Remesas de emigrantes
Por Ezequiel Stolar
La Nación
Según algunas estimaciones, unos 25 millones de latinoamericanos y caribeños viven fuera de sus países de origen y un 65% de ellos remesan fondos. Estos representan más que la ayuda externa que reciben esos países y el 150% del total de los intereses de la deuda externa de América latina.
El crecimiento experimentado en los envíos hace que esa cifra sea la segunda fuente de financiamiento para la región. En los casos de Nicaragua, El Salvador, Jamaica, República Dominicana y Guayana representan, por lo menos, el 10% de su PBI, llegando en Haití al 24 por ciento.
Según el Banco Interamericano de Desarrollo, el total de fondos remitidos en 2005 superó los 53.600 millones (en su mayor parte provenientes de los Estados Unidos): México recibió 20.034; Brasil, 6411; Colombia, 4126; Guatemala, 2993; El Salvador, 2830; República Dominicana, 2682; Bolivia, 860; Argentina, 780; Costa Rica, 362; Venezuela, 272; Panamá, 254, y Uruguay, 110. Según esa misma fuente, de 270 millones de dólares que ingresaban en nuestro país en 2004, el monto aumentó en casi un 190%, cuando el incremento en todos los países durante el mismo período fue de algo más del 17 por ciento.
El Banco de México informó, hace pocos días, que los residentes en el exterior enviaron a sus familias 15.510 millones de dólares entre enero y agosto de 2006, lo que representa un 19,7% más respecto de igual período en 2005. En Estados Unidos residen 11 millones de mexicanos y se estima que la mitad de ellos son indocumentados. Si bien un informe de la Cepal carece de estimaciones oficiales, se calcula que, a pesar de las limitaciones impuestas por Estados Unidos, las remesas a Cuba alcanzan altísimos niveles y llegan a los 1000 millones de dólares anuales. En noviembre de 2004, el gobierno cubano impuso el peso cubano convertible (CUC) como única moneda operativa en los establecimientos nacionales. En ese mismo año, Cuba recibió más de 2 millones de turistas y alrededor de 120.000 podrían corresponder a cubano-americanos que llevaban dólares a sus amigos y familiares. En una nota publicada en el Miami Herald, se expresa que “se calcula que el tráfico de dinero en efectivo que transportan las llamadas mulas desde Estados Unidos a Cuba alcanza semanalmente a un millón”.
Si tenemos en cuenta que, en 2005, el superávit de la cuenta corriente era de 60 millones de dólares, el de la cuenta de capital de la balanza de pagos de 860 millones, y que el salario mínimo en la isla es de unos 9 dólares, nos aproximaremos a la verdadera dimensión que las remesas tienen para la subsistencia de muchas familias cubanas.
Con respecto al destino de los fondos, la pregunta es si se convierten en inversiones productivas, y la respuesta inicial es no. Muchos de esos importes cubren las necesidades familiares básicas.
Lo que los gobiernos latinoamericanos deben lograr es que las remesas se destinen a financiar proyectos de desarrollo. En un comunicado de prensa de la Cepal se citaba el caso del estado mexicano de Zacatecas, en el que, por cada dólar donado por las asociaciones de emigrantes que se destinara a mejorar la infraestructura, dicho gobierno ponía dos y hasta tres.
Como resultado de su creciente importancia, se han realizado varias reuniones técnicas destinadas a estudiar el costo del envío del dinero de los trabajadores emigrantes. El subgobernador de Banco de México informaba que enviar 300 dólares desde Estados Unidos a México costaba, en 1999, 28 dólares, y en la actualidad, 10. Según estudios del BID, el costo promedio de las remesas de Estados Unidos a América latina y el Caribe ha caído casi 2/3 en los últimos seis años. Remitir 200 dólares implicaba un gasto del 15% y ahora del 5,6%. Si consideramos los totales de fondos enviados en 2005, llegaremos a la conclusión de que se ha producido un impresionante proceso de ahorro para los emigrantes y sus familias. Alrededor de 5000 millones de dólares quedaron en los bolsillos de la gente. Estamos asistiendo a grandes avances en esa materia, al transparentar los mercados, bancarizar operaciones y generar una mayor competencia entre estos últimos y las empresas que remesan el dinero.
Una de las principales conclusiones de un reciente estudio realizado para el Fondo Multilateral de Inversiones (Fomin), del BID, es que un creciente número de emigrantes manifestó su interés en invertir en América latina y el Caribe, en la compra de viviendas o en la instalación de un pequeño negocio en sus países de origen.
Las remesas, en fin, reflejan la profunda ligazón y el valor de los afectos y la familia para los emigrantes latinoamericanos y caribeños, que emprenden duros trabajos y, a pesar de ello, sacrifican una porción importante de sus ingresos para remitirlos a sus países de origen. Ello ratifica la necesidad de seguir trabajando por la reducción en las comisiones y los gastos de los envíos, optimizando los montos recibidos.
Por otro lado, si los países receptores del dinero no logran crear las condiciones para que esos fondos se destinen a actividades productivas y generen reactivación, se corre el riesgo de que, pasado un tiempo, los envíos decrezcan o hasta incluso desaparezcan con las nuevas generaciones, y así, países acostumbrados a vivir con ellos y de ellos sufrirán un verdadero colapso.
El autor es presidente del Colegio de Graduados de Ciencias Económicas.
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