Al Gore y la Era de la Desinformación
Por Paul Reiter
CISLE
Considero a Al Gore como un hombre honesto. Incluso hubiera votado por él de haber tenido la oportunidad. Aún así, a mi gusto su debut en la pantalla grande con su cruzada contra el calentamiento global en “Una Verdad Inconveniente” es sintomático de una nueva ideología basada en la ciencia para promover una agenda.
En nuestra era de la información, el conocimiento popular sobre temas científicos—especialmente sobre temas de salud y medio ambiente—se ve inundado por una marea de desinformación, la mayoría de esta presentada en la jerga de científicos profesionales. En el caso de la nueva película de Gore, la cual ha sido estrenada recientemente en América Latina, se muestra toda una colección de sus sentimientos más profundos, declaraciones poéticas, y una sinceridad aparente acerca de salvar al mundo de un Apocalipsis inminente.
Gore afirma repetidamente que existe un consenso entre “todos los principales científicos del mundo” alrededor de la idea de que la Tierra se dirige a un Armagedón. Más allá de los sentimentalismos, ¿apoyan sus ejemplos esta afirmación?
No soy climatólogo, así que no escribo sobre el clima, pero por más de 30 años he trabajado como científico investigador especializado en la ecología y biología de enfermedades que se transmiten por mosquitos—malaria, fiebre amarilla, dengue, entre otras—así que puedo reclamar cierta autoridad sobre este tema.
Hace aproximadamente 14 años, un pequeño grupo de personas desconocidas en mi campo empezó a publicar artículos apocalípticos—especialmente en la prensa popular—afirmando que zonas templadas de Europa y las Américas estaban siendo amenazadas con enfermedades “tropicales” debido al calentamiento global, y que estas mismas enfermedades estaban subiendo montañas en los trópicos. No había la más mínima evidencia para apoyar estas afirmaciones. A pesar de varios desafíos en el mundo académico por parte de mis colegas y yo, ahora es parte del “conocimiento popular” que estas enfermedades están avanzando. Incluso Gore lo dice.
Por ejemplo, afirma que Nairobi, Kenya, fue “fundada” a una alta altitud con el fin de evitar la malaria, algo que simplemente no es cierto. Localizada a medio camino entre Mombasa y Kampala, Nairobi fue un lugar pantanoso e infestado de malaria donde los Masai hidrataban a sus manadas, y que luego se convertiría en un centro de comercio. De hecho, a 1.500 metros de altura, Nairobi está por debajo de la altura máxima de 2.250 metros donde la malaria ha sido registrada en Kenya.
Los científicos en mi campo no están solos, esta historia ha sido repetida en un sinnúmero de disciplinas científicas donde los políticos y los ambientalistas alarmistas han jugado un papel protagónico en crear y promover la desinformación.
En muchos casos, las percepciones públicas han sido manipuladas descaradamente con pronunciamientos “científicos” emotivos. Los ambientalistas le añaden un tono de peligro y urgencia con el fin de llamar la atención de la prensa. Su habilidad en promover hechos “científicos” hace a un lado las complejidades de los temas tratados, y es una influencia poderosa en la educación, la opinión pública y el proceso político.
Estas nociones son a menudo reforzadas por la prensa popular, la cual destaca cualquier artículo científico que parezca apoyar sus pronunciamientos. Los científicos que retan a los alarmistas rara vez reciben una oportunidad frente a las cámaras, y cuando lo logran, se les presenta como escépticos al servicio de las corporaciones.
Los argumentos de Gore sufren de una falla fundamental. El consenso es cosa de políticos, no de la ciencia. Ésta procede de la observación, la hipótesis y la experimentación. Los científicos profesionales no sacan conclusiones firmes de un simple artículo, sino que consideran su contribución en el contexto de otras publicaciones y su propia experiencia, conocimiento y especulaciones.
En realidad, una preocupación genuina por la humanidad y el ambiente demanda la investigación, la exactitud y el escepticismo, que son intrínsicos para la ciencia auténtica. Un público que no está al tanto de esto es vulnerable al abuso.
El autor es Director de la Unidad de Insectos y Enfermedades Infecciosas en el Instituto Pasteur en París. Trabajó durante 22 años como entomólogo médico para el Centro de Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos.
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