Argentina: Corrupción estructural
El nuevo informe de Transparencia Internacional muestra que la corrupción se ha instalado en las prácticas cotidianas, motivando una profunda crisis de valores.
La corrupción continúa siendo sinónimo en la sociedad política de nuestro país, de acuerdo con los últimos informes presentados por la entidad Transparencia Internacional, dedicada a estudiar este fenómeno.
El organismo aporta algunas explicaciones generales que hablan de debilidad institucional. Para la Argentina, además, el fenómeno se explica por un debilitamiento del sistema republicano y la falta de controles recíprocos entre los poderes del Estado, el uso excesivo de las facultades legislativas por parte del Ejecutivo, la carencia de mecanismos efectivos que promuevan la transparencia, la lentitud en las causas judiciales vinculadas con temas de corrupción, los incumplimientos de normativas de financiamiento de partidos políticos, y la ausencia de una ley de acceso a la información pública.
No obstante, a esas falencias, que podrían ser tildadas de estrictamente institucionales, las acompaña un factor no menor, como el bajo nivel de compromiso del sector privado y del sindicalismo en la lucha contra la corrupción. La Argentina continúa siendo vista como uno de los países más corruptos del planeta. En términos de política pública no se han observado avances en la promoción de conductas efectivas de lucha contra la corrupción y de promoción de la transparencia.
El relevamiento hizo eje en la calidad institucional del país y mencionó diversas cuestiones que hacen que se mantenga en un puesto muy lejano al ideal. La corrupción es un problema de grave trascendencia pública. Pocas veces se examinan sus orígenes, pero identificarlos resulta fundamental para poder proponer fórmulas eficaces para combatirla. Para lograr la transparencia también es importante tener como aliado el funcionamiento adecuado de las instituciones democráticas, una prensa libre y acceso directo del público a la información relacionada con el ejercicio del poder y las actividades gubernamentales.
A ello deben sumarse los órganos de control y el afianzamiento del sistema de administración de justicia. No hay que olvidar que la corrupción rompe el tejido social, pues disminuye la confianza de los ciudadanos en las instituciones, en el gobierno y entre ellos mismos, al tiempo que, en la medida en que la corrupción se generaliza, los escrúpulos éticos se van perdiendo. Resulta lamentable que los sectores señalados en informes de entidades especializadas, como en esta ocasión, o a través de la opinión pública en otras, no aporten proyectos que tiendan a cambiar conductas que irremediablemente conducen al ocaso de una nación.
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