Un comunista de armario
Por Gina Montaner
El Nuevo Herald
Como Pablo de Tarso, Daniel Ortega se cayó del caballo y tuvo una revelación pragmática. Es verdad que estuvo dieciséis años cabalgando en el desierto antes de recuperar el poder, pero fue el tiempo necesario para que comprendiera que su mundo rojo ”colorao” necesitaba una capa de pintura rosa chicle.
El líder sandinista gobernará en Nicaragua gracias a una perversa ley electoral que urdió con su socio de tropelías, el liberal Arnoldo Alemán, y a una irresponsable oposición que no se aplicó el viejo lema de “en la unión está la fuerza”.
Lo curioso es que, tras su triunfo con menos de la mitad de los votos, pero amparado en la legalidad, el país se ha llenado de plañideros: desde sus antiguos seguidores, que ven al nuevo Ortega como un traidor a los ideales marxistas, hasta una clase media y empresarial que teme a las alianzas con viejos amigos como Castro y Chávez. En medio de este funeral bailan con regocijo los jóvenes que no tienen memoria de los años del sandinismo puro y duro.
Como ya es tarde para velorios y lloraderas, lo único que queda por hacer es observar el desarrollo de la nueva criatura que ha brotado de las urnas: ahora Ortega es un tipo mucho más aseado y con un look diseñado por su esposa, la antigua ”compañera” Rosario Murillo. Reconvertida en una suerte de Martha Stewart de la izquierda vegetariana. La poetisa tiró a la basura todas las camisas rojo pasión de su marido y decretó el rosa como el color oficial de un sandinismo light cuyo lema es el de la paz y la reconciliación.
Los mítines de la pareja tienen un aire almibarado con estribillo tipo We are the world, we are the children. Esta puesta en escena –alejada de los aromas de rock y cuero que le valieron la derrota hace casi 20 años– se inspira en los happenings religiosos. No hay que olvidar que la pareja Ortega-Murillo hace poco pasó por la vicaría después de vivir amancebados media vida y con una prole de ocho hijos. Algo que puso muy contento a un antiguo enemigo, monseñor Obando y Bravo. El flamante matrimonio comulga todos los domingos y apoyó que se votara en contra del aborto terapéutico en Nicaragua. Eso sí que es saltarse todos los colores del arco iris en busca de votos fáciles y despistados.
Daniel Ortega parece tener más vidas que Madonna y, como la diva del transformismo musical, si tiene que echar mano de un amable revival lo hace sin ruborizarse. En esta nueva era de Acuario se ha presentado con túnicas de hilo blanco, canciones de John Lennon y tono de evangelista. Muy años sesenta. Muy flower child. Hubo momentos en los que temí que tocara la cítara con Ravi Shankar. He de confesar que eso me inquietaba menos que la posibilidad de que Carlos Mejía Godoy, su contendiente desde el ala de la disidencia sandinista, resucitara Son tus perjúmenes mujer. Inefable canción que justifica la trama Irán-Contra.
Como la verdadera vocación de Daniel Ortega es la de aferrarse al poder y no la de seguir los preceptos de esta o aquella ideología, me inclino a pensar que, tal y como ha prometido, esta vez no jugará a ser guerrillero ni a buscarle las cosquillas a Estados Unidos. Para eso están el matón de Chávez y un Castro agónico entretenido con los videoclips que anteceden sus pompas fúnebres. Lo que no quiere decir que el ex comandante sandinista renuncie a las afinidades particulares con sus camaradas de toda la vida.
La verdad es que Daniel Ortega va a contrapelo de la historia. Ahora que se lleva lo de ”salir del armario”, él va y esconde en el ropero su querencia por el rojerío. De todas las revoluciones rosas que conozco, la suya es la más estrafalaria. Como la canción de Alejandro Sanz, seguro por las noches y encerrado en su casa se disfraza de verde olivo y canta La internacional. O sea, cuando nadie me ve.
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