Argentina: Se cumplen cinco años de la peor de todas las crisis
Hoy se cumple media década de los cacerolazos que arrancaron en distintos barrios porteños y que luego confluyeron en la Plaza de Mayo. Miles de ciudadanos se manifestaron hastiados de la corrupción política, de promesas incumplidas y, sobre todo, de la confiscación de sus ahorros producto del “corralito”.
Diciembre de 2001 encontró a un gobierno aliancista debilitado por sus deserciones y enfrentamientos internos, que habían resquebrajado y virtualmente vaciado su base política, como así también por el rotundo fracaso que las urnas le habían marcado en las elecciones legislativas, dos meses antes.
Aferrado a su ministro de Economía, Domingo Cavallo, artífice de la convertibilidad en tiempos del menemismo y ferviente militante de la ortodoxia neoliberal, la noche del 19 de diciembre, con el sonar de cacerolas por las calles porteñas y en la Plaza de Mayo, De la Rúa comenzó a palpitar su final.
Es que, allí, De la Rúa vio derrumbarse lo poco que quedaba de su capital político que, para ese entonces, estaba sostenido casi exclusivamente por una clase media porteña que salía de su letargo luego de que las decisiones políticas tocaran de lleno sus bolsillos.
De todas maneras, el impulso de los porteños por salir a las calles fue la culminación de un estado de ebullición social y violencia generalizada, que estuvo signada por los saqueos a supermercados en los puntos más pobres del conurbano y en algunas localidades del interior del país, donde murieron siete personas.
A eso se sumó la represión que en la madrugada del 20 de diciembre fue desplegada por el gobierno en la Plaza de Mayo y sus alrededores, que estuvo replicada en las principales ciudades del interior del país y llevaron a 35 la cifra de muertos por los violentos episodios de aquellas jornadas.
En las primeras horas del 20 de diciembre, cercado por su imposibilidad de reencauzar la situación y en el marco de una creciente ola de violencia y represión, De la Rúa decretó el estado de sitio por 30 días.
Pero la medida fue rotundamente desoída por ciudadanos que seguían poblando las calles al grito de “que se vayan todos”.
Luego de eso, en un último intento desesperado de De la Rúa por reconstituir su autoridad política, el ministro de Economía dio un paso al costado y, junto a él, todos los demás miembros del gabinete pusieron a disposición su renuncia.
Demasiado tarde como para reflotar el complejo y crítico escenario que jaqueaba institucionalmente al país, De la Rúa intentó una negociación política que le permitiera sobrevivir como presidente y propuso un “cogobierno” al justicialismo. Pero ya era demasiado tarde: ni siquiera una buena parte del radicalismo lo apoyaba y el Frepaso hacía rato que había emigrado.
De la Rúa se tomó un tiempo para redactar la renuncia por su propio puño, la mandó al Congreso, y tomó el helicóptero que lo llevó a Olivos a retirar sus cosas. Fue a las 19.45 del 20 de diciembre, sobrevoló la plaza y recibió los ecos de los insultos. Habían pasado sólo 740 días desde que 9.000.000 de argentinos lo llevaron al gobierno, un tiempo extraordinariamente corto para sumir a la Argentina en la peor crisis en décadas.
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