Cómo soportar la democracia
Por Liliana Fasciani M.
CEDICE
“Pero, ¿en qué lugar del mundo se encuentran desiertos más fértiles, mayores ríos, riquezas más intactas y más inagotables, que en América del Sur? Sin embargo, América del Sur no puede soportar la democracia”.
Alexis de Tocqueville
La primera vez que leí esta frase en La democracia en América (1969: 196) sentí una vergüenza íntima y solitaria, como si cada una de las palabras que la componen fuese, al mismo tiempo, una mirada indiscreta que penetrara en nuestra intimidad hasta exponernos, completamente desnudos, al juicio de otras gentes que nada tienen en común con nosotros.
La afirmación de que “América del Sur no puede soportar la democracia” obliga a detenerse en seco y vaciar en el sitio el saco de las dudas pendientes. Dudas respecto de nuestros valores y convicciones. Dudas acerca de nuestra forma de ser y ver el mundo. Dudas sobre nociones tan fundamentales como la libertad, la igualdad y la justicia. Entre otras razones, porque esa expresión nos pone en duda a nosotros mismos en tanto seres racionales y capaces. Y, también, porque semejante juicio de valor proviene de un ejercicio comparativo en el cual la otra parte es, nada menos, América del Norte. Si la aguda percepción sociológica de Alexis de Tocqueville logró captar entonces –1830-1835– las enormes diferencias entre los pueblos de ambas Américas, no obstante algunas circunstancias históricas similares, concernientes a las luchas independentistas y a la organización republicana, más de ciento setenta años después resulta imposible negar que aquellas mismas diferencias no sólo se mantienen, sino que se han acentuado.
La razón acaso estriba en que los Estados Unidos de Norteamérica se fundó sobre los sólidos principios de la libertad democrática y la democracia liberal, en una empresa de carácter colectivo que unió al pueblo por una misma causa. Los países de América del Sur, lejos de fundarse sobre tales principios, se asentaron más bien sobre las charreteras de mortales héroes, cuyas ideas y aspiraciones personales prevalecieron sobre el interés general en el que, forzoso es decirlo, la desunión fue siempre un obstáculo insalvable.
Venezuela es un buen ejemplo para patentizar los males que causan nuestra desgracia. En los albores del siglo XXI, cuando creíamos haber superado la nefasta racha de las dictaduras, hemos tropezado con su sombra en una curva sin señalización, y ahora nos persigue por todo el mapa con sus largas extremidades y su lengua encendida, intentando arrojarnos al precipicio donde moran el miedo y el silencio.
Precisamente aquí, en el borde del abismo, tenemos que colocar nuestras dudas y empezar a despejarlas una por una. Debemos plantearnos si creemos o no en la libertad, si estamos o no dispuestos a defenderla, si usaremos para ello las armas de la justicia o de la fuerza, si merece la pena sacrificar el egoísmo o si merecemos ser sacrificados por egoístas. Es aquí y ahora cuando tenemos la oportunidad de comprobar si somos demócratas convencidos o autócratas genéticos.
Después de todo, siempre es preferible soportar una democracia imperfecta a una perfecta dictadura; en la primera se sobrevive en libertad, en la otra se perece por impotencia.
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