De la vista gorda
Por Luis Álvarez
La Opinión
Llegaron como lo hicieron otros tantos millones de centroamericanos, mexicanos y sudamericanos. Vinieron huyendo de la guerra, de la pobreza, de la persecución política y de las masacres perpetradas a manos de militares, algunos de ellos celosamente entrenados aquí en Estados Unidos.
Son cientos de miles de guatemaltecos que ahora, acabada la guerra en su país, se encuentran al borde de la deportación. Ellos ya hicieron su vida en esta tierra. Aquí nacieron sus hijos, aquí trabajan hace más de una década, aquí reconstruyeron lo que quedaba de sus vidas. Pero la deportación se cierne como espada de Damocles sobre sus espaldas.
Es la solución fácil. O al menos así lo ven las autoridades migratorias. Son 200 mil personas que podrían ver truncado el esfuerzo de muchos años cuando sean colocados en un avión y enviados a su patria, para una vez más comenzar a rearmar el rompecabezas de su vida. Ellos ya no califican para recibir asilo político.
¿Qué importa que todos ellos hayan llegado a este país como producto de una guerra que explotó cuando Estados Unidos, a través de la CIA, propició la caída, en los años 50, de Jacobo Arbenz, en aquel entonces el primer presidente electo democráticamente en Guatemala?
¿Qué importa ahora que los sucesivos gobernantes, todos ellos militares hasta los 90, hayan contado con la bendición de la Casa Blanca para reprimir y aplastar a una población sumida en la pobreza extrema y en la ignorancia?
Ahora, según las autoridades migratorias, lo que importa es que todos esos miles de centroamericanos se regresen a su casa. Aunque haya que borrar de un plumazo todo el lastre que Estados Unidos dejó a su paso por ésta y otras naciones del subcontinente latinoamericano. Aunque haya que hacerse de la vista gorda e ignorar su responsabilidad en el destino de esos miles de centroamericanos.
Arbenz, como Allende en Chile, cometió el “grave pecado” de profesar una ideología diferente a la que Washington imponía a placer en toda la región.
El de Estados Unidos ha sido un problema de tacto. Henry Kissinger, uno de los diplomáticos más brillantes en la historia estadounidense, lo definía como esa habilidad de tratar que el otro vea la luz, sin hacerle sentir el rayo.
Y tacto es de lo que ha carecido Estados Unidos. Falta de tacto a la hora de propiciar descaradamente un golpe de Estado contra la voluntad del pueblo guatemalteco. Falta de tacto ahora que es tiempo de asumir la responsabilidad por ese yerro. Y falta de tacto para entender que esas 200 mil personas contribuyen al 10% del Producto Interno Bruto de ese país a través del envío de remesas.
Mientras, en Guatemala las autoridades no terminan de imponer justicia a los militares que provocaron ese baño de sangre. Algunos hasta aspiran a regresar al poder. Gozan la impunidad, mientras sus víctimas sufren incertidumbre.
Y la acción oficial de ese país para defender a los suyos brilla por su ausencia. El trabajo ha quedado para otros, como la Casa de la Cultura de Guatemala, que ha mostrado más agallas que un gobierno entero.
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