Polonio N° 210
Por Gina Montaner
El Nuevo Herald
Elemental, querido Watson. A Alexander Litvinenko lo asesinaron. Tras varias semanas de pesquisas y especulaciones, Scotland Yard ha llegado a la conclusión de que al ex espía soviético lo envenenaron con plutonio 210. No hacía falta ser Sherlock Holmes para deducir que Litvinenko, contrario a las insinuaciones de la administración rusa, fue víctima de un perverso complot y no de un caprichoso deseo suicida para difamar a Putin y sus hombres ex KGB.
En lo que podría ser la trama policíaca más apasionante de los últimos tiempos, lo que ha quedado claro es que el plutonio 210 es una esencia letal y radioactiva que ahora se pasea por media Europa como una suerte de peste invisible y moderna. El señor Putin ha querido quitarle importancia al asunto, pero lo cierto es que este isótopo radioactivo no se compra a granel en las tiendas, sino que se produce en sofisticados laboratorios que podrían estar al servicio de determinados gobiernos. Por lo pronto, la criatura mortífera se ha esparcido en los lugares más insólitos de la geografía inglesa: un estadio de fútbol, un parador en Sussex, un restaurante japonés, aviones de British Airways, el vestíbulo de un lujoso hotel londinense. Como la amenaza de Andrómeda, aquella película de ciencia-ficción que tanto miedo me dio hace muchos años, el plutonio 210 también se ha hallado en la embajada británica en Moscú, ha contaminado a la ex esposa del espía disidente y un turbio profesor italiano que fue la última persona que se reunió con Litvinenko antes de que cayera enfermo.
Agentes de Scotland Yard se han trasladado a Moscú en busca de respuestas, pero detrás de las exquisiteces protocolarias el gobierno ruso despliega las viejas mañas comunistas: disidentes encarcelados que nadie puede ver. Ex agentes de la KGB ocultos bajo pasamontañas. Son los gulags que surgen porque los antiguos esbirros de la represión estatal se han reconvertido en mafiosos del crimen organizado, trata de blancas y estafas internacionales. Lo mismo les da montar un prostíbulo en la Costa del Sol con hermosas chicas eslavas que atravesar Europa con una maleta llena de plutonio 210. Como la sofisticación y el concepto high tech no es un fuerte soviético, la chapucería para eliminar al díscolo Litvinenko ha sido de proporciones monumentales y han regado los isótopos con la alegría de a quien se le desparrama la sopa borshch. A la niebla de Londres ahora hay que añadirle partículas radioactivas que llegaron desde Rusia con “amor”.
Si hubiera el menor indicio de que una excursión de agentes encubiertos de la CIA viajaba con plutonio 210 por los aeropuertos de la vieja Europa, ya se habría exigido una investigación internacional y los ecologistas habrían tomado las calles. Pero debe ser que a los rusos se les tiene mucho miedo e incluso el gobierno de Blair se muestra algo tímido a la hora de pedirle explicaciones a Putin. No me extraña. Si en el número 10 de la calle Downing insisten en seguir la tradición detectivesca de genios como Agatha Christie y Le Carré, el polonio 210 acabaría por sustituir las pastas que acompañan el té de las cinco. Cómo no echarse a temblar, si el ex ministro ruso Gaidar también se recupera de una dolencia ”desconocida” en una clínica de Moscú. Es evidente que en Rusia las diferencias se solucionan a golpe de isótopos homicidas.
Es difícil que los políticos de la nueva Rusia nos hagan olvidar el siniestro pasado de la antigua Unión Soviética con campañas publicitarias tan funestas como esta misteriosa ofensiva radioactiva. Una fragancia mortal que sustituye el elegante frasco de Channel N° 5 por el burdo y asesino isótopo de polonio N° 210. Al final, Stalin siempre acaba asesinando a Trostky.
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