Ni ‘caviares’ ni ‘fachos’
Por Fernando Vivas
El Comercio, Lima
Rechazo el uso de estos adjetivos, pero no recha- zo, en principio, a na- die a quien pudiera corresponderles cuando, despectivamente, se los lanza su opuesto ideológico. (Ya sé que ‘facho’ no es tan común como ‘caviar’ en el lenguaje de los políticos, pero tenía que buscar un equivalente que, aplicado a la derecha, tuviese una fea connotación.
Además, tal era el mote que se aplicaba a los derechistas cuando me formé en política, en la PUCP de los años 80. A los izquierdistas de entonces, como yo, nos tildaban de ‘rojos’ o ‘rábanos’).
Como jerga entre amigos vaya y pase, pero en el debate político y mediático considero intolerante adjetivar burlona y genéricamente a todos los que no piensan como uno. Y peor me parece negarles, en razón de esa etiqueta que prejuiciosamente les zampamos, el derecho a trabajar en el Estado o a gozar de las mismas libertades que nosotros gozamos. Es antidemocrático y es una perniciosa forma de discriminación estar señalando con el dedo, según el auditorio al que queramos soliviantar, “¡ese es caviar!” o “¡ese es facho!”, para cerrarles el paso y fregarles la vida. Los estadounidenses llevaron esta conducta al nivel de la paranoia colectiva en la década del 50 y aún les queda el trauma.
Y macartismo reciclado es lo que ahora tenemos cuando se nos refriega en la cara la filiación ideológica de integrantes de ONG para justificar una ley que controlaría su libertad de acción. Porque así como el senador Joseph McCarthy asumía que EE.UU. tenía que protegerse del antiamericanismo natural de los sospechosos de comunismo, violando su derecho a la intimidad y metiéndolos presos si se negaban a declarar; ahora hay quienes piensan que los supremos fines del desarrollo y la promoción de la inversión justitificarían que se violen libertades de asociación y libre empresa.
Siendo consecuente con esto, también tendré que rechazar la caza de brujas a fujimoristas y a colaboradores del fujimorismo. Me cae antipático ese movimiento, pero es legal al margen de los cargos penales de varios de sus miembros y no debo presionar para que se legisle caprichosamente, distorsionando el Estado de derecho, con tal de bajarle la llanta. Esta es la razón por la que veo con malos ojos cualquier persecución política disfrazada de legalidad. No pienso, eso sí, que sea el caso del pedido de extradición de Fujimori, sustentado en cargos específicos.
Por todo lo anterior, solo traigo a colación los motes de ‘facho’ o ‘caviar’ para recusarlos. Del primero se abusa cuando uno asocia al fascismo cualquier manifestación neoliberal que no le cuadre y el segundo, trasplantado de Europa, lo popularizó “La Razón” para burlarse de la contradicción, insalvable para ese medio, entre abogar por derechos de mayorías y pertenecer a una minoría. Sin embargo, estas discrepancias entre ‘ser’ y ‘conciencia’ son hoy extensibles a un gran espectro político y sería aberrante esgrimirlas para conculcar libertades. Ojalá el debate se reencauce sin jerga ni proyectos de leyes intolerantes.
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