De tiranosaurios a bolivarianos
Por Carmen de Carlos, Manuel M. Cascante y Milagros López de Guereño
ABC
Bordeaban las 0.30 del 5 de octubre de 1988. Augusto Pinochet controlaba la furia de la derrota. Le habían convencido de que el pueblo le quería para siempre. Por esa razón había accedido a jugarse el todo por el todo en una consulta popular que acababa de poner fin a sus días de presidente. En contra de su voluntad y sin llegar a pasar por encima de su cadáver, la transición democrática veía los primeros rayos de un nuevo amanecer en Chile. Adolfo Suárez, en calidad de observador, fue testigo de excepción.
“¡Un engaño! —clamó el dictador— ¡Todo fue un engaño! ¡Aquí hay puros traidores, mentirosos!”. Contra todo pronóstico, Pinochet había perdido el plebiscito con el que quería eternizarse en el poder. Era el principio del fin de una época, la de los dictadores que gobernaban su país como un cuartel. La era de los pronunciamientos, de las juntas militares y los jefes de Estado que no se quitaban el uniforme ni para ponerse el pijama. Algunos de esos dictadores hoy parecen recuerdos del Jurásico, con un pie en el otro mundo, aunque la vocación cuartelera, ultranacionalista y arbitraria está muy lejos de haber desaparecido del continente americano.
A primera vista, parecía un milagro que Pinochet pudiera perder un plebiscito en un régimen en el que disponía del monopolio de los medios de comunicación y que aún gobernaba con el arma inapelable del miedo. Pero éste ha sido uno de esos pocos casos en política en los que el cambio ha sido, más que una reconocida derrota del perdedor, una victoria de una oposición democrática muy bien organizada. Era un cambio que estaba en el espíritu de los tiempos.
Error de cálculo
En aquellos años el régimen vivía años de gloria con sus éxitos económicos. Las cuentas del país permitían al dictador más emblemático de los años 70 disponer de una coartada perfecta para su Gobierno. El saldo era positivo a sus ojos y a los de Estados Unidos. la potencia que le dio el oxígeno necesario para instalarse en el Palacio de la Moneda. La visita del Papa había reforzado su imagen, al no ser cuestionado por Su Santidad. El militar que derrocó el gobierno constitucional —y caótico— de Salvador Allende, en verdad, no tenía ninguna necesidad de someter su futuro a la voluntad del pueblo.
Fue aquel un “error” que Pinochet, hasta el final, hizo amago de corregir siguiendo la máxima del escudo nacional —“por la razón o la fuerza”—, pero que fue magistralmente aprovechado por una oposición que había comenzado a desafiar al miedo.
Mientras Fidel Castro mantenía firme su bota de acero en la isla, Pinochet, el general al que más de medio mundo recuerda sentado con gafas de gruesa montura de concha y cristales ahumados, cayó frente a un enemigo al que había secuestrado y sometido con los suplicios que recoge el informe sobre de la tortura de Ricardo Lagos. “Hablo por quince años de silencio… torturas, asesinatos y violaciones a los derechos humanos”. El dedo acusador del que posteriormente sería presidente de Chile apuntó a la cámara de televisión y se dirigió a Pinochet: “Usted va a tener que responder…”. Aquella imagen era el preludio de la victoria anunciada de la democracia.
Chile es hoy una democracia consolidada —tanto más consolidada cuanta más justicia se ha reclamado sobre los crímenes el pasado—, abierta, estable, alejada de experimentos carismáticos. Pero no se puede decir lo mismo de otros países del continente.
El fenómeno que se impone ahora es el del chavismo bolivariano. Es un fenómeno que no se puede equiparar con el autoritarismo bananero y militarista de la vieja era. Es un movimiento que no se complace en la violencia. Que fracasó cuando quiso imponerse por las armas. Y que cuenta ahora con un considerable respaldo popular. Pero es el propio Chávez el que pregona su admiración por Castro —el último dinosaurio uniformado—, el que ahora busca eternizarse en el poder con promesas de un socialismo muy poco socialdemócrata, y el que funda su carisma en fórmulas más cercanas al culto a la personalidad, a la mitología y a un espectáculo de masas que se despega de las imprescindibles formalidades políticas.
Es muy difícil definir el chavismo más allá del populismo petrolero y del carisma de Chávez, de su cristianismo folclórico y su formación castrense, de la idolatría a Bolívar y al sueño de la unidad americana, de su odio visceral a ese “imperialismo” estadounidense que encarna el propio “diablo”: “Mister Danger”, George W. Bush. En la ensaladilla intelectual de su verborrea, producto de lecturas tan dispersas como desordenadas, Chávez “lo mismo cita a Kant que al cantante de boleros Armando Manzanero, y hasta los confunde y no sabe si el imperativo categórico es una cosa que se baila apretado, o si lo que vio llover es la crítica de la razón bolivariana” (Carlos Alberto Montaner).
Sería demasiado simple e “injustamente devaluatorio reducir la hegemonía subcontinental de Chávez a la fantástica capacidad de persuasión de su chequera”, dice el escritor Jorge Asis. El caudillo bolivariano “se las ingenia para penetrar a los sudamericanos con las virtudes potenciales del palabrerío (y) la explotación artesanal del fenómeno inexplicable del carisma, que antes que nadie supo modelarle Ceresole (uno de sus primeros mentores). Un carisma atado a la estrategia que supieron fijarle después dos cuadros sin carisma, pero sólidamente formados en el marxismo, como (el vicepresidente) José Vicente Rangel y Alí Rodríguez Araque (ex ministro de Exteriores)”.
Ceresole, Norberto Ceresole, es el principal nutriente de la supuesta ideología chavista. El desaparecido politólogo acuñó el triunvirato caudillo-ejército-pueblo en el que se sustenta el movimiento bolivariano, como ya hiciera antes con el general Alvarado, presidente de Perú entre 1968 y 1975. “Hay dos chavismos: el de los partidarios de Ceresole y el de los que creen en la democracia, éste último representado por Rangel”, apuntaba el politólogo Fausto Masó hace más de un lustro. Rangel despojó a Chávez del nacionalismo que le había inculcado Ceresole y acabó expulsando de Venezuela al pensador argentino tras acusarlo —con harta razón— de antisemita.
“Socialismo del siglo XXI”
Otro pilar del “socialismo del siglo XXI”, esa estrategia que Chávez no termina de definir, es el
guerrillero Douglas Bravo, que se afilió al Partido Comunista de Venezuela con 13 años y fue expulsado del mismo a los 32, cuando se declaró bolivariano. Antiimperialista y antiestadounidense, desde la dirigencia del Partido de la Revolución Venezolana (y su brazo armado, las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional) Bravo consiguió infiltrarse en el Ejército, donde sedujo al teniente coronel de paracaidistas Hugo Chávez. Pese a que éste se separa del partido en 1986 para organizar el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200, Bravo participaría en los fallidos golpes de Estado del 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992.
Aunque —más allá de ideologías— el pilar fundamental sobre el que se asienta el régimen, su principal alimento político son los 62 dólares por barril del crudo. Cuando Chávez ganó sus primeras elecciones en 1998 el barril se cotizaba a nueve billetes verdes. Mientras no baje de los 30 dólares, hay Chávez para rato. Y para más en sus pretensiones expansivas. No es precisamente tranquilizante el diagnóstico del analista Alberto Garrido, citado por la BBC, cuando afirma que, tras la última victoria de Chávez, Venezuela se encamina a un “socialismo” fundado sobre el principio de “un líder, un partido y una ideología” que, para gozar de mayor margen de maniobra, reorientará sus exportaciones de petróleo a China para romper así todo vínculo con Estados Unidos.
Y Castro. Y Cuba. Chávez niega que quiera convertir a Venezuela en una segunda Cuba, pero no oculta su fascinación por la revolución de La Habana y por su líder. Y a ambos les da combustible envasado en 98.000 barriles diarios de petróleo a precio preferencial. Sin duda, admira la capacidad de Castro para eternizarse en el poder. A la vista está que Chávez ya planifica su reelección hasta, al menos, 2021.
Y que aspira también a jugar un papel de primer orden en el futuro de Cuba tras la desaparición de Castro. De hecho, la ayuda de Chávez es fundamental para la supervivencia del régimen. Cuba ha ganado seis años más de tranquilidad con la victoria de Chávez, vivida como propia en los medios oficiales. Y no es para menos. Significa la supervivencia de la “simbiosis” económica e ideológica cubano-venezolana durante al menos seis años más.
La economía cubana creció el último año un 12%, según cifras oficiales, que otras fuentes rebajan al 8%. Contribuyen a la bonanza la inyección económica proporcionada por China, los ingresos por las exportaciones de níquel y el turismo. Pero el intercambio de petróleo venezolano por “servicios” es esencial para garantizar la estabilidad energética y programar a largo plazo las políticas económicas.
La Habana “exporta médicos e importa pacientes”, nos resume José Luis Lancho, consejero comercial de la Embajada de España. 20.000 profesionales de la salud trabajan en Venezuela y son miles los venezolanos que reciben tratamiento en la isla.
La reelección de Chávez ocurre además cuando la ausencia de Castro en los actos por su 80 cumpleaños relanza la incertidumbre sobre el futuro del régimen, encabezado “provisionalmente” por Raúl Castro. La permanencia de Chávez ayuda a afianzar el poder de Raúl en este periodo de transición, palabra que no existe en el léxico oficial cubano.
La victoria de Chávez, a quien Castro considera heredero y hermano de ideales, asegura un aliado “firme e incondicional” con el que compartir ideas y objetivos como la integración iberoamericana o el desarrollo de Alternativa Bolivariana para América (ALBA), la iniciativa chavista frente al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) que defiende EE.UU.
Expertos en las bambalinas de la política cubana sostienen que el comandante ha visto siempre a Chávez como el mejor representante para liderar la izquierda revolucionaria iberoamericana y llenar el vacío que dejaría su muerte. Ambos se sienten tan identificados, su vocabulario se mimetiza tanto, que Chávez utiliza cada vez con más frecuencia la castrista consigna de: “Hasta la victoria siempre, patria o muerte, venceremos”.
Ecuador y Bolivia
Una consigna para conquistar un continente. Aunque la “revolución bolivariana” parecía de capa caída hasta hace unos meses, la victoria de Rafael Correa en Ecuador le ha dado bríos renovados. Desde que se conociera el resultado de las elecciones, “el último soldado de Chávez”, como le define el analista Ezequiel Moreno, no ha modificado un ápice su idea de convocar una Asamblea Constituyente Plenipotenciaria con el objetivo de “refundar el país”. El riesgo de intentar imponerla ignorando al Congreso, renovado totalmente, es alto.
También lo es el plan que se vislumbra entre telones de perpetuarse en el poder siguiendo el libreto de “mi amigo”, que así es como Correa se refiere al presidente de Venezuela. En ese escenario, inquieta el aviso de renegociar la totalidad de los contratos con las petroleras, entre ellas Repsol-Ypf. Como preocupa también cuál será el alcance del proyecto anunciado para refinar el crudo en Venezuela.
Y con la energía como principal baza, en el eje andino que apunta a Caracas, otro presidente, el de Bolivia, puede mostrar un triunfo, aunque no en términos absolutos. De momento va ganando terreno en su batalla por “recuperar los recursos naturales”. Con mayor recorrido y a paso más ligero que el propio Chávez, la nacionalización abrupta de los hidrocarburos, la ley de expropiación de terrenos sin explotar y “el parto” con fórceps de una Constitución que emane de una Asamblea “originaria”, en términos indígenas, son banderas tejidas entre Caracas y La Habana que Evo Morales enarbola con dificultad. Equivocado en su planteamiento inicial, los primeros rasgos autoritarios de Morales han florecido en una Constituyente que quiere imponer mediante una mayoría simple. El Congreso se resiste, las provincias se atrincheran y el futuro resulta incierto.
Quizás, para tormento de muchos, la revolución bolivariana no ha hecho más que empezar.
- 23 de enero, 2026
- 26 de enero, 2026
- 25 de enero, 2026
- 20 de enero, 2026
Artículo de blog relacionados
Fundación Atlas para una Sociedad Libre Cuán alejada de la realidad parece la...
7 de diciembre, 2017Por Carlos Rodríguez Braun ABC Hace un par de sábados pronosticamos el contraataque...
8 de diciembre, 2007The Wall Street Journal Americas Los alcistas del dólar realmente necesitan mantener la...
18 de junio, 2012- 18 de junio, 2013














