facilidad cotizaban a treinta o cuarenta veces su beneficio vieron bajar sus precios hasta la mitad, por la sencilla razón de que la imagen de los aviones estrellándose y derrumbando los rascacielos no se borraba de la memoria de los gestores.
Parece que la imagen, aunque imborrable, ha pasado al territorio de la historia, y presumiblemente dejará de condicionar las actitudes y los diagnósticos de quienes tienen la misión de invertir miles de millones de dólares.
En el mercado nacional, por su parte, da la impresión de que todo el pescado se ha vendido durante este año y, por tanto, los movimientos positivos no alcanzarán ni de lejos los registrados en 2006 y, más que del resultado de las empresas, vivirán del reflejo de lo que ocurra en la economía y las Bolsas de los países mundialmente significativos como Estados Unidos o Alemania. La locura autónoma ya no da más de sí.
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