Mercado persa
Por Carlos Rodríguez Braun
ABC
El proyecto de Presupuestos Generales del Estado tiene su camino expedito después del respaldo de CiU y el PNV, logrado esta semana. Otro año más, pues, de cuentas y de cuentos. Sobre todo de cuentos. Esto dicho, Mariano Rajoy erró al hablar de “mercado persa”.
Los mercados persas, otrora sumamente importantes y prestigiosos, son hoy identificados con la complejidad y la compraventa de todas las cosas, en negocios astutos y mañosos, a los que sospechamos rodeados de chalaneos, cambalaches, trapicheos y demás sinónimos de comercio vinculados, no por casualidad, con la trampa.
Pero ¿no ha sido así, acaso? Cuando Pedro Solbes se declara orgulloso porque las cuentas alcanzan el “equilibrio entre el saneamiento y la ambición social del Gobierno” y propician “la protección social y la solidaridad internacional”, es inevitable pensar en feriantes curtidos en mil ardides.
Tampoco se lucieron los demás partidos. Pensemos en el discurso del Partido Popular centrado en la “insolidaridad”, cuando no en la abierta exigencia de más gasto público. O en Gaspar Llamazares, no plenamente satisfecho porque las autoridades podrían expropiar aún más a las trabajadoras y los trabajadores.
No parece haber ningún interés por parte del Gobierno en acometer las reformas necesarias, abrir mercados y bajar costes e impuestos. Todo su interés se reduce a lograr apoyos aumentando el gasto público, que es lo último que conviene a los desequilibrios de la economía española.
Por cierto, a los habituales pragmáticos que aseguran que José Luis Rodríguez Zapatero no tiene otra alternativa, cabría recordarles que no es imposible prorrogar los presupuestos del año anterior, siempre se pueden hacer las cosas mejor.
¿Por qué se equivocó Rajoy al hablar de mercado persa? Porque en los mercados, en cualquier mercado, persa o no, puede haber trucos y malicias, por supuesto. Pero hay que tener claras dos cosas. Una es que la trampa no puede ser generalizada y permanente, porque el mercado dejaría de funcionar. Y otra, fundamental, es que la gente participa en el mercado voluntariamente, y arriesga sólo su propio dinero. Los políticos y parlamentarios que discutieron esta semana lo hicieron sobre fondos forzadamente extraídos a los ciudadanos.
Como apuntó el periodista americano John Stossel, es ciertamente extraño que tanta gente odie a los empresarios, que ayudan a ganar dinero, pero ame al Estado, que se lo quita.
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