Es el totalitarismo, estúpido
Por Valentí Puig
ABC
Hacer desfilar Corea del Norte en una apoteosis de estética de masas y al mismo tiempo mantener el país hambriento y sin libertad es un logro únicamente atribuible al totalitarismo. El paso marcial, la coreografía perfecta, el fugaz impacto de la luz en la tiniebla del régimen de Kim Jong-il son la otra cara de “El grito” de Münch, en versión norcoreana. El mismo grito ilustra el Gulag, Auschwitz, el hongo nuclear, el 11-S. En realidad, ¿cómo no ubicar Corea del Norte en un eje del mal cuando el pueblo marca el paso y pasa hambre mientras Kim Jong-il juega a ser potencia nuclear? Al penúltimo de los grandes monstruos, imitador grotesco de Pol Pot y Mao, a lo mejor las sanciones -según el “Financial Times”- le apartan del consumo industrial de langosta rusa, de caviar iraní, cerdo danés o mangos de Tailandia. Es el mayor consumidor individual de coñac Hennessy mientras dos millones de norcoreanos morían de hambre en la última década. Además, es tan corrupto que cobró en metálico la “Nordpolitik” que con buenas intenciones inició Corea del Sur, a imitación de la “Ostpolitik” de la Alemania occidental. Con el quinto ejército más grande del mundo, en Corea del Norte hay más de 200.000 prisioneros políticos.
Ahora amenaza con una segunda prueba nuclear. Ha hecho explícita su interpretación de las tan dilatadas sanciones de la ONU como declaración de guerra. Quienes conocen la zona insisten en que no hay riesgo de guerra y que Kim Jong-il está jugando de farol, en busca de contrapartidas económicas. El verdadero peligro es que en su día venda armamento nuclear a alguna organización terrorista de alcance global. Otro peligro es que sus actos de provocación lleven a Japón, Corea del Sur y Taiwán a procurarse armas atómicas. Luego, ciertamente, está la reverberación en Irán.
En realidad, a China le correspondería un mayor despliegue de responsabilidad regional. Aunque ya está marcando distancias con Corea del Norte, es clara su oportunidad para reafirmarse y dar un mejor perfil en la comunidad internacional. Desde luego, lo usual en estos casos es echarle toda la culpa a Washington, y así anda Condi Rice a salto de liebre por el sureste asiático. Aunque Pekín tema un desbordamiento de refugiados de Corea del Norte, es la potencia más dotada para convencer a Kim Jong-il -al fin y al cabo, protegido de la casa- por el método de la zanahoria y el palo.
La vida ahí, en el ancho mundo, es como es, y se da el caso de que un régimen totalitario como Corea del Norte -22 millones de habitantes- puede tener en vilo al mundo, pero lo asombroso es que caigamos en una disociación tan drástica -tan correctamente higiénica- entre la naturaleza totalitaria de la amenaza y otras circunstancias a las que sistemáticamente se les da mayor peso y gravedad. Y sin embargo, es el totalitarismo, estúpido. En alianza con la teocracia iraní, ahí tenemos un atisbo de nuevo desorden nuclear, servido en bandeja de plata. De su mano llega la proliferación armamentística, siempre digna de imitar por cualquier país vecino acongojado.
Con frecuencia hay quien está dispuesto a intentar robar alguna de las versiones de “El grito” de Münch, esa expresión elemental del horror en un paisaje de sangre y lenguas de fuego. Kim Jong-il prefiere, por lo visto, escribir óperas y conducir a su pueblo derrengado y hambriento a sesiones masivas de estética totalitaria, con marcha nocturna incluida. Como se minimiza el papel del totalitarismo en las amenazas de Corea del Norte, también se ha querido banalizar “El grito” de Münch. Aun así, el totalitarismo ha sido y es una de las grandes causas en el padecer de la humanidad. Como todos sabemos, eso siempre es exportable. Lo pudiera hacer Kim Jong-il montado en un misil.
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